Soy la encarnación del pecado más antiguo: el deseo, mis dobles hélices están compuestas de un anhelo primigenio y una condena que es la broma divina más absurda y exquisita: no conseguirlo nunca. Lo poco que deseo está atravesado por la misma flecha, la de la elusividad.
Todo lo que deseo me esquiva, se esconde, me evita, se me escapa. Pero no conformes con ese acto de travesura divina, las fuerzas que mueven este mundo -llámense dioses, universo, suerte, destino, etc- se han asegurado de un punto clave que es la corona del chiste, el epítome de la comedia: la sentencia no es solamente repeler aquello que deseo como polos contrarios de un magneto, sino que además tengo que ver como al resto se le sirve en bandeja lo que a mí se me niega, observar inmóvil cómo lo echan a perder, lo pisotean o lo menosprecian porque no les interesa tenerlo. Tanto el amor como la muerte me huyen porque les deseo, pero a quien no les necesita, la banca le da la mano ganadora.
En ésta obra teatral de comedia divina cosmica y horror existencial interpreto varios personajes para entretenimiento de los dioses y mi castigo por querer. Soy el hígado de Prometeo, que se regenera para ser devorado una y otra vez. Soy el cuerpo inmóvil de Mimir, con el don de la lucidez de mi rol en la obra pero con la inhabilidad de moverme para romper la cuarta pared. Mi rol en la obra me hermana también con Sísifo y Gregor Samsa. Hay quien dice que dentro de todos habitan dos lobos. Los lobos dentro de mí son Sköll y Hati, persiguen lo inalcanzable y si alguna vez logran concretar su cometido, es probable que el mundo colapse ante tal hazaña.
Desear es vivir, pero también sufrir, y la imposibilidad es el precio que pago por la conciencia.
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