Nadie te prepara para el momento en que la geografía deja de ser paisaje y empieza a mirarte a los ojos.
Yo nací al oriente, lejos de sus montañas, pero cerca de sus raíces.
Ahora, de grande, vivo a sus pies, bajo su sombra, resguardado y en peligro. Crecí escuchando su nombre como quien escucha una promesa lejana. Hoy la cordillera respira sobre mi techo como un animal antiguo que decide si protegerme o ponerme a prueba.
Anoche la cordillera entró a mi cuarto sin abrir la puerta.
Entró con una forma imposible de definir, no era exactamente luz ni cuerpo, no era del todo figura ni del todo resplandor. Se deslizó como una claridad que hubiera aprendido a pensar, como una presencia que no necesitaba contornos para existir. Y sin embargo su esencia me dejó claro que era ella. Tal vez era una mujer hecha de altura. tal vez una madre mineral respirando en silencio, tal vez una figura sin forma que, aun así, llevaba en sí misma la certeza absoluta de su nombre.
Era la cordillera.
Se deslizó por la rendija de la madrugada como una respiración antigua, ocupó la silla donde dejo la ropa del día anterior y se quedó ahí, inmensa, respirando con una paciencia mineral. No traía nieve ni viento, traía memoria.
En este continente la memoria no se archiva, se encarna. A veces toma forma de mujer que marcha, a veces de río contaminado que insiste en fluir, a veces de nombre que alguien repite en voz baja para que no lo borre el tiempo.
La cordillera me habló sin mover los labios, las montañas nunca mueven los labios. Habló desde esa zona del sueño donde las palabras no necesitan aire para existir.
“Mirá bien”, dijo. Este es tu territorio.
Entonces el cuarto se abrió como si fuera un mapa respirando. Las paredes se plegaron, el techo se volvió cielo, y vi desplegarse la larga herida luminosa de Sudamérica: selvas respirando humo, ciudades con cicatrices eléctricas, pueblos donde el polvo tiene memoria y pronuncia los nombres que la historia oficial intenta olvidar.
Vi barcos llegar con hambre de oro. Vi lenguas prohibidas. Vi manos arrancadas de la tierra que las nombraba. Vi la lenta pedagogía del saqueo, repetida siglo tras siglo con distintos uniformes, distintos idiomas, idéntica avidez.
El imperialismo no aparece en los libros como aparece en la vida, en la vida llega vestido de progreso, con sonrisa diplomática, con promesas que brillan lo suficiente para que el despojo pase desapercibido. Llega con mapas donde nuestras montañas parecen pequeñas, con discursos donde nuestra historia cabe en un pie de página.
“Nos enseñaron a mirarnos desde afuera” sentí que susurró la cordillera.
Como si nuestra existencia necesitara traducción.
Y entonces vi el racismo, ese fantasma que no es fantasma porque tiene cuerpo, salario, frontera. Lo vi instalado en oficinas donde los apellidos pesan distinto, en escuelas donde la piel es un currículo oculto, en ciudades donde algunos caminan con la tranquilidad de pertenecer y otros con la cautela de quien pide permiso incluso para respirar.
Vi también la tierra abierta en canal. Selvas taladas con la precisión de una cirugía sin anestesia. Ríos convertidos en espejos turbios donde ya no se reconocen los peces. Montañas horadadas como si alguien creyera que el planeta es una alcancía infinita. Vi el ecocidio desplegarse con una lentitud burocrática, como si la devastación pudiera administrarse en cuotas.
La cordillera tembló apenas. Un temblor mínimo, casi íntimo, pero suficiente para que el continente entero recordara que sigue vivo.
“Cada árbol que cae”, dijo, es una sílaba menos en la lengua del mundo. Cada río envenenado es una frase que ya no podremos pronunciar.
Quise decir algo. No supe qué.
Las palabras se me quedaron adheridas al paladar como esas verdades que tardan en nacer.
Entonces aparecieron ellos, los presidentes, los candidatos, los oradores profesionales de la esperanza. Sonreían desde balcones, desde pantallas, desde carteles que el viento empezaba a despegar de los muros.
Sonreían igual en todas partes.
Esa sonrisa entrenada para prometer sin decir, para abrazar sin tocar, para convencer sin escuchar. La sonrisa que inaugura puentes invisibles y clausura hospitales visibles. La sonrisa que se vuelve discurso, el discurso que se vuelve cifra, la cifra que termina siempre cayendo sobre los mismos cuerpos.
“¿Los ves?” me preguntó la cordillera.
“Sí, sí,” lo veo. Respondí.
Han aprendido a hablar de nosotros sin nombrarnos.
Y en ese instante el continente entero pareció quedarse en suspenso, como si alguien hubiera detenido el pulso de la historia por un segundo exacto. Vi a la gente mirando esas sonrisas desde plazas, desde televisores encendidos en casas humildes, desde teléfonos que vibran con noticias repetidas. Vi la fe desgastarse y, aun así, persistir. Porque aquí la esperanza no es ingenuidad: es supervivencia.
La cordillera se inclinó hacia mí.
No era un gesto de ternura ni de amenaza. Era un gesto de reconocimiento. Como si supiera que cada habitante de este lado del mundo lleva dentro una pregunta que no termina de formular.
“Cordillera”, le dije, “yo quiero resistir”.
La frase salió sola, como si alguien la hubiera escrito antes en mi garganta. Quiero resistir por lo que somos cuando nadie nos mira. Defender lo que aún respira debajo de las estadísticas. Resistir la pedagogía del olvido. Cuidar la memoria como se cuida un fuego mínimo en mitad del viento.
Porque aquí dudar a veces se parece demasiado a rendirse. Y rendirse se parece demasiado a traicionar. Traicionar a los que ya no están, a los que siguen buscando, a los que trabajan la tierra sin poseerla, a los que cruzan fronteras con una foto doblada en el bolsillo, a los que aún creen que la dignidad no se negocia.
La cordillera no respondió de inmediato.
Se levantó lentamente, ocupó todo el horizonte del cuarto, y por un instante tuve la certeza de que estaba respirando conmigo. Luego habló, con esa voz que parece venir desde antes de cualquier idioma:
“Entonces permanecé”.
No dijo “ganá”.
No dijo “venceles”.
Dijo apenas: permanecé.
Porque en este continente resistir no siempre significa avanzar. A veces significa no retroceder ni un centímetro, no aceptar la amnesia como destino, no entregar la dignidad como moneda de cambio. Cuando amaneció, la cordillera ya no estaba en el cuarto. Pero había dejado una frase escrita en el aire, una frase que aún no se disuelve.
No fuimos hechos para arrodillarnos.
Fuimos hechos para sostener el cielo de pie.
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