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¿Cómo afecta la gordofobia en el ámbito sexo-afectivo?

Jan 23, 2026

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1. Introducción.

En las sociedades contemporáneas, el cuerpo se ha construido como un eje central de regulación social, principalmente en lo que respecta a la sexualidad, el género y el valor de los sujetos. Lejos de ser una dimensión exclusivamente biológica o individual, el cuerpo es un territorio atravesado por normas, discursos y relaciones de poder que delimitan qué corporalidades son consideradas legítimas, deseables y dignas de reconocimiento. En este marco, la delgadez se erige como un ideal corporal hegemónico que no solo organiza los cánones estéticos, sino que también estructura jerarquías morales y sexuales profundamente desiguales.

La gordofobia, entendida como un sistema de estigmatización y exclusión de los cuerpos gordos, constituye una de las formas más naturalizadas de violencia simbólica en la actualidad. Con frecuencia, esta se presenta bajo discursos medicalizantes, morales o supuestamente “bien intencionados”, lo que contribuye a su legitimación social y a su despolitización. Sin embargo, sus efectos exceden ampliamente el ámbito de la salud o la apariencia, impactando de manera directa en las experiencias sexoafectivas, en el acceso al placer y en la posibilidad de ser reconocido como sujeto deseante y deseable.

La sexualidad, por su parte, suele pensarse como un espacio íntimo, privado y gobernado por elecciones individuales. No obstante, diversos aportes desde las ciencias sociales y los estudios feministas han demostrado que el deseo está socialmente organizado y que las prácticas sexuales se inscriben en marcos normativos que jerarquizan cuerpos, identidades y vínculos. Desde esta perspectiva, la exclusión y el trato sexual de los cuerpos gordos no puede reducirse a una cuestión de gustos personales, sino que debe comprenderse y analizarse como el resultado de un orden social que produce y distribuye el deseo de manera desigual.

Este ensayo propone analizar cómo opera la gordofobia en el campo de la sexualidad, atendiendo tanto a la producción social de la deseabilidad como a las experiencias encarnadas de vergüenza, autocontrol y restricción del placer. Asimismo, se aborda la manera en la que estas dinámicas se articulan con los mandatos de género, afectando de forma particular a las mujeres, cuyo valor social y sexual continúa estrechamente vinculado a la apariencia corporal. Desde un enfoque interseccional, el análisis considera también los cruces con otros factores de exclusión, como pueden ser la clase social, la racionalización y las normas heterosexuales, con el fin de dar cuenta de la heterogeneidad de experiencias que conforman la vivencia de la gordofobia. A partir de un diálogo con aportes del feminismo, los fat studies y la antropología del cuerpo, este ensayo busca contribuir a la problematización de la sexualidad como un espacio atravesado por relaciones de poder, en el que la norma corporal funciona como un dispositivo que regula el deseo, el placer y los vínculos afectivos. Pensar la gordofobia en la sexualidad implica, en última instancia, cuestionar los límites de lo deseable y abrir la posibilidad de imaginar formas de intimidad que no reproduzcan la exclusión, sino que habiliten el reconocimiento y el derecho al disfrute.

2. La construcción social del cuerpo y del deseo.

Para comprender cómo se presenta la gordofobia en el ámbito de la sexualidad, resulta necesario partir de una concepción del cuerpo y del deseo como producciones sociales, históricas y políticas. Lejos de ser entidades naturales o universales, ambos se configuran a partir de normas, discursos y prácticas que establecen límites sobre lo visible, lo legítimo y lo deseable. En este sentido, el cuerpo no es únicamente un soporte biológico, sino un espacio simbólico sobre el que se inscriben valores morales, expectativas sociales y relaciones de poder.

