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    Crònica de no ficciòn

    Abr 12, 2024

    Crònica de no ficciòn
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    Esa tarde, Miren caminó como siempre lo hacía. Pero no estaba cómoda. El sol le molestaba demasiado para ser otoño. Estaba muy cansada, pero no importó. Siempre había alguna excusa para justificarse, dormir pocas horas, estar preocupada por alguna razón, así que siguió, pero al terminar el día estaba agotadísima. Nada que no se pase con un buen descanso, pensó.

    Un par de días más tarde, distraída y tomando unos mates, se mareó. Fueron segundos, así que una vez más le restó importancia. Algo que me cayó mal. O quizás necesite anteojos con un poco más de aumento, -sé dijo a sí misma.

    La tarde siguiente, fue sábado de un fin de semana extra large. Charla, visitas, risas y en un instante a Miren el mundo comenzó a darle vueltas. Sentía demasiado calor y un sudor frío le empapó la frente. Pero, todo desapareció con agua fresca y entonces una vez más llegaron las justificaciones, la cervical, el sol del otro día, el calor agobiante que no corresponde a estas fechas etc. etc. etc. Y la tarde siguió su curso, hasta que mas tarde el piso comenzó a moverse, pero como pasó rápido, esta vez la excusa fue el estrés, el entusiasmo por los nuevos proyectos, la ansiedad y la mar en coche y nunca prestó atención a lo que le estaba pasando.

    Esa noche, hubo mucho dolor en todo el cuerpo y aunque estaba extenuada, creyó que sí podría ser el maldito mosquito, pero seguramente ya pasaría. Y fue ahí, en medio de un vaho de poca claridad, que escuchó a su madre pedirle ayuda, porque las piernas no le respondían. Y cuando quiso ayudarla, no pudo, no tenía fuerzas y vio como su madre quedaba de cuclillas en el piso.

    ¿A quien llamar de noche? Además, no coordinaba números, ni podía sostener el celular entre las manos. Recorrer los ocho metros hasta el portón de calle significaba realizar toda una misión imposible. Y utilizar una llave en una cerradura algo que su entendimiento en esos momentos no procesaba.

    Como en un conjuro, un pequeño insecto había decidido infectar a las dos personas de la casa. Y parecía estar furioso porque días previos, pretendieron no prestar atención a sus ataques certeros.

    La temperatura corporal cruzó varios límites.

    La madre seguía sin fuerzas en el piso, entonces Miren, como pudo bajó los almohadones de un sillón e improvisó una especie de catre bajito.

    No estaban solas, el padre vino ayudarlas. Esto no hubiese sido nada extraño, si no fuera porque él hace casi veinte años que ya no está en este plano. Sin embargo, Miren lo vio sentado junto a ella en la cama y la madre, cuando comenzó a caminar le dijo, - Vino papi me ayudó a pararme ¿viste lo lindo que estaba? Claro, también aseguró que una noche había un colibrí en la ventana.

    Miren, ya no supo que eran sueños y que era lo que en verdad sucedía . A veces se despertaba con un par de ojitos tiernos mirándola fijo. Y con la lengua de su caniche refrescándole la frente.

    Pasó la pascua. Terminó el fin de semana super largo y casi ni se dieron cuenta.

    Lentamente los días malos van quedando atrás, la debilidad persiste, la fiebre se empeña en regresar, todo es muy lento y lleva su tiempo, pero la pesadilla parece haber terminado. Y una vez más hay motivos para agradecer.

    A veces es más fácil contar un cuento, buscar otra protagonista para no volver a pasar dos veces por lo mismo. Pero, aunque me empeñe en no prestar atención, este relato va de no ficción, y ahora se porque el dengue es llamado el quebrantahuesos.

    Miren es un nombre vasco y una de sus variantes es... Miriam.

     

    Miriam Rodriguez Roa

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