Agraciado por Dios, él siempre se encarga de hacerle honor a mi nombre. En una de esas noches infinitas, similares a las que siendo un niño subía al techo de la casa de mis padres a contemplar el campo verde oscuro y las luces de los autos que se movían por la autopista, en las que el frío de la madrugada invernal nos convida una caricia dulce y helada en el rostro a través de ventanas abiertas que miran horizontes oscuros y nostálgicos, hablé con él y le dirigí un pedido genuino, le compartí un sueño: “quiero conocer a la mujer más deslumbrante del mundo, alguien no sólo bella físicamente, sino intelectualmente superior”. Cerré los ojos y me entregué al sueño.
Años más tarde, una mañana me encontré tomando un café a cientos de kilómetros de mi hogar. Cuántas de esas noches infinitas me habrán llevado a estar sentado ahí y tenerte frente a mis ojos. Lejos de poder entendernos en ese primer encuentro observé el delicado encaje verde agua que apenas asomaba de tu remera blanca y a unos centímetros de él grabada en tu piel la palabra Viva, todo abrazado por tu chaqueta roja entreabierta, cubierta por tu pelo de oro. En tu rostro se imprimía una seriedad absoluta, la misma que minutos más tarde se contrastaría abruptamente con la ternura de tu voz cuando por primera vez me hablaste a la salida del museo. ¿Habríamos tomado otros cafés? ¿O caminado otros museos juntos? ¿Todo en otras vidas y nos estábamos volviendo a encontrar? A pesar de que mi alma sintió que te conocía, no creo que haya sido así; me aferro a la singularidad del evento canónico de este cuento maravilloso, uno que jamás haya ocurrido en ninguna otra historia de este universo.
Me hablaste y supe que había conocido un ser especial, alguien que no es de por acá, porque tenés la sensibilidad de un hada, el cuerpo de una sirena y el poder de una bruja. Todo el universo habita en vos, ¿cómo lo sé? Porque lo puedo ver a través de las nebulosas celestiales que habitan en el mar de tus ojos. Supe que estaba ante mi sueño (¿o en mi sueño? Aún no lo sé).
Te vi caminar en el bosque, los primeros destellos de luz del día se filtraban entre las hojas de los árboles que daban en las ruinas a las que vos recorrías y mirabas. Caminando hacia un punto de fuga, te retraté en mis retinas.
Supe que había conocido la magia.
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