Diversas autoras feministas han señalado que el cuerpo funciona como un dispositivo central de regulación social, especialmente en el caso de las mujeres. Susan Bordo (1993) contiene que los ideales corporales contemporáneos deben entenderse como formas de disciplina que promueven el autocontrol, la vigilancia constante y la internalización de la norma. La delgadez, en este marco, no se presenta sólo como un ideal estético, sino como un signo de racionalidad, voluntad y éxito moral. Así, los cuerpos que se alejan de este ideal son leídos como fallidos, desbordados o carentes de control (forma en la que se ha definido históricamente lo salvaje) quedando expuestos a la estigmatización y a la corrección. Susie Orbach (1978) profundiza esta idea al señalar que la gordura femenina ha sido históricamente construida como un problema social antes que individual. Desde su perspectiva, el rechazo al cuerpo gordo no puede separarse de los mandatos de género que exigen a las mujeres ocupar poco espacio, ser contenidas y moldear su corporalidad en función de la mirada ajena. La gordura aparece, entonces, como una forma de transgresión corporal que desafía los ideales de feminidad hegemónica, y que por ello es objeto de sanción simbólica y moral.

En estrecha relación con dicha construcción del cuerpo, el deseo sexual también se encuentra socialmente regulado. Tal como plantea Gayle Rubin (1984), la sexualidad constituye uncampo político atravesado por jerarquías que distinguen entre prácticas, cuerpos y sujetos considerados legítimos y otros relegados a los márgenes. El deseo, lejos de ser una cuestión puramente individual, se aprende y se organiza culturalmente, se nos enseña qué cuerpos son dignos de ser deseados, cuáles deben ser evitados y cuáles sólo pueden ser objeto de deseo bajo condiciones específicas, como el secretismo o la vergüenza.

Desde esta perspectiva, la noción de deseabilidad sexual resulta clave para el estudio. La deseabilidad no se distribuye de manera equitativa, sino que se construye a partir de la proximidad de los cuerpos a la norma corporal dominante. Los cuerpos delgados, jóvenes y funcionales ocupan una posición privilegiada dentro del imaginario erótico, mientras que los cuerpos gordos son sistemáticamente excluidos o desplazados a formas de deseo deslegitimadas. Esta exclusión no implica necesariamente la ausencia de deseo hacia los cuerpos gordos, sino su negación pública y su desvalorización simbólica.

La articulación entre cuerpo normativo y deseo produce efectos específicos en las experiencias subjetivas. La internalización de estos ideales conlleva a que muchas personas gordas (intensamente las mujeres) a cuestionar su propio derecho a desear y a ser deseadas. El cuerpo se convierte así en un objeto de constante autoevaluación, en el que el placer aparece condicionado por la mirada del otro y por el temor al rechazo. Como señala Sara Ahmed, las emociones como la vergüenza o la incomodidad no son solamente individuales, sino que se generan en el contacto con normas sociales que definen qué cuerpos encajan y cuáles no.

En síntesis, pensar el cuerpo y el deseo como construcciones sociales permite desnaturalizar la gordofobia y comprenderla como un fenómeno estructural que excede las elecciones personales. La norma corporal no solo organiza la apariencia, sino que regula el acceso al deseo, al placer y al reconocimiento sexual. Este marco conceptual resulta fundamental para analizar, en los apartados siguientes, cómo estas lógicas se traducen en prácticas concretas de exclusión, en experiencias sexuales atravesadas por el avergonzamiento y en vínculos afectivos construidos sobre profundas desigualdades.

3. Gordofobia; definición, genealogía y formas de violencia.

La gordofobia puede entenderse como un sistema de estigmatización, discriminación y violencia dirigido hacia los cuerpos gordos, sustentado en la construcción social de la delgadez como ideal normativo y moralmente superior. A diferencia de otras formas de discriminación corporal, la gordofobia se encuentra profundamente naturalizada, ya que suelelegitimarse a través de discursos médicos, sanitarios y morales que la describen como preocupación por el bienestar individual y público, Esta legitimación contribuye a invisibilizar su carácter estructural y a despalzar la responsabilidad de la exclusión hacia los propios sujetos estigmatizados.

Desde aportes nacidos en los fat studies, distintas autoras han hablado sobre cómo la gordofobia no puede entenderse exclusivamente como un prejuicio individual, sino como una tecnología de poder que regula los cuerpos y produce jerarquías sociales (Wann, 2009; Sagui,2013). En este sentido, el cuerpo gordo se construye como un cuerpo problemático o monstruoso, asociado a la falta de autocontrol, la irresponsabilidad y el fracaso moral. Estas representaciones no solo justifican prácticas de discriminación, sino que van desde la medicalización hasta la vigilancia cotidiana ejercida en espacios familiares, laborales y afectivos.

