-Salgamos a caminar- me dijiste, sabiendo que lo necesitaba. Bajamos por el ascensor y salimos de tu departamento. Ya era de noche, pero en un rato tenía que volverme al pueblo que todavía me espera. En La Plata, en cambio, me quedas vos y una parte de mí. Nunca me gustaron las despedidas.
Empezamos a caminar, se hizo de noche y yo iba apretada a tu cuerpo. Mi pierna izquierda con tu pierna derecha iban a un mismo ritmo. Ya no caminaba por mi cuenta: iba con vos y en vos, en un mismo impulso.
Cuando quise acordar estábamos en una vereda diferente, que en sus costados tenía faroles de esferas redondas como luciérnagas. De alguna manera embellecían aún más a esa ciudad grande que según tu abuela tuvo tiempos mejores. Mientras caminábamos disfrutaba de esas luces y de tus ojos mirándome. Por primera vez en mi vida no quería escaparme. “Estamos en parís” me susurraste en la oreja, y largue una risa. De pronto éramos la versión Manaos de Horacio Oliveira y la Maga. Me invadió la ternura de entender que no importa donde esté, con vos es París en todos lados.
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