Tengo consulta con esa versión de mí.
Alguien que se asoma sin necesitar palabras,
la que traza una prosa en su libreta
y no deja migajón regado en la hoja.
La que no tiene que esconder los murmullos en los bolsillos
o distinguir la penumbra.
La que reza después de meditar con el tiempo
y agradece a Dios mi inexistencia.
La que no se deshace
en el silencio de ser o no ser.
Me temo que es terminal.
Y antídoto no hay, sino ella, brutal como una reanimación, pero aunque me reaviva el corazón, me quiebra las costillas y me deja con máscara de oxígeno.
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