La genealogía de la gordofobia se inscribe en procesos históricos más amplios vinculados con el surgimiento de la modernidad, la racionalización del cuerpo y la centralidad del autocontrol como valor social. Tal como señalan Bordo y Orbach, el cuerpo delgado se convierte en un símbolo de disciplina y productividad, mientras que la gordura es leída como un exceso que amenaza el orden social. En el caso de las mujeres, esta lectura se intensifica debido a la asociación histórica entre feminidad, contención corporal y disponibilidad para la mirada ajena, lo que sitúa a la gordura femenina como una forma particularmente sancionada de desviación.

Uno de los aspectos centrales de la gordofobia es su carácter violento, aunque dicha violencia no siempre se expresa de maneras explícitas o físicas. En los aportes de Bourdieu, puede pensarse la gordofobia como una modalidad de violencia simbólica, en tanto que impone significados, clasificaciones y jerarquías que son internalizadas por los propios sujetos. Comentarios que parecieran triviales, bromas, consejos no pedidos o discursos de cuidado y preocupación por el otro funcionan como mecanismos de disciplina que refuerzan la norma corporal y producen efectos subjetivos profundos.

Esta violencia simbólica se ve reforzada por su legitimación cultural. A diferencia de otras formas de discriminación, la estigmatización de los cuerpos gordos suele ser socialmente aceptada e incluso celebrada, en tanto se la presenta como un acto de responsabilidad individual o de cuidado. Como señala Sagui (2013), la patologización del cuerpo gordo permite justificar prácticas de exclusión y de control bajo el paraguas de la ciencia, despolitizando el fenómeno y dificultando su cuestionamiento. De igual forma, la gordofobia opera de manera transversal en diferentes ámbitos de la vida social, pero adquiere particular relevancia en el terreno de la sexualidad y de los vínculos íntimos. En los espacios señalados, la violencia no se manifiesta únicamente en forma de rechazo explícito, sino también a través de la deslegitimación del deseo, la humillación y la imposición de condiciones para el reconocimiento afectivo y sexual. Como refieren diferentes autoras, una mayoría de las mujeres gordas experimentan formas de abuso que no siempre son identificadas como tales, dado que se encuentran normalizadas por una cultura que habilita la crítica constante a dicho cuerpo.

Por ello, la gordofobia debe leerse como un fenómeno estructural que da lugar a discursos médicos, morales y culturales que tratan de generar cuerpos legítimos y cuerpos desviados. Su carácter naturalizante y su legitimidad social la convierten en una forma con una eficacia particular de violencia, cuyos efectos se extienden más allá de la apariencia corporal y atraviesan profundamente la sexualidad, el deseo y las relaciones afectivas. Este marco resulta fundamental para analizar cómo la gordofobia se traduce en prácticas concretas de exclusión y regulación en los ámbitos de intimidad y placer.

4. Deseo, exclusión y jerarquías corporales en la sexualidad

La sexualidad constituye uno de los espacios en los que la norma corporal opera con mayor fuerza, generando jerarquías que delimitan quiénes son reconocidos como sujetos legítimos de deseo y bajo qué condiciones. En este sentido, la grodofobia no solo excluye a los cuerpos gordos de los ideales estéticos dominantes, sino que los sitúa en una posición marginal dentro del orden erótico-social. El deseo se organiza a partir de sistemas de valor que distingue entre prácticas y cuerpos aceptables y otros considerados desviados, enfermos, abyectos o indeseables. Los cuerpos gordos suelen ocupar este último escalón.

La exclusión sexual de los cuerpos gordos no debe entenderse en ningún caso como una ausencia total de deseo hacia ellos, sino como una deslegitimación social del deseo que los tiene como objetos. En una amplia cantidad de casos, el deseo hacia estos cuerpos rechazados existe, pero se configura como un deseo que no debe compartirse, que no puede hacerse público, que no se habla y que debe provocar vergüenza. Esta dinámica produce una distinción clave entre el deseo privado y el deseo públicamente reconocido, mientras que algunos cuerpos pueden y deben ser deseados y exhibidos socialmente, otros solo son disfrutados en la intimidad, el secreto o la negación.

