En estos libros les veo el alma
como pintura que escurre
entre sus manos, caliente
y hierve sobre las mías.
Allí están vivas, las sostengo
con las palmas hacia arriba
clásicas como bailarinas,
imperfectas como niñas.
Quiero soñar con ellas
y saber si eran aquellos ojos
como los míos, si surgieron
de los mismos brotes,
si reían ante las mismas
formas de las nubes
porque de ellos destilaron
aguas igual de finas.
Pusimos los pies en la tierra
y se nos hundieron
los talones como capullos.
Si las encuentro, me reciben
surcando sus labios,
que a veces tiemblan,
sus voces desvanecidas
y la reunión de sus cejas,
trazos de cortas pinceladas.
En aquel jardín soñado
también andan mis rimas,
se acercan a las de ellas
y se sientan a su lado.
Tomando el té con ambas manos,
miran las señoras las aves
disfrutar de las migas que ofrecen
desde su banco rosado.
y por varias primaveras
holgados oyen conversar
los zapatitos de bailar
a nuestros poemas.
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