Hay secretos que no se eligen guardar; simplemente te aplastan el pecho hasta que no te queda más remedio que dejarlos salir.
Tengo cuarenta y dos años. Llevo una vida ordenada en la ciudad, tengo un trabajo de oficina, pago mis cuentas a término y esquivo los problemas. Quien me ve pasar piensa que soy un tipo común. Pero no lo soy. Hay una parte de mí, la más real, que se quedó congelada hace tres décadas en la humedad pegajosa del monte litoral, cerca de la frontera con Paraguay.
Lo que voy a contarles hoy no lo sabe nadie. Ni mi esposa, ni mis hijos. Para el mundo, mi padre y sus amigos simplemente se perdieron en una trágica jornada de pesca. "El río es traicionero", dijeron los diarios de la época. Pero yo estuve ahí. Yo tenía doce años. Y sé perfectamente que el río no tuvo nada que ver.
Todo empezó a finales de los noventa. Mi padre, Alberto, decidió que ya era lo suficientemente grande para acompañarlo a una de sus sagradas misiones de pesca profunda. Viajamos en su vieja camioneta F-100 junto a sus tres amigos de toda la vida: Cacho, un tipo ruidoso e incrédulo que siempre quería ser el centro de atención; Ricardo, el más reservado, un hombre de pocas palabras; y Jorge, un tipo de ciudad que se las daba de aventurero pero le temía a su propia sombra.
También llevábamos a Lobo y Sombra, dos perros pointer cruzados, criados en el campo. Eran animales bravos, acostumbrados a rastrear jabalíes y a meterse en la maleza sin dudarlo. Para mí, esos perros eran sinónimo de seguridad absoluta. Si ellos estaban, nada malo podía pasarnos.
O eso creía.
Nos internamos en un camino de tierra colorada que parecía cerrarse a medida que avanzábamos. El calor era un abrazo húmedo que te dificultaba respirar.
A mitad de camino, donde la huella casi desaparecía bajo las ramas de los timbóes, mi padre frenó la camioneta. Al costado del camino, bajo una sombra inusualmente fría, había un pequeño santuario de piedra. Era muy antiguo. Estaba adornado con botellas de caña, cigarros de hoja atados con hilos rojos, velas consumidas y pequeños trozos de pan seco.
Mi padre, que se había criado cerca de la selva y respetaba sus códigos, bajó con respeto. Sacó del bolsillo una petaca de caña nueva y un puñado de tabaco que había comprado especialmente.
—Hay que dejarle algo al dueño de la tierra para que nos deje pescar en paz —dijo, acercándose al altar.
Cacho largó una carcajada áspera desde la cabina. —Dejate de pavadas, Alberto. ¿Le vas a regalar alcohol de primera a las piedras?
Jorge bajó de la caja de la camioneta, estirando las piernas con una sonrisa sobradora. —Dejalo, si total esas cosas no existen.
Mi padre se dio la vuelta, satisfecho, y caminó de regreso a la camioneta. Pero en ese instante, Lobo y Sombra, que iban en la caja, empezaron a llorar. No eran ladridos de alerta; era un llanto agudo, lastimero, como si una presencia invisible los estuviera aplastando. Se acurrucaron en el fondo, escondiendo el hocico entre las patas.
El monte se quedó repentinamente mudo. No soplaba ni una gota de viento, pero el calor pareció congelarse en el aire.
De la espesura del follaje, sin hacer un solo ruido al pisar las hojas secas, emergió un anciano. Tenía la piel curtida como un cuero expuesto al sol durante cien años y vestía una camisa deshilachada. Estaba descalzo. Sus pies eran del mismo color de la tierra roja, agrietados y cubiertos de un barro viejo que parecía no secarse nunca.
No nos miró a todos. Miró el altar, olfateó el aire pesado y luego posó sus ojos ciegos de cataratas fijamente en Jorge. Nosotros no entendíamos qué estaba pasando.
El viejo abrió la boca. Su voz no era humana; sonaba como el crujido de un árbol a punto de caerse:
"Cuando el monte silba... ya eligió a quién llevarse".
Se dio la vuelta y se fundió con la maleza. Fue tan rápido que pareció que la vegetación se lo hubiera tragado. Jorge tragó saliva.