Esta forma de exclusión se manifiesta de forma muy clara en las experiencias de los cuerpos gordos femeninos, los cuales son construidos como “no elegibles” dentro del imaginario romántico dominante. La elección de pareja, muy lejos de ser una simple práctica individual, es atravesada por expectativas sociales sobre el estatus corporal, en el que el cuerpo delgado se entiende como capital simbólico. En dicho contexto, el cuerpo gordo aparece como un obstáculo para el reconocimiento afectivo y sexual, reforzando la idea de que ciertas corporalidades no merecen ser deseados de manera visible y legítima.

Otra de las formas en las que la gordofobia se refleja en el deseo es a través de la fetichización. Cuando los cuerpos gordos son deseados (al igual que otras corporalidades excluidas como las negras, trans,...) con frecuencia ese deseo nace desde lógicas que los señalan como meros objetos sexuales, eliminando su agencia y complejidad. Este deseo no cuestiona la norma corporal, sino que la reafirma, ya que construye al cuerpo gordo como una excepción, una curiosidad o una fantasía privada que no puede ocupar un lugar legítimo en el espacio público. La fetichización no construye una forma de inclusión, sino que reproduce relaciones de poder profundamente asimétricas, en las que el deseo se ejerce sin el reconocimiento pleno del otro como sujeto completo.

De esta forma, las jerarquías de deseabilidad producen efectos subjetivos que impactan directamente en la vivencia de la sexualidad. La constante exposición a discursos que niegan la deseabilidad de los cuerpos gordos favorece distintos procesos de internalización de la norma, que llevan a muchos individuos a cuestionar su propio derecho al deseo. El deseo propio aparece por tanto como algo ilegítimo, excesivo e inapropiado, naciendo dinámicas de autocensura y silenciamiento. Como señalaban Bordo y Ahmed, la vergüenza corporal opera como una emoción social que disciplina el deseo, limitando la posibilidad de habitar el cuerpo desde el placer y la afirmación.

La producción social de la deseabilidad también incide en la forma en que se construyen las expectativas dentro de los vínculos sexoafectivos. Las personas gordas, por ejemplo, pueden caer en relaciones marcadas por la desigualdad, el secreto o la falta de reconocimiento en tanto que la norma corporal restringe sus posibilidades de elección o de decisión. De esta manera, la exclusión erótica no solo afecta al acceso al deseo, sino que configura relaciones atravesadas por asimetrías de poder que refuerzan la subordinación corporal.

Por ello, la gordofobia en la sexualidad no es reducible a la atracción física, sino que organiza un sistema de jerarquías de los cuerpos que define quienes pueden ser deseados, como y bajo qué condiciones. Estas jerarquías, muy marcadas por el género, reproducen un orden erótico que premia la delgadez como sinónimo de valor sexual y desplaza a los cuerpos gordos hacialos márgenes del deseo legítimo. Comprender estas dinámicas resulta fundamental para analizar cómo la exclusión simbólica se lee en prácticas sexuales específicas y en experiencias corporales atravesadas por emociones negativas o no esperadas.

5. Prácticas sexuales, vergüenza corporal y regulación del placer.

Las jerarquías corporales que estructuras la deseabilidad no solo operan en el plano simbólico del deseo, sino que se materializan de manera especófcia en prácticas sexuales y en la forma en que los cuerpos sion vividos en el ámbito erótico. En el caso de las personas gordas, la sexualidad se encuentra frecuentemente atravesada por la vergüenza entre otros factores ya mencionados que limitan el acceso al placer. De dicha forma, el cuerpo deja de ser un territorio de exploración y disfrute para convertirse en un objeto permanentemente observado y evaluado.

