La clase termina, salgo de la facultad y apuro el paso para alcanzar el tren antes que decida dejar todo atrás con esa facilidad que tiene; fue un día largo pero los tiempos, realmente, son cada vez más cortos.
Cruzo el túnel, los textos me siguen dando vueltas en la cabeza, y pienso que lo que tengo adelante puede salir de un cuento fantástico; de repente, todo cambia.
Por estos días siempre son las cinco y veintitrés, veintitrés del cinco y el cielo constantemente se pinta de violeta. La música acompaña toda esa mística de un amor suicidado en pos de la literatura y va tapando el rejunte de gente que se mueve buscando su destino; pasan, caminan entre las historias, me dictan las crónicas.
Me siento contra una cortina toda sucia, oxidada y seguro meada por algún perro, pero me importa poco, el cansancio me gana. Entonces, una idea se entromete, se mezcla, se amalgama en la espera y la música que está sonando.
¿Cuánto faltará? La pregunta gesta un ambiente de impaciencia.
La pantalla determina el tiempo, lo planifica en sus píxeles, la gente se acerca para ver y hace cálculos: la comida caliente, el descanso, un café, el horario de entrada de los chicos al colegio, el presentismo para lograr que quede menos mes al final del sueldo.
Cinco minutos veintitrés segundos, el tren está llegando, estoy en camino.
Del otro lado del andén, cruzando rieles fronterizos, hay un ramo de flores completamente colorido que contrasta con lo gris del mundo. El chico que las sostiene no debe ser mayor que yo. De este lado, sentada un poco más allá de donde estoy, una chica lo mira pensando que tendría ganas de ser la destinataria, su novio nunca le regaló de esos manojos de amor. Él, en cambio, alterna la mirada entre el celular y la lluvia, esperando un mensaje, que el agua le susurre las palabras para que ella lo perdone.
Aparto la vista y sigo vagando por los pliegues del momento. La estación se llena cada vez más, son muy interesantes los relatos que surgen en la espera.
Veo uniformes de policía que la gente mira con una mezcla de asco y lo que queda de respeto; médicos con caras agotadas de guardias interminables; maestros golpeados por sueldos miserables que no remuneran la falta de límites; chicos con guardapolvo o uniforme prendidos a una red social aprendiendo el último trend viral con la atención totalmente quemada por contenido sin sentido.
En todas partes hastío, cansancio, indiferencia, desinterés, falta de asombro.
Esto ya parece un hormiguero pienso mientras se anuncia que hay demora por colisión con una persona. Pauso la música. Cruzaba con los auriculares puestos dice alguien sin la menor sorpresa; estos pibes siempre lo mismo murmura un viejo mientras mira una piba de veinte años pasar, después se limpia el hilito de baba.
Me pregunto qué canción estaba escuchando y si simplemente no se dejó atravesar por la nostalgia de un viernes como este. Por lo menos se salvó de ver baba geronte y ajena, anoto y me río un poco.
Mientras tanto, en los márgenes de las vías, el mundo piensa en una sola cosa: llegar. Se multiplican los cigarrillos de chicle, las colillas explotan y el humo sabor fruta escapa como si quisiera llegar antes.
La lluvia hace una pausa (es muy breve el momento casi imperceptible) como para dejar que más personas lleguen, y sigue. Alguien bosteza, se refriega los ojos, el gesto se replica como si todo fuera una copia de una copia de una copia.
¿Cuántas repeticiones, historias, frases, canciones, pensamientos, desamores, renuncias, obscenidades, abusos, pueden caber en un retraso accidental?
Dejo que la playlist siga corriendo, lo mismo para la escritura. Podemos ser libres si queremos pienso y escribo, o quizás es la canción la que me incita a pensar en la libertad y en el sistema que la controla, pero ya no puedo seguir desarrollando la idea, el papel se termina y de tanto escribir el tren, finalmente, ha llegado.
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