El viaje continuó en un silencio de plomo, cargado de una tensión que nadie sabía explicar.
Llegamos al río al caer la tarde. Armamos el campamento en un claro, rodeados por una muralla de árboles gigantescos que parecían inclinarse sobre nosotros.
A pesar de la pesca abundante, la atmósfera estaba rota. Yo tenía doce años, y a esa edad uno es como un sismógrafo para el miedo de los adultos. Mi padre no hablaba. Tenía la mirada fija en la línea de los árboles.
Ya de noche, alrededor de la fogata, el silencio era insoportable. Jorge, tratando de ocultar su nerviosismo y queriendo hacerse el valiente, soltó una risa forzada.
—Bueno, che, las caras largas no ayudan. Miren lo que traje para que nos relajemos un poco.
Metió la mano en su campera y sacó cuatro cigarros de hoja gruesos, muy antiguos, atados con un hilo rojo descolorido.
Mi padre se quedó helado. La luz del fuego iluminó su rostro, que pasó de la confusión al terror puro en una fracción de segundo.
—¿De dónde sacaste eso, Jorge? —preguntó, con un hilo de voz.
—Del altarcito ese en el camino. Había un montón, agarré cuatro justos. Uno para cada uno de nosotros. Vamos, prendan...
—¡¿Pero qué hiciste, pedazo de infeliz?! —bramó mi padre, poniéndose de pie de un salto, desencajado por una furia y un pánico que nunca le había visto—. ¡Le robaste al dueño del monte!
Yo los miraba desde mi lugar. En ese momento lo entendí. El viejo en el camino lo sabía.
En ese preciso momento, Lobo y Sombra empezaron a actuar de forma errática. Sombra se metió debajo de mi carpa, temblando. Lobo se paró en el borde del campamento, con el lomo completamente erizado, emitiendo un gruñido sordo hacia la negrura del monte.
De repente, de la oscuridad, llegó el silbido.
No era el silbido de un pájaro. Era un silbido humano. Agudo, modulado, juguetón.
Lobo soltó un aullido, pero esta vez no sonó a terror, sino a un llamado. Rompió su correa de un tirón seco y se internó veloz en la oscuridad del monte. Sombra, debajo de la carpa, salió disparada detrás de él, escurriéndose entre los helechos. No se escucharon quejidos, ni ladridos de dolor, ni sangre. Simplemente desaparecieron.
Esa noche nadie durmió. Nos encerramos todos en la carpa grande. Yo estaba en el medio, abrazado a las piernas de mi padre. Podía sentir el sudor frío de su piel, el latido desbocado de su corazón. El olor a miedo en esa carpa era casi físico, un olor agrio y metálico.
—Mañana nos vamos apenas aclare —susurró Ricardo. Su voz temblaba.
A la mañana siguiente, el monte amaneció cubierto por una niebla espesa y blanca que no dejaba ver más allá de tres metros. El silencio era total. No había pájaros, no había insectos. Solo el goteo de la condensación sobre las hojas.
Jorge estaba pálido, con unas ojeras negras que le surcaban la cara. Decía que no había podido pegar un ojo porque sentía que alguien le soplaba la nuca a través de la lona de la carpa.
Cuando empezamos a juntar las cosas, Jorge se dio cuenta de que le faltaba su mochila. La buscó desesperadamente por todo el campamento hasta que la encontró. Estaba a unos diez metros, en la entrada del monte.
Estaba perfectamente abierta. Al lado de ella, sobre un tronco caído, estaban acomodados los cigarros de hoja y la petaca de caña que había robado del altar. El tabaco estaba desmenuzado con una precisión quirúrgica, y la botella de caña estaba vacía, pero boca abajo, sin que se hubiera derramado una sola gota en la madera.
—Alguien nos está jodiendo —dijo Jorge, con una voz que ya no era de un hombre, sino de un animal acorralado—. Esto es una joda de los lugareños. ¡Salgan de ahí, carajo!
Caminó hacia el monte para recuperar su mochila.
—¡Jorge, no entres! —le gritó mi padre.
Pero Jorge ya se había internado un par de pasos en la niebla.