La vergüenza corporal constituye una de las emociones centrales en la experiencia sexual de los cuerpos monstruosos. En la teorización de Goffman del 1963, encontramos que el estigma no sólo opera a través de la mirada externa, sino que se internaliza hasta producir una relación sesgada con el propio cuerpo. Durante los encuentros sexuales, esta internalización se traduce como una atención constante a como el cuerpo se ve, se mueve o es percibido por quien o quienes comparten esa intimidad, desplazando el foco del disfrute a la auto observación . El surgimiento de la vergüenza en los fat studies se sitúa en el contacto con las normas sociales que definen y jerarquizan a los cuerpos, generando una sensación de desajuste en aquellos que ocupan escalones no deseables. Esta experiencia de vergüenza se ve traducida como estrategias de gestión corporal, que no responden casi nunca a preferencias prácticas personales, sino que se explican cómo respuestas situadas a contextos sociales que penalizan la visibilidad de dichos cuerpos. De esta forma, la disciplina de los cuerpos hace acto de presencia incluso en los ámbitos más íntimos y privados, respondiendo a lógicas de control que se enfrentan el la vida cotidiana.

Por ello, este tipo de exclusión índice en la percepción de legitimidad del propio placer. En una cultura que asocia el cuerpo gordo con el exceso y la falta de control, el disfrute sexual puede vivirse como algo indebido o inmerecido. Esta lógica refuerza la idea de que ciertos cuerpos no sólo no deben ser deseados, sino que tampoco tienen derecho a gozar plenamente. El control del cuerpo femenino se extiende más allá de la apariencia regulando también el acceso al placer y al deseo propio. Estas dinámicas producen efectos duraderos en la construcción de la subjetividad sexual. La repetición de experiencias marcada por la censuraexterna y propia contribuye a la consolidación de una relación conflictiva con el cuerpo, en la que el placer aparece siempre bajo sospecha. Lejos de tratarse de vivencias individuales desconectadas, estas experiencias deben entenderse como el resultado de un orden social que regula cuerpos y sexualidad a través de las normas corporales estrictas.

La gordofobia en las prácticas sexuales opera como un dispositivo de regulación del placer que limita la posibilidad de habitar el cuerpo desde el deseo y la afirmación. Al atravesar la experiencia sexual con vergüenza, control y miedo al rechazo, la norma corporal reproduce desigualdades profundas en el acceso al goce y al reconocimiento sexual. Este análisis resulta fundamental para comprender cómo dichas lógicas se extienden a los vínculos afectivos y a las relaciones íntimas, configurando dinámicas de poder que exceden el momento del encuentro sexual.

6. Género e interseccionalidad, experiencias situadas

El rechazo al cuerpo gordo no opera de manera homogénea ni produce los mismos efectos en todos los cuerpos. Por el contrario, sus manifestaciones y consecuencias se encuentran profundamente atravesadas por el género y por otros ejes de desigualdad estructural, como la clase social, la racialización, la edad y la orientación sexual. Desde una perspectiva interseccional, resulta fundamental analizar cómo estas dimensiones se entrelazan, dando lugar a experiencias situadas de exclusión y regulación corporal que no pueden comprenderse de forma aislada.

En el caso de las mujeres, la gordofobia adquiere una intensidad particular debido a los mandatos de género que asocian el valor social y sexual femenino con la apariencia corporal. El cuerpo de las mujeres ha sido históricamente construido como un objeto para la mirada ajena sometido a exigencias de control, disciplina y contención. En este contexto, la delgadez funciona como requisito fundamental de feminidad legítima, mientras que la gordura se interpreta como un fallo moral y estético que hace a las mujeres indeseables. Esta clasificación tiene efectos directos en la vivencia de la sexualidad y en el acceso a vínculos sexo afectivos reconocidos socialmente. Las mujeres gordas son con frecuencia representadas como asexuadas, excesivas o carentes de autocontrol, lo que limita su posibilidad de ser reconocidas como sujetas de deseo y de placer. A diferencia de los varones (en las lógicas heterosexuales principalmente) cuya deseabilidad suele apoyarse en atributos como estatus económico, poder o autoridad, las mujeres siguen siendo evaluadas a través de la adecuacióna los ideales estéticos restrictivos. De dicho modo, la gordofobia refuerza desigualdades de género preexistentes, intensificando el control sobre el cuerpo femenino.

