Contrato
Jul 30, 2026
Yo pongo la paciencia, vos ponés la presencia.
Yo pongo el cuerpo cuando hace falta un cuerpo,
vos ponés el nombre cuando hace falta un nombre.
Y así el saldo queda en cero,
y nadie le debe nada a nadie,
hasta que terminamos llamándolo amor
sin que se note el ruido de la caja registradora.
Al principio no lo vimos.
El cariño existe, eso no es mentira:
hay ternura, hay manos, hay domingos.
Pero un día descubrimos que estábamos comerciando,
y que pesábamos lo dado contra lo recibido,
llevando una contabilidad cuya existencia ignorábamos
y el amor, el otro, el que no cotiza,
no aparece en ninguna columna.
Lo que se compra con esto es más barato de lo que parece.
Yo compro que alguien conteste un mensaje.
Yo compro no explicar en Navidad por qué vengo sola.
Yo compro una conversación simple y frívola
para no escuchar el ruido del departamento.
Y pago con mi tiempo, que es la moneda más cara
y la única que no se puede devolver.
Lo peor no es el frío.
Lo peor es la costumbre del frío:
cómo el hambre se va achicando hasta caber en lo que hay,
cómo aprendés a llamar banquete a la migaja,
cómo dejás de pedir porque pedir ya te parece de mal gusto,
como si el hambre fuera una falta de educación.
Y algo se prostituye ahí,
no en el cuerpo, el cuerpo es lo de menos,
sino en el gesto,
en el beso que sale a las siete y media
porque a las siete y media sale el beso,
en el te quiero que se dice para cobrar un te quiero,
en haber convertido lo único gratuito que existía
en algo que se rinde a fin de mes.
Un día nos preguntan si somos felices
y respondemos que estamos tranquilos,
que es lo que se responde
cuando ya no recordamos la diferencia.
Nos queremos, sí.
Nos queremos como se quiere a un buen inquilino:
paga puntual, no rompe nada, no hace ruido.
Y una noche, sin que nadie levante la voz,
entendemos que hace años que no vivimos acá,
que solamente alquilamos.
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