mobile isologo
buscar...

Crecer duele, mamá, y a veces no quiero.

ronaldo

Jul 30, 2025

167
Crecer duele, mamá, y a veces no quiero.
Empieza a escribir gratis en quaderno

Aún soy alguien que no suele acostumbrarse a los ordinarios lunes.
Nunca nadie te avisa del momento exacto en el que has perdido tu juventud y dejas de ser niño. No hay ese aviso de salida, ni un acto memorable que nos haga recordarlo. No hay nada. No hay bienvenida a la adultez, solo un día descubres y te das cuenta de que las cosas a tu alrededor, todas esas pequeñas cosas que te llenaban de ilusión, han cambiado.

Antes pensaba que ser grande era fácil. Yo quería manejar un coche, quería salir de fiestas, quería ser grande y decir: “yo me encargo de hacerlo”.
Y ahora que veo que no todo es como pensaba que sería mi futuro, anhelo, extraño y añoro volver a esas tardes donde corría en las calles con mis primos, miraba las caricaturas con ese ruido de un antiguo televisor, y lo mejor de todo: no tenía prisa por llegar a absolutamente nada.

¿Sabes? Ese miedo a crecer no se parece a esos miedos que extraño, como a la oscuridad o a los payasos.
No es un susto que me hace gritar.
Es un vacío tan, pero tan enorme dentro de mí, que siento un ardor por dentro cada que veo una foto de pequeño y me llega ese dolor, y esa pregunta en mi mente: “¿te acuerdas cuando...?”

Darme cuenta de que mi papá ya no me canta antes de dormir, que ya mi mamá no me carga a la cama cuando me quedaba en sus brazos viendo el televisor por las noches para llevarme mientras yo me hacía el dormido.
Ahora yo soy mi único consuelo, y al único que recurro antes de dormir.

Crecer no es ver el calendario en este punto, es ver las manos de tu madre y recordar que el tiempo pasa...
Así como cuando eras pequeño y pasabas mucho tiempo en el agua mientras tus manos se arrugaban, pero esta vez, esta vez no se desarrugan.

Se siente como tener una agenda totalmente llena, pero hay un hueco —ese hueco vacío y hondo— que no puedes llenar.

Cuando era niño, pensaba. Pensaba que crecer era libertad.
Podría dormir tarde, comer lo que yo quisiera, donde yo quisiera, ya que yo decidiría.
Lo que nunca sabía es que esa libertad tiene un alto precio, un precio que nunca podré llegar a pagar:
Nostalgia. Soledad. Cansancio. Y crecimiento.

Porque nadie te prepara para crecer, ni para saber lo que implica el crecer.
Nadie te dice que cada día te pareces más a esa nevera de tu casa que está sola, fría y vacía.
Que muchas veces, aunque haya gente a tu alrededor, te sentirás como si estuvieras en ese primer día de clases, esperando a que alguien vaya y te diga: “¿cómo estás?”
Pero esta vez... esta vez no hay nadie.

Hay días como hoy que me da miedo crecer.
No temo hacerme viejo, pero sí a que con cada año que viene es como si dejara algo atrás de mí.
Algo pesado que cargo y no puedo soltar:
Quizá una forma de reír, una canción que escuchaba todos los días en mi cuarto a todo volumen y que ya no escucho, personas que ya no están.

A veces siento que mi vida es una maleta que crece y crece y llevo arrastrando, y al no saber qué cosas dejar ir, tengo que decidir qué dejar fuera para poder seguir adelante.
Y hay cosas que duelen dejar:
Mi felicidad.
Mi ingenuidad.
Mi capacidad de ilusionarme por cualquier cosa tan pequeña que llegaba a ser una tontería.
Esa seguridad que tenía de: “cuando sea grande voy a...” como si yo tuviera eso garantizado.

Hoy no soy pequeño, tampoco soy mayor.
Hoy soy grande. Y hoy sé que no sé si quiero serlo todo el tiempo.

A veces tan solo quisiera volver a lugares que ya no existen:
El jardín de mi abuela, lleno de flores.
Ese árbol gigantesco que había en las afueras de mi rancho.
Ese sillón verde para dos personas que a veces se extendía para que cupieran tres.

Y en medio de todos esos lugares, me doy cuenta de que echo de menos el detener.
El ser pequeño y estar bien con no estar bien.
El llorar sin dar una sola explicación.
La libertad de no saber aún quién soy.

No sé en qué momento el crecer lo estoy empezando a asociar con rendirme.
Rendirme de la rutina, de lo esperado, de lo práctico.
¿Y si no quiero ser práctico hoy?
¿Y si no quiero crecer hoy?
No para siempre... solo un rato,
solo mientras me duermo y mi madre me hace piojitos en la cabeza,
y mi padre me canta para dormir,
después de cansarme por jugar a las peleaditas junto con mi hermano.

Crezco, crecemos. A veces no queremos.
Otras, no nos queda realmente de otra.
Y está bien.

Pero también está bien confesar que, algunas noches, desearíamos que mamá viniera a recogernos de esta vida como lo hacía en la escuela, con ese grito, su presencia, y la promesa de que todo estará bien.
Y quizá lo esté.
Pero ahora, mamá, estoy creciendo, y me da miedo.
Me da miedo envejecer.
Quiero que me sigas gritando para buscarme cuando esté rodeado de gente.
No quiero ser yo quien grita más.

ronaldo

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión