Hay una pregunta que persiste como un eco antiguo en la conciencia humana: si todo termina, ¿para qué empezar? Si la muerte es inevitable, ¿qué sentido tiene la vida?
Pero quizás la pregunta esté mirando en la dirección equivocada.
La vida no parece construida como un destino, sino como un tránsito. No es una meta que se alcanza, sino un instante que se habita. Como una canción que no existe para llegar a su última nota, sino para ser escuchada mientras suena. Nadie le exige a una melodía que justifique su final; su belleza está en el recorrido, en la vibración que deja en quien la escucha.
La muerte, entonces, no cancela el sentido de la vida; lo define. Le da forma, como el borde le da forma a un dibujo. Sin fin, todo sería indistinto, eterno y, quizá, vacío. Es la finitud la que vuelve urgente un abrazo, valiosa una risa, irrepetible un momento. Saber que algo termina lo vuelve significativo.
Tal vez el propósito no sea escapar de la muerte, sino aprender a vivir a pesar de ella. O mejor aún: gracias a ella.
Porque en ese límite invisible que todos compartimos, la vida encuentra su intensidad. Amamos más profundamente porque sabemos que no es para siempre. Decimos lo que sentimos porque el silencio también se acaba. Creamos, soñamos, escribimos… no para vencer al tiempo, sino para dialogar con él.
El propósito de la vida podría no ser una respuesta universal, sino una construcción íntima. Algo que cada persona teje con sus decisiones, sus vínculos, sus pérdidas y sus hallazgos. No está dado: se crea.
Y tal vez ahí esté la paradoja más hermosa: que en un universo donde todo termina, nosotros seguimos buscando significado. Seguimos preguntando, sintiendo, intentando.
Como si, en el fondo, la vida no necesitara un propósito absoluto… sino alguien dispuesto a vivirla con sentido.
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