Ahora no puedo dejar de estar alerta.
Si todo lo que me rodea
tuvo alguna vez
el nombre de muerte.
El olor dulce y rancio
de un armario que nadie se atreve a abrir,
La luz fría que se filtra por la ventana
de un cuarto de hospital,
la tristeza de un día de invierno,
el roce de una sábana áspera
contra la piel enferma,
el temblor leve de una taza
en unas manos cansadas.
Todo habla en voz baja,
pero yo escucho.
Crecí afinando el oído
para reconocer la despedida
en cualquier ruido,
para detectar el crujido exacto
en el que la vida se rinde.
No sé si esto es supervivencia
o una condena:
caminar siempre con la espalda tensa,
como si cada sombra
fuera un recordatorio
de que ya sé perder
y que me tocará hacerlo una y otra vez
por el resto de mi vida.
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Cielo Hochberg
No sé por qué siempre que escribo termino hablando de ausencias, de muerte y de amor. Será que quizás son las únicas formas de vida que conozco.
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