Desde una perspectiva interseccional, estas dinámicas se complejizan al cruzarse con la clase social. Los cuerpos grossos de mujeres de sectores populares suelen ser más duramente estigmatizados, al asociarse con imaginarios de descuido, de ignorancia o falta de responsabilidad individual. Estas lecturas refuerzan narrativas meritocráticas que responsabilizan a los sujetos de su corporalidad, invisibilizando las condiciones materiales, culturales y estructurales que atraviesan la producción del cuerpo. Así, la gordura no solo marca una diferencia corporal, sino que funciona como un signo de desigualdad social.

La racialización del cuerpo introduce también lecturas específicas sobre la gordura y la sexualidad. Autores como hooks han señalado que los cuerpos no blancos han sido históricamente construidos como excesivos, desbordados o hipersexualizados, produciendo una tensión entre exotización y desvalorización. En este sentido, la experiencia de la gordofobia en la sexualidad no puede desvincularse de procesos históricos de racialización que asignan significados diferencias al cuerpo según su pertenencia racial o étnica.

Por último, en el ámbito de las sexualidades disidentes, la gordofobia adopta formas ambivalentes. Si bien algunos espacios no heteronormativos han cuestionado con más frecuencia los ideales hegemónicos, persisten jerarquías internas que privilegian a los cuerpos jóvenes, delgados y atractivos en base a la norma. Tal como señalan distintos estudios de los fat studies y de la antropología del cuerpo, la ruptura con dicha norma no implica necesariamente una ruptura con la norma corporal. De esta forma, incluso en aquellos espacios que se señalan como alternativos e inclusivos, los cuerpos grados y disidentes en general siguen ocupando posiciones marginales dentro del erotismo.

El análisis interseccional permite comprender que la gordofobia en la sexualidad no constituye una experiencia única ni homogénea, sino un fenómeno relacional que se configura en la intersección de varios ejes de poder. Reconocer estas diferencias resulta clave para evitar lecturas simplificadas y para dar cuenta de la complejidad de las experiencias corporales y sexuales atravesadas por la exclusión. Este enfoque sienta las bases para analizar, en el apartado siguiente, cómo estas desigualdades se traducen en dinámicas concretas dentro de los vínculos afectivos y las relaciones íntimas.

7. Intimidad, vínculos afectivos y relaciones de poder.

Las dinámicas de exclusión y regulación corporal que atraviesan la sexualidad no se limitan al momento del encuentro erótico, sino que se extienden a la conformación de los vínculos afectivos y a las relaciones íntimas de ,amera más amplia. La gordofobia, en este sentido, estructura no sólo quienes son considerados deseables sexualmente, sino también quiénes resultan socialmente elegibles como parejas legítimas. De este modo, el cuerpo funciona como un criterio de valoración que condiciona el acceso al amor, al reconocimiento y a la estabilidad afectiva.

Desde las ciencias sociales, los vínculos afectivos no pueden entenderse como espacios ajenos o neutrales al poder. Las relaciones de intimidad se encuentran profundamente atravesadas por lógicas sociales que organizan el deseo, la elección de pareja y las expectativas sobre el amor. En este marco, la norma corporal opera como un capital simbólico que influye en las posibilidades de negociación dentro de la relación. Las mujeres gordas, al ocupar una posición desvalorizada en el mercado sexo-afectivo, pueden enfrentar mayores dificultades para establecer vínculos caracterizados por la reciprocidad y el reconocimiento publico.

Una de las manifestaciones más claras de estas desigualdades es la tendencia a la privatización del vínculo. Podemos encontrar muy distintos relatos de sujetas que viven experiencias relacionales que se mantienen en la intimidad, en las que el deseo existe en el ámbito más privado pero no se traduce como en reconocimiento social. Esta separación entre lo privado y lo público reproduce jerarquías de valor corporal, en las que ciertos cuerpos pueden ser deseados pero no exhibido. Lejos de tratarse de elecciones individuales estas dinámicas responden a una estructura social que penaliza la visibilidad del cuerpo gordo en el espacio afectivo. Por dinámicas como las de este ejemplo, la gordofobia favorece a relaciones marcadas por posiciones asimétricas en las que uno de los individuos aparece condicionado o negociado. Las mujeres gordas aparecen también como sujetos aún más vulnerables a situaciones de abuso verbal y físico en el marco relacional,que se manifiesta a través de críticas, intentos de control y discursos que refuerzan la idea de que deben agradecer el ser deseadas aunque sea en condiciones que no son de su agrado (en casos, ni siquiera consentidas). Estas prácticas, extendidas y naturalizadas, refuerzan la subordinación corporal y emocional.

