No sé cómo vaciarme sin recurrir a ti.
Te he reducido a la forma más triste de la costumbre:
un juguete al que vuelvo cada vez que persigo esta sensación fugaz
que, apenas me roza, me deja más enfermo que antes.
Descargo mi violencia en tu estructura.
Mis manos buscan marcarte;
mis herramientas, herir tu superficie,
como si al abrirte pudiera abrir también algo dentro de mí.
A veces quiero llevarlo más lejos.
Romperte.
Quemarte.
Lastimarte hasta el límite.
Me inquieta descubrir cuánto me atrae la idea de verte destruido,
una presencia rota e inmóvil junto a mi cama,
silenciosa al fin,
como si en esa quietud habitara una respuesta
que todavía no consigo encontrar.
Entonces recorro la casa en círculos,
midiendo el impulso de acabar contigo por completo,
sabiendo que en ese acto perdería el único refugio que me queda.
Y quizá eso sea lo que más me perturba:
no la culpa,
ni la conciencia que insiste en recordarme que este ciclo carece de toda moral,
sino el temor de quedarme sin aquello
sobre lo que arrojo todo lo que no sé nombrar.
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