Escuchamos un silbido. Esta vez sonó justo al lado de su oído.
Vimos la silueta de Jorge recortada contra la niebla. De repente, su cuerpo dio un tirón violento hacia atrás, como si una soga invisible lo hubiera arrastrado desde el cuello. No hubo grito. Solo el sonido sordo de sus botas arrastrándose por la tierra roja y el crujir de las ramas bajas al cerrarse tras él.
Corrimos hacia el lugar. No encontramos nada. Ni huellas de calzado, ni sangre. Solo, un par de metros más adentro, las botas de Jorge, perfectamente paradas una al lado de la otra, apuntando hacia la espesura de la selva. Como si el monte lo hubiera desvestido antes de tragárselo.
La mente humana no está preparada para lo inexplicable. Ante el horror absoluto, los adultos se vuelven niños y la cordura se agrieta.
Ricardo se quebró por completo. Empezó a gritar que todo era culpa de mi padre por habernos traído a este lugar maldito. Cacho, el incrédulo, el tipo duro, estaba de rodillas, llorando en silencio, tapándose los oídos cada vez que el viento movía una hoja.
Yo miraba a mi padre. Esperaba que hiciera algo, que sacara su rifle, que nos salvara. Pero cuando lo miré a los ojos, solo vi un vacío espantoso. Mi héroe, el hombre que yo creía invencible, estaba derrotado. Esa fue la primera vez que sentí el verdadero terror de un niño: la orfandad en vida. El saber que los adultos ya no tienen el control.
Decidimos huir a pie, dejando las carpas y el equipo. Ricardo iba adelante, casi corriendo; mi padre me llevaba de la mano, arrastrándome; y Cacho venía atrás, rezando entre dientes.
La niebla parecía jugar con nosotros. El sendero por el que habíamos venido ya no estaba. En su lugar, la maleza se volvía cada vez más cerrada, como si las ramas se entrelazaran a nuestras espaldas para cortarnos la retirada.
De pronto, escuchamos una voz.
—¡Alberto! ¡Cacho! ¡Por acá, encontré el camino! —era la voz de Jorge. Sonaba clara, a solo unos metros a la derecha, detrás de una pared de helechos gigantes.
—¡Es Jorge! —gritó Ricardo, y antes de que mi padre pudiera detenerlo, se desvió del sendero y se metió entre los helechos.
—¡No, Ricardo! ¡Es una trampa! —gritó mi padre.
Escuchamos las pisadas de Ricardo alejarse rápidamente. Luego, la voz de "Jorge" volvió a sonar, pero esta vez su tono cambió. Ya no era la voz de su amigo; era una distorsión metálica, una imitación defectuosa, carente de cualquier emoción humana.
—¡Al-ber-to... Ca-cho... por a-cá... —la voz se transformó en una risa ahogada, una risa infantil y burlona que empezó a multiplicarse por todo el monte.
Ricardo nunca volvió a contestar.
Solo quedábamos Cacho, mi padre y yo.
Cacho se volvió loco. Empezó a correr sin rumbo, gritando incoherencias, internándose en la espesura. Mi padre ni siquiera intentó seguirlo. Sabía que era inútil.
El monte nos había rodeado. Los silbidos ya no venían de lejos; estaban a nuestro alrededor, en un círculo perfecto que se iba cerrando centímetro a centímetro. Las ramas de los árboles se movían como si manos invisibles las apartaran a nuestro paso.
Mi padre me alzó en brazos. Yo lloraba en silencio, con el rostro hundido en su cuello, sintiendo el olor a sudor y a humo de la fogata que todavía quedaba en su ropa.
Llegamos a un pequeño claro. Mi padre cayó de rodillas, exhausto. Comprendió que no íbamos a salir de ahí. No corriendo.
Con una desesperación salvaje, empezó a escarbar la tierra con las manos. Encontró unas piedras y empezó a apilarlas en el suelo, improvisando desesperadamente un altar para intentar pagar la deuda. Buscó en sus bolsillos y sacó lo único que le quedaba: un encendedor viejo y un amuleto de plata que llevaba al cuello. Los colocó con cuidado sobre las piedras.
