No aprendí el idioma, pero el mundo me habla igual.
La tierra me reconoce antes de que yo diga mi nombre.
El tiempo no me corre: me rodea.
Vuelvo a los mismos dolores como vuelven las lluvias,
no para castigarme,
sino para enseñarme algo que todavía no entiendo.
No estoy sola:
camino con quienes vinieron antes,
aunque no sepa pronunciar sus palabras.
Mi cuerpo recuerda lo que la boca olvidó.
No soy dueña de nada
y, aun así, pertenezco.
A la herida,
a la memoria,
al silencio que resistió cuando hablar era peligroso.
Ser indígena no es una lengua perdida:
es una forma de sentir el mundo
sin separarme de él.
Y aunque me hayan enseñado a callar,
sigo estando aquí.
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