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Contra las ficciones morales. El ser humano, el karma y el mito de la justicia inmanente.

Jun 30, 2025

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Vivimos rodeados de ficciones morales. Algunas son tranquilizadoras: "todo vuelve", "el karma existe", "el bien se recompensa". Otras, más cínicas: "a los malos les va mejor", "ser bueno es de ingenuos". Todas, sin excepción, comparten un rasgo: intentan organizar el caos del mundo en una narrativa comprensible, con reglas, premios y castigos. Son ficciones que ofrecen sentido donde lo real, simplemente, no lo garantiza.

Pero, ¿y si no existiera tal orden? ¿Y si el ser humano no fuera ni bueno ni malo "por naturaleza"? ¿Y si no hubiera ninguna justicia secreta equilibrando las cuentas del universo?

Estas preguntas, lejos de ser nuevas, ya estaban en el corazón de la filosofía de Friedrich Nietzsche. En Más allá del bien y del mal y La genealogía de la moral, Nietzsche denuncia que las categorías de "bueno" y "malo" no remiten a esencias eternas, sino que son invenciones históricas, surgidas en contextos de dominación, resentimiento y necesidad de control. La moral no revela una verdad profunda sobre el humano: funciona como dispositivo político.

Desde esta mirada, el ser humano no es enteramente bueno ni enteramente malo. Esa dicotomia esencialista, heredera del cristianismo y de la metafisica occidental, no resiste análisis. No somos Rousseau ni Hobbes. No hay pureza ni maldad originaria. Lo que hay es un sujeto constituido por fuerzas contradictorias, intensidades variables, afectos en tensión. Lo que llamamos "bondad" o "maldad" es muchas veces el resultado de una determinada configuración social, afectiva y lingüística. No hay una esencia moral, hay un devenir.

Por eso, cuando alguien afirma que "todo vuelve" o que el "karma se encarga", lo que en realidad está haciendo es restaurar una ficción moralista: la idea de que el universo, de algún modo, vela por el orden ético de las cosas. El karma es, en este sentido, una versión laica de la providencia divina: una operación de consuelo que le asigna lógica moral a lo que, muchas veces, es puro azar, correlación de fuerzas, privilegio o brutalidad sin razón.

La versión cínica de esta ficción -"a los malos les va mejor"- también fracasa como lectura del mundo. Es solo el reverso desesperado del mito anterior. Porque sigue pensando que hay un sistema secreto que regula los premios y los castigos. Solo que en vez de ser justo, es injusto. Pero ambas lecturas comparten el mismo núcleo: la necesidad de una ley moral invisible que organice el desorden.

Nietzsche, en cambio, nos ofrece una salida más radical: abandonar toda esperanza de justicia inmanente. No para caer en el nihilismo pasivo, sino para asumir la responsabilidad del juicio, del valor, de la acción. La vida no premia ni castiga: simplemente ocurre. Lo ético, entonces, no puede estar basado en una expectativa de retribución, sino en la afirmación de una forma de vida. No se trata de "hacer el bien" para que vuelva, ni de "portarse mal" porque "igual no importa". Se trata de crear una ética sin garantías, trágica, activa, vital.

Frente a esa desnudez del mundo, muchos se paralizan. Pero algunos -como Nietzsche, como Camus, como Simone Well- piensan desde allí. Desde el vacío de sentido como condición de posibilidad para el juicio libre.

Así, el ser humano aparece no como un ente moral cerrado, sino como un campo de intensidades, de potencias, de decisiones sin origen trascendente. No hay castigo cósmico ni redención automática. Lo que hay es una existencia frágil, contradictoria y expuesta al azar. Lo que hay es este cuerpo, esta historia, está responsabilidad.

En este marco, la frase popular "todo vuelve" deja de tener sentido. No porque no haya consecuencias, sino porque no hay justicia automática. La consecuencia no es moral: es material, relacional, contingente. Uno no cosecha lo que siembra, sino lo que las circunstancias, las estructuras y los otros permiten o impiden.

Por eso, como advierte Nietzsche, la tarea del pensamiento no es consolar, sino incomodar. No es ofrecer sentido, sino mostrar que el sentido es algo que se fabrica, no que se descubre. Lo que vale, vale porque alguien lo afirma, no porque esté escrito en las estrellas.

La ética verdadera no espera premios ni teme castigo. No se arrodilla ante un karma ni se rinde ante el cinismo. Es una creación -fiera, solitaria, inestable- que asume el riesgo de vivir sin Dios, sin deuda, sin retribución. Una ética que no pregunta "qué me va a volver", sino: ¿qué elijo afirmar, incluso si nada vuelve?

Yuliana Davico

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