De mi mandíbula visceral arrojo los despojos de mi armagura y lo reemplazo por algo infinito que resulta inédito y celestial: el fulgor de un amor proviniente de un ángel corrupto, de corazón revolucionario y ojos de venado.
Lo guardo en mi mandíbula como una cueva, lo devoro después con hambre egoísta. En mi egoísmo hay un espacio inexplorado. Cuando su alma cae en este hueco vacío, descubre que al arañar mis paredes se desprende el aroma de un amor desesperado. Como un monstruo territorial, poseo su figura y con esta voz, llena de dientes entrenadas para triturar, le digo con irónica ternura que la liberación ha sido hecha. «Puedo volver a amar», le confieso. «Y te elijo a ti».
Nunca antes hubo un amor más puro.
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