Se trata, pues, de eso: lo que habita dentro de nosotros y nos aparta del resto. No hay bondad ni maldad ahí, solo está. Habrás sentido que su ley de distancia es implacable, como los polos positivos que se repelen: se guarda para ti y no te deja convidar ni a amigos, ni familia, ni amores.
Por momentos me lo figuro como el fuego: si desborda te consume, si se apaga, te mata. Es necesario, entonces, aprender el noble arte de alimentarlo: lo suficiente para que ilumine, aunque no demasiado como para destruir lo bello que te habita. Si lo descuidas arrasará con todo lo que toque, ya sea dentro o fuera de tu mundo.
No es alimento de la voluntad, como el deseo, ni un síntoma, como el dolor. Siempre estará contigo, quieras o no. Se percibe en cada rastro del arte, ese que es puro, que parte de una chispa y tiene como meta el sol.
No encuentro otra manera de hablarte sobre esa soledad.
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