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Crónica de un padre ausente

Opal

Feb 13, 2026

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Crónica de un padre ausente
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Existe una pequeña posibilidad de que el Creador le tenga miedo a sus creaciones; un pavor inmesurado, al grado de que su lugar seguro sea el cielo (tal vez por eso lo llama “el paraíso”), puesto que sabe que ningún humano es digno de llegar hasta allá.

Él no ha vuelto a “tocar pasto” ya que se quedó asqueado con la sensual vulgaridad y la exótica depravación; asume que, al bajar a la Tierra, será devorado por sus hijos, malcriados por la ausencia de un padre. En resumen, somos infelices —adoptando los dos significados— por no tener madre ni padre.

Otra hipótesis puede ser que, en aquel día gris donde lo único brillante que iluminaba la tarde eran las lágrimas derramadas de una madre que perdía a su hijo (una muerte que aún miles de madres entienden y resienten día con día, llamada injusticia), aquel hijo no era otro más que al que todos llamamos “Salvador”, pero ella lo conocía como Jesús o “hijo de su corazón”.

Como fue pactado antes del nacimiento de este, el Padre dispuso de la vida de su primogénito para salvar a la sociedad. El día llegó y, con él, las terribles humillaciones, la apestosa injusticia, la sed de sangre y la gula de masacre. Jesús fue crucificado y, con él, los pecados del mundo; pero antes de que partiera, antes de que su cuerpo fuera polvo, posó su mirada al cielo y exclamó: “¿Padre, por qué me has abandonado?”.

En ese suplicio ahogado no solo se marcaba la cúspide entre lo celestial y lo terrenal; no solo era la viva imagen del miedo y el desespero, sino que era un grito de la humanidad misma. Aquel Mesías por fin encarnó completamente la humanidad: por unos segundos ya no era una divinidad, era completamente como nosotros. Ante ese grito ahogado y callado por parte del cielo, solo me queda pensar: ¿en dónde estaba Dios?

Aquel dolor no solo resonó entre la multitud de espectadores de aquella santa sangre; resonó y estremeció a una madre. ¿Cómo puede ser que María, siendo solo una humana, una mujer, una madre, llorara mares y océanos, y el progenitor ni se inmutara? ¿Por qué no lo hizo Dios, siendo él la personificación de la compasión, la empatía y el amor?

Al entender que él mismo entregó a Jesús al más fiel retrato de la sociedad (la crueldad), entró en una depresión tan profunda que para mí solo existe una teoría: “Dios ha muerto”, o por lo menos planeaba estarlo. Es decir, se suicidó; al no poder cargar con la culpa, decidió cerrar el telón para, así, encontrar un perdón.

También cabe otra posibilidad; esta es tan pequeñita que bien cabría en la herida de Jesús provocada por la lanza humana: puede ser que tanto el Padre como el Hijo entendieran que ni la muerte de la divinidad misma puede salvarnos. Esa herida llamada “pecado” jamás sanaría, jamás cerraría. Ante esto, solo quedaba algo por decir: “Ojos que no ven, deidad que no siente”. Con este último sonido se levantaron de su trono y cerraron las puertas del Edén. A la par que se cerró bajo llave la gloria, el silencio cobró vida en el cielo y, actualmente, solo se escuchan los llantos de los “nadie”, las súplicas del mendigo, los gritos de las locas y los cantos de los hipócritas; todos ellos esperando a que se abra la puerta y venga, por fin, el consuelo.

Opal

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