Madre, alcánzame la mano antes de que esta pieza se hunda.
No te asustes si te digo que esta vez lo sé de verdad. Hay noches en que uno confunde el cansancio con la tragedia, el insomnio con una revelación, el eco de una puerta mal cerrada con el anuncio de algo inmenso. Pero hoy no. Hoy hay en el aire una claridad insoportable, una lucidez fría, como si cada objeto de la casa hubiese decidido ponerse de acuerdo para decirme lo mismo: hasta acá llegaste. La lámpara en la mesa, el vaso a medio tomar, la camisa doblada sobre la silla, todo parece mirar hacia mí con esa seriedad de los testigos que no van a intervenir.
Madre, decime si alguna vez sentiste esto. La certeza ridícula y brutal de que el mundo puede acabarse no por una guerra, no por un incendio, no por el estruendo final que prometen los diarios y las películas, sino por algo mucho más pequeño, mucho más indecente: porque una persona no logró amarte como querías. Porque la única voz que había logrado ordenar el ruido de tu sangre eligió callarse. Porque justo ese amor, ese, y no otro, que parecía haber encontrado la forma secreta de entrar en tu pecho sin romper nada, no pudo ni debía quedarse.
Yo sé que suena exagerado. Lo pienso y hasta me avergüenzo un poco. Qué escándalo pobre el de un hombre que cree tocar el fin del mundo porque una ausencia le desacomodó los huesos. Y, sin embargo, madre, vos tócame la mano. No para salvarme. Apenas para que no me termine de ir.
Padre, vení vos también. Sentate enfrente, como cuando yo era chico y hacía preguntas imposibles mientras vos te sacabas los zapatos después del trabajo. Necesito saber si de verdad te equivocaste tanto como yo, si alguna vez pusiste el corazón en una mesa equivocada y te quedaste mirando cómo alguien lo confundía con un objeto cualquiera. Decime si alguna vez te dolió de una manera tan poco elegante, tan desprolija, que no pudiste ni siquiera escribirlo. Si te pasó eso de caminar por la casa con la sensación de haber perdido algo, pero sin poder señalar exactamente qué. Como si no se hubiese ido una persona sino una temperatura, una música, una costumbre del aire.
A veces pienso que el dolor amoroso tiene algo de sueño mal traducido. Uno despierta con el pecho apretado, con la impresión de haber visto una escena decisiva, terrible, y sin embargo no puede contarla del todo. Apenas quedan restos: una escalera húmeda, un pasillo interminable, una puerta que se abre hacia ninguna parte. Uno despierta con el pecho apretado, con la sensación de haber presenciado algo decisivo, y sin embargo no sabe explicarlo. Así me quedó el amor, padre. Como un sueño del que recuerdo la emoción, pero no el argumento.
Hubo un tiempo en que todo parecía claro. No esta claridad fría de ahora, sino una claridad tibia, doméstica. Entró en mis días sin hacer ruido, como entra la luz en una habitación cuando nadie está mirando. Una conversación más larga que las otras, una risa que se demoró un segundo de más, una mirada que decidió quedarse.
Y después el mundo empezó a acomodarse alrededor de eso.
Las calles parecían más cortas cuando caminábamos juntos. Los domingos dejaron de ser una espera incómoda. Incluso el silencio, ese silencio torpe entre dos personas, se volvió algo suave, casi necesario.
Yo creí que era eso, el lugar correcto.
Uno no piensa demasiado cuando encuentra un lugar así. Se instala. Baja la guardia. Deja el corazón sobre la mesa como si estuviera seguro de que nadie va a confundirlo con otra cosa.
Pero el amor tiene una forma muy discreta de irse.
No se rompe de golpe. Empieza con pequeñas grietas que uno decide no mirar. Una pausa más larga en una conversación. Una mirada que se distrae demasiado rápido. Un gesto que antes era espontáneo y de pronto parece aprendido.
Hasta que un día entendés que la distancia entre dos manos puede ser más grande que una mesa.
No hubo un momento dramático. Ninguna frase cruel que recordar. Simplemente el amor empezó a retirarse, igual que la marea, dejando en la orilla restos de lo que alguna vez fue una promesa. Después quedaron los días raros. La casa seguía siendo la misma. Las calles seguían llenas de gente. Los árboles seguían haciendo ese ruido leve cuando pasa el viento.
Pero algo se había movido de lugar. Como si el mundo hubiese corrido apenas unos centímetros hacia la izquierda.
Padre, hubo momentos en que pensé que no iba a acostumbrarme nunca.
Pero el corazón tiene costumbres extrañas. Al principio late por pura obligación. Después, sin avisar, empieza a recuperar su ritmo. Un día cualquiera descubrís que volviste a mirar el cielo sin compararlo con nada. Otro día te encontrás riendo por algo pequeño y te sorprende escuchar tu propia voz.
Hoy, por ejemplo, vi a un niño correr detrás de una pelota que rodaba cuesta abajo. La pelota escapaba feliz, y el niño la perseguía riéndose hasta que tropezó y cayó de rodillas.
Pensé que iba a llorar.
Pero se levantó, se sacudió el polvo y siguió corriendo como si la caída hubiese sido parte del juego.
Y entonces entendí algo, madre. El amor que se va no se lleva todo lo que fuimos. Deja algo.
Deja la prueba de que fuimos capaces de amar así.
Madre, soltá mi mano un momento. No porque ya no la necesite, sino porque acabo de darme cuenta de algo: esta pieza no se estaba hundiendo. Era yo el que se había quedado demasiado quieto dentro de ella. El final que creí ver hace un rato no era el final de nada. Era apenas el lugar donde terminaba una historia.
Y afuera, lo veo ahora por la ventana, el mundo sigue exactamente igual que antes: las luces encendiéndose, la gente caminando, algún perro ladrando en la esquina.
La vida.
La vida que no se acaba porque un amor se haya ido.
La vida que, incluso ahora, sigue esperando que uno vuelva a salir a su encuentro.
Y entonces comprendí que el mundo no se había terminado; simplemente me estaba esperando un poco más adelante.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión