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CRÓNICAS DE UN PERIODISTA (FRUSTRADO) - "Hablarle a una Pared (digital)"

Jan 7, 2026

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CRÓNICAS DE UN PERIODISTA (FRUSTRADO) - "Hablarle a una Pared (digital)"
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Septiembre 2022.  Mi identificación con algunos colegas me daba esperanzas. Ciertos medios decían hablarle a la clase trabajadora con mucho énfasis y eso me motivó a escribirle a un periodista que integraba uno de esos medios . Se trataba de un colega serio, de investigación, reflexión profunda y determinación: Ariel Lijadá, pero coloquialmente nombrado por sus compañeres como “Ari”. Era él me dije.

Tanta desidia, tantos vistos acumulados en mi bandeja de mensajes podían tener un punto final ya que el mismo “Ari” se encargaba de ponerse al frente de la lucha por los intereses de la clase a la que yo pertenecía. Y si bien yo no lo conocía, no me debía nada, y no era culpable de mi situación marginal, sabía que podía orientarme y en unos pocos minutos de su minúsculo tiempo libre que especulo tiene, podría decirme donde dejar material periodístico para tener alguna mínima chance de ser contratado en “El Despache”, aunque al amiguismo y al nepotismo lo descoloque mi condición de pobre sin contactos. 

 

Por cuestiones del trabajo de edición audiovisual marginal que realizaba, tenía que ir a imprimir un flyer a mi librería amiga, de dirección física algo lejana a mi domicilio. Mi tarjeta “SUBE” no poseía saldo. Era inevitable agudizar mi pobreza inyectándole dinero y que se vea impactado en mi carga. Decidido a consumir el medio de transporte de infraestructura de escarbadientes, fui a cargar la tarjeta de crédito de los pobres.  Al llegar una especie de buzón a la altura de las manos sin un frente donde visualizar un humano me recibía. El típico cubículo para cargar la sube que nos recuerda donde estamos, sin que sea una manera peyorativa de decirlo, sino descriptiva de nuestra realidad.

Afortunadamente, como también azarosamente, todavía no me había tocado cargar en uno de estos lugares. Me sorprendí, aunque sabia de que se trataba. Acostumbrado a cargarla en el quiosco cerca de casa, en donde veía a los diversos humanos como yo que realizaban la operación de carga. Es que desde el cierre del comercio cercano tuve que redireccionar mi estrategia de inyección de capitales de cabotaje a mi plástico del submundo del subdesarrollo.

 Frente al cubículo no sabía si hablar o no, pero pensé que, si no hablaba, no podría inyectarle capitales a mi sube. La acción me parecía ridícula pero necesaria. Me empujé imaginariamente y hablé a la pared: “Buenas, ¿me cargas 1000 por favor?. Un frio recorrió mi espalda cuando una mano salió del buzón y tomó mi dinero y mi tarjeta, llevándose ambos elementos sin emitir sonidos más que el de sus extremidades al moverse.  Me sentí huérfano. Por unos pocos segundos me sentí de nuevo en el “Sacoa” de Mar del Plata. El local de videojuegos en donde hay uno, que consiste en pegarle en la cabeza a cocodrilos que salen de huecos oscuros, de manera azarosa y sin ningún aviso previo a cambio de cupones.

La tarjeta retornó con un ticket y la mano que nuevamente apareció, se retiró súbitamente para finalizar la operación.

 

  Pasaron varias horas hasta que pude volver a ponerme con el tema “enviar material”. Lo hice con alegría, recordando que un exponente de la contrahegemonía como Lijadá me comprendería. Al escribirle a Ari explicité mis ansias de “progresar” en mi profesión, y comenté casi al pasar, la desidia habitual a la que nos vemos sometidos los ciudadanos de a pie como yo, los “nadies”, los que no lo conoce nadie salvo sus familiares y amigos.

 

 De hecho, la desidia es tal que muchos de los que reciben mis mensajes en redes ni se toman el mínimo trabajo de contestarme por compromiso llegando al famoso “visto”, expliqué.  Con preguntas retóricas expresé lo difícil que es para alguien totalmente desconocido conseguir un trabajo en los medios y también le comenté que varias de las vías de comunicación del “Despache” formaron parte de las no respuestas cosechadas. Le pedí si podía decirme a donde dejarles mi material, pero sobre todo le pedía que no me ignore, y me responda. 

