Cuando el dolor se mezcla con la rabia y la esperanza de lo eterno.
Feb 13, 2026

Mi madre está postrada en su cama hace casi un mes, con un cáncer terminal.
Tanto luchamos juntas para que se salvara. Tanta fe.
Pero el final es inevitable.
Me cuestiono constantemente:
¿No tengo fe?
¿O simplemente acepté la realidad?
Mi familia me dice, con dolor:
- Tenés que tener fe, Analia.
Mientras le dan unas gotas “mágicas” que no sé de qué son, con la esperanza de que tres tumores desaparezcan.
Pero tal vez en este momento de mi vida no estoy sin fe.
Estoy dolida.
Estoy enojada.
Y le pregunto a Dios:
Si la querés para vos, si es tu creación, tu hija amada…
¿por qué no te la llevás ya?
¿Por qué permitir que sufra así?
Esa pregunta me consume.
Me lastima.
Me llena de rabia hacia mi Creador, hacia mi Padre.
Y aun con rabia en mi corazón, hay una esperanza que me abriga.
Es como un túnel oscuro en el que, al final, todavía se puede ver la luz del sol.
La vida eterna que mi madre tendrá.
El dolor que siento es tan desgarrante que podría arrancarme el corazón con mis propias manos.
Daría lo que fuera por estar en su lugar.
Por sentir yo esos dolores.
Por morirme yo, con tal de volver a ver su sonrisa.
Muchos me escriben:
-No sé qué decirte.
-Sé que es el peor dolor.
Y sí. Esperar la muerte de la persona que más amás, sin saber cuándo llegará, es la peor incertidumbre que existe.
Estoy enojada.
Estoy enojada por ver el sufrimiento de cerca, en la persona que más amo en esta vida.
No sé qué pasará después de todo esto.
Solo sé que, cuando termine, espero verla en las calles de oro, en la Nueva Jerusalén.
Donde no hay noche, solo día.
Donde no hay lágrimas ni dolor.
Donde ella está recostada en los brazos de su Creador, con una sonrisa.
Esa sonrisa que expresó cuando yo llegué al mundo, en medio de los dolores profundos del parto.
En medio del dolor, ella sonrió.
Y esa sonrisa es la misma que tengo yo.
Una sonrisa que achina los ojos y abre la boca de par en par.
Hace meses que esa sonrisa se borró de su rostro.
Y del mío también.
Hay días que finjo para que no vea mi sufrimiento.
Pero esa sonrisa se fue hace tiempo.
Y no sé cuándo volverá.
Desde que comenzó este desierto, mis oraciones continuas son llanto y plegarias.
Sé que Dios me escucha.
Pero no entiendo sus planes.
Y tal vez no los entienda nunca.
O tal vez los entienda cuando nos veamos cara a cara.
Hoy solo soy una hija que no quiere sufrir más.
Mi cama se llena de lágrimas todas las noches, al punto de imaginar un océano en el que me ahogo en mi propio llanto.
Llorar es cuando me libero.
Cuando las mochilas caen de mi espalda.
Cuando, por un momento, soy verdaderamente libre de este sufrimiento que no tiene fecha de término.
Así como todo comienza, todo termina.
Y sé que este dolor también terminará algún día.
Algún mes.
Algún año.
Aún albergo la esperanza de volver a ser verdaderamente feliz.
Ani

Ani
Entre páginas y susurros, voy dejando fragmentos de mi vida. Este blog es mi rincón para escribir lo que siento y pensar en voz alta.
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