...
Ya los álamos,
chopos del pueblo,
van haciendo en sus ramas
los ropajes del buen tiempo.
Amanece la alegre tristeza alegre
del gris lluvioso.
Hoy, la procesión, por dentro.
Tiempo de ranas.
Cada tarde,
sol que en horizonte arde,
la nana cansina y monótona.
Vidas que rompen sus cascarones,
cuna y prisión.
Charca laguna,
donde el hombre,
quisiera sembrar su fortuna.
La Naturaleza, si quiere,
no quiere.
Como sus padres,
altos y delgados,
los chopos bailan,
ramas que al ábrego amable,
mueven en danza suave;
viento que trae las nubes
que la lluvia traen.
El invierno se despide,
abriendo sus carnes.
...
Dices tú de eso tan profundo.
El sentido de la vida.
Me atrevo a conjeturar que no hay tal como base. Digo que la vida no viene con una finalidad predeterminada.
La vida sucede como sucede cualquier cosa en el universo, porque es posible, por la causalidad y porque entre ser y no ser, suceder y no suceder, se da una u otra cosa.
Bien pude yo no haber nacido si mi madre hubiera tenido la opción de seguir estudiando en vez de tener que quedarse en casa paterna a echar una mano (y que las mujeres entonces...). Mi padre se hubiera dado con atención e intención a aprender música, pero gracias a guerras y francos no se pudo dar el caso. Total que por no poder ser ellos fui yo y fueron mis hermanos ¿qué sentido tiene eso?
Nada, nada, lo que sea la vida en ese aspecto es propósito particular y cada uno elige o debería poder elegir como quiere dar sus pasos. Y hacia donde.
Preguntarse esto a la mañana es bueno, no por la respuesta, sino porque indica tiempo libre.
Me sonrían un rato.
"No besar al Cristo con los labios pintados".
Los pecados van por parroquias más que por barrios.
Quizás el cartel tenía una motivación mundana derivada de la higiene y la limpieza; quizás fuera para no estropear la pátina de la talla con la química de los untados labios; quizás, por el remilgo eclesiástico, fuera la admonición, como prevención contra lo tentador del carmin que desde la boca va al cuerpo sagrado.
El caso es que, tras una más de media hora de hacer cola, la dama morena, de mantilla negra, de falda por debajo de la rodilla, de guantes de rejilla y de plata en su rosario, rojos como amapolas los turgentes labios...
Decidió, ya que a Cristo no se podía, besar al párroco.
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