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    Cornisa

    Alan

    Jun 27, 2024

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    Cornisa
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    Pasé casi toda la noche haciendo equilibrio sobre la cornisa entre el sueño y el desvelo. Cuando la mayor parte de mi cuerpo se inclinaba hacia el desvelo, escuchaba aves cantando a pesar de ser apenas las tres de la mañana; y cuando me inclinaba hacia el otro lado, oía gallos enfadados —¿gallos de batalla?— y eso era justamente lo que me obligaba a intentar mantener el equilibrio, pero la cornisa era muy inestable y estrecha, apenas podía apoyar los bordes de mis pies grandes y torpes de payaso; así que terminaba cayendo siempre en el desvelo, donde el coro estridente de las aves me parecía de ensueño. A esa altura de la noche, era yo sólo una cabeza asomándose en una guillotina, esperando ser decapitada de una vez por todas, tras declararme culpable de haber asesinado en mis pensamientos a más de un imbécil. Encendía el televisor solo para apagarlo de inmediato, cada vez con más hastío: el Chapulin Colorado ya no daba gracia sin su compañía, sin su risa de bruja. Apagaba el televisor con la esperanza de apagar también mi mente. Estaba muy cansado y temía soñar que era perseguido por gallos sedientos de sangre.

    ¿Acaso las aves no duermen?, ¿confundirán la luz eléctrica con la luz del día? La Naturaleza –pensaba– debe adaptarse al cambio constante del mundo para poder rebelarse; los humanos nos rebelamos al cambio que los poderosos imponen, para, luego, terminar adaptándonos al mismo…

    Sonó la alarma y me levanté, aunque no pude dormir, quizás, más de media hora; miré con congoja los libros apilados, mis manuscritos, la maleta de viaje, y casi sin darme cuenta, ya me estaba dirigiendo al trabajo.

    Alan

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