mobile isologo
buscar...

Cómo funcionaa el control mental político

Jul 9, 2025

127
Cómo funcionaa el control mental político
Empieza a escribir gratis en quaderno

Durante años se nos dijo que la era digital marcaría un renacer de la democracia —o al menos, su surgimiento en regiones donde nunca había existidoss. Que las élites tradicionales serían desbordadas por masas autoorganizadas. Que el poder centralizado y jerárquico cedería ante nuevos movimientos sociales emergentes.

Pero hoy vemos cómo millones de personas en Estados Unidos se movilizan “contra el sistema” apoyando a figuras como Donald Trump. Observamos cómo la estructura misma de nuestras elecciones está diseñada para llevarnos, invariablemente, a elegir entre dos candidatos proempresariales que sostienen un modelo económico que extrae riqueza de esas mismas masas autoorganizadas y la canaliza hacia las cuentas de los de siempre.

Lamentablemente, esto no me sorprende en absoluto.

Estudio cómo funciona la mente humana, especialmente cómo surge el significado social a través de construcciones culturales compartidas: el lenguaje, los rituales, los roles e instituciones. Y cómo estos elementos interactúan con la difusión de normas y valores en una sociedad.

Una de las conclusiones más importantes de esta línea de investigación —que cruza disciplinas como la psicología, la lingüística, la neurociencia, la antropología y la inteligencia artificial— es que nuestra mente está estructurada de tal forma que nos oculta el proceso mediante el cual construimos sentido.

Miramos el mundo y todo “parece tener sentido”. Nuestro cerebro se moldea, a lo largo de la vida, para reconocer patrones familiares y completarlos aunque solo aparezcan parcialmente. Cuando miro alrededor del café donde escribo esto, veo sillas, mesas, personas. Todo clasificado por categorías que nuestro cerebro aplica sin que lo notemos: esto es “persona”, aquello es “mueble”.

Pero no tenemos acceso consciente a los fotones que llegan a nuestra retina ni al proceso por el cual nuestro córtex visual detecta bordes, completa colores y genera significados emocionales. Todo eso ocurre en silencio, hasta que aparece una percepción completa en nuestra conciencia.

Así funciona nuestra mente: construimos ilusiones de sentido, y luego actuamos como si ese sentido fuera real. Vivimos en un mundo lleno de estructura y significado porque nuestra especie evolucionó para ser profundamente cultural.

¿Y esto qué tiene que ver con el poder político? En una palabra: todo.

Me atrevo a proponer que la ilusión del poder es una forma muy real de poder. Así, figuras como Donald Trump —como símbolo— o Hillary Clinton —como ícono cultural— logran ejercer una enorme influencia al preservar las estructuras económicas y políticas del status quo.

Durante la mayor parte de nuestra historia evolutiva, vivimos en pequeños grupos nómadas. Eran sociedades casi igualitarias: todos se conocían y existían mecanismos sociales (vergüenza, exclusión, castigo) para impedir que alguien se impusiera por encima del resto.

Nos incomoda ser dominados. Eso genera ansiedad y malestar físico. Y cuando podemos hablar, quejarnos o compartir esas emociones con otros, las tensiones suelen resolverse rápidamente.

Pero todo cambió con la aparición de las ciudades-estado jerárquicas, tras el surgimiento de la agricultura hace unos 10.000 años. Con la división del trabajo, las élites encontraron la forma de dividir a la población y mantenerse en el poder.

Hoy, con tecnologías que nos permiten transmitir información de forma masiva —videos, discursos, narrativas—, las estructuras de control se volvieron aún más complejas. Tenemos poblaciones alfabetizadas, saturadas de contenido cultural que les dice a quién creer, de dónde vienen, qué es justo y quién es el enemigo.

Este entorno favorece el uso de la propaganda como herramienta para dividir y conquistar. Las historias sobre “la realidad” se esparcen, repetidas una y otra vez, hasta parecer verdades evidentes. Así, la ilusión del poder se convierte en una de las herramientas más eficaces para ejercer control social.

Entonces, ¿por qué importa que el equipo de campaña de Trump haya plagiado un discurso de Michelle Obama en 2016? Porque esa acción reactiva narrativas profundas en la cultura política estadounidense: los demócratas comparten indignados el escándalo, mientras que los republicanos lo interpretan como otra muestra de la hipocresía del establishment liberal.

El resultado es predecible: polarización total. Todo matiz desaparece. Las realidades múltiples —comunidades afroamericanas en el medio oeste, asiáticos de tercera generación en la costa oeste, obreros de Appalachia, judíos de Nueva York— se borran del mapa, y solo quedan dos equipos enfrentados en una guerra simbólica que deja a la mayoría alienada y sin representación real.

Así se impone la lógica binaria de nuestra arquitectura electoral. El menú siempre ofrece dos opciones poco deseables, por diseño. Como mecanismo de control.

Por eso la mayoría no vota.

Y las mismas élites —que promueven un modelo económico extractivo y utilizan nuestro propio gobierno para explotar a otros— permanecen donde están. No porque tengan todo el poder, sino porque dejamos que nuestras ilusiones operen sin cuestionarlas.

La verdad es que el poder somos nosotros. Pero nuestra ceguera frente a los roles que interpretamos de forma automática nos impide verlo. Somos la energía invisible —la fuerza vital de la política— que estas élites canalizan para hacerse más poderosas.

Ya es suficiente. Es hora de despertar.

Necesitamos más gente que medite, que aprenda a observar cómo su mente reacciona ante distintos estímulos culturales. Personas dispuestas a usar su poder personal de forma colectiva, para transformar la división en una unidad basada en valores, visión y acción compartida.

Así pueden encontrarse movimientos como #BlackLivesMatter y #FeelTheBern.
Así puede unirse la lucha por la soberanía alimentaria con una educación transformadora.
Así puede converger la despenalización del consumo con el cierre de cárceles privadas.

Así es como se recupera la democracia.

Pero no sucederá por sí solo. Requiere práctica. Requiere entrenamiento. Hay que desenterrar los sistemas de acumulación que viven en nuestras mentes. Hay que reconocer que el malestar compartido por una economía rota es, en realidad, la fuente emocional con la que podemos reconstruir instituciones nuevas.

Hay que dejar de alimentar al monstruo.
Y empezar a nutrir lo mejor de nosotros mismos.

together we fight

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión