Dejo que el agua caiga
como si pudiera arrastrar algo más
que el cansancio.
Me baño despacio.
El vapor borra el espejo primero.
Como si hasta mi reflejo
quisiera dejarme solo.
Sé cuidar heridas ajenas.
Sé reconocer
el temblor en la voz de otros.
Quedarme.
Pero nunca aprendí
dónde poner las manos
cuando el que sangra
soy yo.
El agua sigue bajando.
Tibia.
Inútil.
Y mientras empaño el vidrio
con la respiración,
empiezo a pensar
si el problema
siempre fui yo.
A veces
la memoria te devuelve intacta.
Como si nunca hubiera aprendido
a verte irte.
Entonces vuelvo
a lavarme las manos,
aunque ya estén limpias.
Hay personas
que nacen sosteniendo demasiado.
Como si amar
fuera impedir
que todo se rompa.
Pero algunas cosas
igual se hunden.
Y cuando el agua se enfría
sigo abajo igual,
como si el cuerpo
pudiera acostumbrarse
a cualquier tristeza.
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