—Por favor... —susurró, con lágrimas corriéndole por las mejillas—. Llevame a mí. Dejá al gurí. Él no hizo nada. Llevame a mí.
Los silbidos cesaron de golpe.
El aire se volvió tan denso que casi se podía cortar. Sentí una presencia detrás de nosotros. Una sombra extremadamente baja, no más alta que un niño de diez años, pero con una anchura de hombros descomunal. No me atreví a mirar atrás, pero por el rabillo del ojo alcancé a ver unos pies cubiertos de barro y vello espeso, parados justo en el límite de la vegetación.
Mi padre me miró. Me dio el empujón más fuerte que me han dado en la vida.
—Corré, hijo —me dijo, con una calma que me partió el alma—. Corré hacia donde sale el sol y no mires atrás. Pase lo que pase, no te des vuelta.
Yo obedecí. Corrí con el corazón en la boca, tropezando con las raíces, desgarrándome la ropa con las espinas.
Detrás de mí, escuché un último silbido. Un silbido largo, agudo, que terminó en una carcajada seca. Y luego... el silencio más absoluto.
Corrí ciegamente hasta que el monte se abrió y mis pies pisaron el asfalto de la ruta provincial. Allí, bajo la luz pálida de la luna, vi dos siluetas esperándome al borde del camino.
Eran Lobo y Sombra.
Estaban sentados, tranquilos, completamente ilesos. Cuando caí de rodillas sobre el pavimento, exhausto y llorando, se acercaron y me lamieron las manos y la cara. El monte los había guiado sanos y salvos hasta la salida. Me acurruqué entre ellos, aferrándome a su pelaje, y me desmayé.
Me encontró un camionero al mediodía siguiente. Los dos perros seguían a mi lado, montando guardia.
Nunca volvimos a ver a mi padre, ni a Ricardo, ni a Jorge, ni a Cacho.
La búsqueda policial duró dos semanas. No encontraron nada. Ni la camioneta, ni los cuerpos, ni un solo resto del campamento. Para las autoridades, se los había tragado el río Paraná en un desafortunado intento de cruce.
Hace dos meses, treinta años después de aquella noche, decidí volver.
Necesitaba cerrar la herida. Manejé mi auto moderno por la ruta asfaltada que ahora cruza la zona. El monte sigue ahí, pero la civilización le ha quitado un poco de terreno.
Llegué a la curva donde solía estar el viejo timbó.
Me bajé del auto. El santuario de piedra estaba allí. Pero ya no era una ruina. Estaba impecable. Las piedras estaban perfectamente acomodadas, limpias de musgo. Había flores frescas de color rojo, velas consumidas recientemente y, sobre la piedra principal, había una petaca de caña cerrada y un encendedor viejo de metal.
El encendedor de mi padre. Tenía sus iniciales grabadas, desgastadas por el tiempo pero perfectamente legibles.
Se me heló la sangre.
Unos metros más allá, sentado sobre un tronco seco, vi al mismo anciano. No había envejecido un solo día. Sus ojos ciegos apuntaban en mi dirección.
Me acerqué despacio, con las piernas temblando como cuando era chico.
—¿Qué pasó con ellos? —le pregunté, con la voz quebrada.
El viejo no se movió. Se limitó a acariciar la corteza del tronco con sus dedos sarmentosos.
—El monte siempre cobra lo que le deben —dijo, con ese crujido de hojas secas—. Y tu padre pagó la última cuota.
Se levantó con una agilidad impropia de sus años y se metió entre los árboles. Esta vez no corrí. Me quedé ahí, mirando el altar, comprendiendo que el horror no tiene una explicación lógica, que hay fuerzas en esta tierra que existían mucho antes que nosotros y que tienen sus propias reglas de justicia.
Caminé de vuelta al auto, subí y cerré la puerta.
Justo cuando puse la llave en el contacto, el parabrisas empezó a empañarse por el calor.
Y entonces, lo escuché.
Un silbido suave. Apenas un susurro de tres notas, naciendo desde el asiento trasero de mi propio auto.
No miré por el espejo retrovisor. Puse primera y aceleré, con la duda de si la deuda fue pagada, o el monte aún querrá cobrar lo suyo.
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