mamá tenía los brazos de un sauce negro,
movía las hojas de mi infancia con la punta de un dedo
pero a veces dejaba raíces hundidas en mi nuca,
como si temiera que yo también pudiera huir.
ella me sostenía con una mezcla de amor y desconfianza,
como si no supiera si estaba
amamantando un hijo
o a una bestia enjaulada.
la encuentro en el reflejo de un charco,
desfigurada por el viento,
con la sonrisa abierta como una bisagra oxidada.
duerme de pie en el umbral de mi sueño,
con el vestido cubierto de harina,
y los ojos como velas quemadas hasta el final.
me dio su nombre como un tatuaje interno,
algo que no se pronuncia sin quemarse los labios.
me dijo te amo con la boca atragantada de astillas,
me envolvió en caricias que eran redes,
me enseñó a tener miedo del amor que se da
con un cuchillo en la otra mano.
la oigo susurrarme desde la cocina:
su voz es una mezcla de sopa hirviendo
y cristales rotos en el piso.
su ternura era un campo minado,
yo corría con los pies descalzos,
y a veces aprendía a dormir
con esquirlas en la espalda.
y sí, la añoro.
pero sólo en los días donde respirar duele
como cuando el cuerpo recuerda
la cuna y el grito al mismo tiempo.
en el techo de mi boca hay cicatrices
de sus palabras —
no las que dijo,
sino las que no pudo decir,
porque la ternura le daba asco,
como lo da la leche cuando está cortada.
me pregunto si se puede amar a quien fue cárcel,
si el perdón se planta como un árbol,
o si simplemente se arrastra como una cucaracha.
ella extiende la mano como un puente,
pero yo ya aprendí a cerrar los ojos antes del impacto.
madre, ave de rapiña de ojos brillantes,
tus garras olían a detergente barato
y sangre seca de los partos que nadie contó.
las veces que me soltaste
no fue por olvido,
sino por una ciencia torpe de la crueldad:
me tirabas al aire como quien lanza una ofrenda
y espera que el cielo se la trague.
no la encuentro en las fotos.
su rostro era una gruta —
mojada, dulce,
con musgo donde duelen los nombres.
yo fui su primer animal:
me lamió con la saliva del miedo,
me marcó con un lenguaje
que nadie entendió.
yo la amé
como se ama a los dioses defectuosos;
con los dientes apretados,
con rodillas sangrando en oración,
con la certeza de que soltarla
era tocar el centro del huracán.
a veces pienso
que sólo fue una niña atrapada,
y yo su espejo roto,
el que devolvía la forma
de lo que no pudo ser,
sin que yo antes lo pidiera.
¿se puede besar la mano
que te empujó del borde?
¿es posible agradecer la vida
aunque duela al tacto?
quiero pensar que sí.
quiero creer que un día
voy a entender esa forma torcida de su amor,
ese vuelo torpe que no supo controlar,
esas garras
que al final
intentaban —
a su modo —
sostener.
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