Por cada día de estos meses que no quise mostrarle mi cara al nublado cielo que se nos regaló, eclipsé mi corazón con cada paso y cigarrillo fumado a puertas cerradas. Las cosas nunca estuvieron bien del todo; me sumergí de lleno en un mar donde las palabras siempre se recibían acolchonadas, y golpeaban en puntos de mi ser donde es difícil cuestionarme pero más lo es entenderme, y para mí que existo a través de la racionalización, es nocivo el no poder aplicar fórmulas sencillas para problemas complejos y resolver todo como si de ecuaciones estuviésemos hablando.
El dolor de la despersonalización no llegó esta vez como una angustia existencial similar a las crisis que uno suele relacionar a la edad y dónde uno está parado frente a ella, me abrió las puertas a una tristeza atemporal que no parecía tener causa ni autor, y desde donde ella me encontró, asumí que si hay una vibración luminosa que solo vemos soltarse cuando el amar y el perdonar actúan en paralelo, tendría que dejar que dance en mi cara y me queme hasta purificarme una vez más, en pos de angostar el tiempo y alinearme armoniosamente al cambio que te impone la vida.
Asimismo, se supo antes de que se sienta, que en los árboles de las horas se exilian sin miedo las sombras de la noche. Pero ha uno de estar despierto para entender por qué; no hay lógica adecuada que uno quiera ver actuar cuando se comprende que somos seres emocionales, y que algunas cosas simplemente presumen de la explicación misma que es no tener explicación propia.
Supongo que a fin de cuentas, es por eso que la gente que sabe mirar hacia dentro de sí y acaricia su oscuridad en lugar de apalearla, puede hacerlo sin pasar primero por la toxina psicológica de la sensación de merecimiento.
Hágase tu voluntad dije y no fui aquel que tiene miedo después de pronunciarlo, pero me agarré fuerte, y no me quedé quieto. Trepé al más alto de los álamos y el horizonte supo distenderse curvadamente para regalarme el universo. Y ahí, volví a sonreír.
Y aunque ahora camine con una sonrisa prestada de tiempo limitado, no dejo de tener una sonrisa. Y aunque pese como un yunque y la cara se me desdibuje por momentos tan solo por intentar sostenerla, es de carácter obligatorio contagiarla.
Mis umbrales del dolor se ensancharon y aunque todo ahora se sienta como caminar descalzo sobre un sendero de clavos, el camino de mi habitación hacia la entrada de mi casa no se ve tan largo como antes. Hay que llevarse agua en la mochila y cumplidos en los bolsillos, que repartir alegría no cuesta nada y sin embargo lo vale todo. Pero cuando el amor vuelva de sus vacaciones, habré de recordar, antes de volver a bailar, que supe lastimar más con un escudo que con una espada.
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