Mas temprano que tarde “Ari” apareció. Se mostró abierto a que le envíe material, diciendo “podes dejarlo por acá” y justificó la falta de respuesta de alguno de sus compañeros ya que muchas veces tienen muchos mensajes y “no llegamos a responder todos”, nada mencionó sobre mi dificultad de “progresar” en la profesión. Tampoco mencionó nada sobre mi pedido de un lugar en donde poder dejar material para el “Despache”, el medio para el que trabaja.

 

Sin importarme todas las cosas que “Ari” pasó por alto, agradecí su contestación. Le compartí dos cosas explicando de que se trataban y al finalizar volví a consultarle por un lugar a donde poder dejar material para el “Despache”, ya que el Gmail que yo había sacado de su página me rebotaba el mail al enviarlo. 

 

42 días después de mi mensaje me pareció que era un tiempo prudencial para preguntar si había podido atender mi consulta y ver lo que le pasé por pedido suyo. Si bien días anteriores también había estado revisando si me había contestado sin resultados, creía que estaba habilitado para preguntarle, pero algo me detuvo. Si bien me hubiera encantado una devolución suya y una respuesta de donde dejar material opte por no preguntar y solo seguir dejándole material, algo que si me había habilitado Lijadá.

 

Una serie de trabajos periodísticos autogestivos volvieron a inundar el chat con “Ari”.  Luego me despedí como quien le escribe unas líneas a su diario íntimo, ya que el único que escribía era yo. Esta comunicación dispareja continuó durante varios mensajes más, en los que la lógica del diario íntimo se mantenía: le pasaba material y me despedía mandándole saludos y en algunas ocasiones agradeciendo su labor.

 

A mi sensación de tarea realizada que me invadía tras enviarle material luego de la última “interacción” le siguió una visión cruda de la situación, al darme cuenta, cómo el tener un lugar donde dejar material puede ser equivalente a un libro de quejas en un supermercado: rara vez a alguien le importa lo que tiene escrito. 

Dentro mío habitaban dos seres. Uno defendía la teoría del libro de quejas y el otro se esperanzaba en que Lijadá en realidad si le prestaría atención en alguna ocasión a mi desidia y mi consulta.

 

Paralelamente a los últimos mensajes con contenido mandados a Ari me dispuse a explorar la red “ChetidIn”. Muchos colegas contrahegemónicos hablaban de ella como la red social ideal para profesionales que buscan trabajo.

Pude hacerme de contactos, y en una ardua tarea de investigación tras leer publicaciones, contactar otra gente, agregarlas, que me acepten y llenando mi perfil de signos de adulación a empleadores y una foto de perfil de gil apasionado por ser explotado, avancé. Conseguí ,preguntando, algunas vías de comunicación por donde mandar material a algunos medios. Pero esto generó un panorama que podría observarse como peor a no tener esas vías de comunicación. Sospechaba mucho del peso real que tenían esos materiales enviados a esas casillas conseguidas desde que noté la lógica del “diario íntimo” en mi relación con Ari Lijadá.

Fue en “ChetidIn” que pude obtener acceso a publicaciones de algunos diversos medios que buscaban personal para puestos determinados y pude enviar mis datos.

 

 A la par que enviaba mi material, pasaban algunos días y alguien con una manifiesta relación con el medio conseguía el trabajo expresándolo abiertamente en la red profesional. Empezaba a detectar la pared digital. La pared existía antes de “ChetidIn” pero ahora era más horrible: podías mandar material, pero seguramente nos chupe un huevo y sigamos con el mismo sistema: conocidos, amigos, familiares: ADENTRO. Pobres, desconocidos, marginales del periodismo sin contacto alguno: AFUERA.

 

El crudo final de esta historia lo conocerán a través del siguiente link:

https://www.instagram.com/p/DIzpzxCyrX-/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=MzRlODBiNWFlZA==

 

Marco Maldonado.

Marco Maldonado

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