La normalización de la crítica al cuerpo contribuye a que estas formas de violencia no se señalen como tal y además sean aceptables. En este sentido, a través de los discursos decuidado y preocupación, la gordofobia actúa como un recurso de poder en las relaciones, legitimando dinámicas dañinas para la autonomía y el bienestar.

Además, la internalización de la norma corporal puede incidir en la forma en que las personas gordas se posicionan dentro de los vínculos. El temor al abandono, al rechazo o a no ser suficiente lleva a tolerar relaciones de abuso y no equitativas. De este modo, la desigualdad corporal se traduce en desigualdad relacional, en los que el afecto y el cuidado están atravesados por la adecuación a la norma.

Analizar la intimidad desde este eje permite comprender que lo sexoafectivo no está exento de las lógicas de exclusión corporal de la sociedad, sino que las reproducen de maneras específicas. Toda esta información, nos sitúa en el punto para plantear posibilidades de resistencia y reapropiación del deseo frente a la norma.

8. Resistencias, reapropiaciones y disputas del deseo.

Frente a la fuerza normativa de la gordofobia en la sexualidad, han emergido diversas formas de resistencia que buscan cuestionar las jerarquías corporales y disputar los sentidos dominantes del deseo. Estas resistencias no se limitan a la denuncia de la discrimininación, sino que implican procesos de reapropiación del cuerpo, del placer y de la sexualidad como espacios legítimos de existencia. En este marco, el activismo gordo y los aportes de los fat studies han desempeñado un papel central en la politización de la experiencia corporal.

Uno de los ejes fundamentales de estas resistencias es la desnaturalización de la norma corporal. Autoras como Wann y Cooper han señalado la necesidad de cuestionar la asociación entre delgadez, salud y valor moral, visibilizando el carácter histórico y socialmente construido de estos vínculos. Desde esta perspectiva, afirmar la legitimidad del cuerpo gordo no implica negar las experiencias de dolor o exclusión, sino resistir a la patologización sistemática que justifica la violencia simbólica y material.

En el campo de la sexualidad, estas disputas se expresan en la reivindicación del derecho al deseo y al placer de los cuerpos gordos. La producción de narrativas alternativas a través de los espacios de activismo ha permitido visibilizar experiencias sexuales que desafían el imaginario normativo, presentando el cuerpo gordo como un cuerpo deseante, deseable y de disfrute. Estas prácticas no solo amplían los márgenes de lo erótico sino que cuestionan la idea de que la deseabilidad se debe ajustar a un único modelo corporal.

Aún así, estas formas de resistencia se enfrentan a tensiones y límites. Discursos como el body positive, aunque hayan contribuido a la representación de distintas corporalidades, hancaído en lógicas individualizantes y neoliberales que hablan de autoaceptación sin centrarse en la base estructural del conflicto. La celebración del cuerpo puede ser insuficiente si no es acompañada de crítica a las relaciones de poder que regulan el reconocimiento.

Además, la reapropiación del deseo no implica un proceso lineal ni exento de dificultades. La norma ya interiorizada y las experiencias reiteradas respecto al cuerpo dificultan el habitar el cuerpo desde la aceptación plena. Por ello, la resistencia debe entenderse como un proceso situado, colectivo y en contraste construcción, más que como una superación individual de la insatisfacción aprendida.

Todo ello hace que las disputas respecto al cuerpo y la sexualidad pongan en evidencia que el deseo no es un terreno neutro, sino que es un espacio muy politizado. Reivindicar el derecho al disfrute de estos cuerpos implica el cuestionamiento de jerarquías sociales y el abrir las posibilidades de imaginar intimidades más inclusivas. Estas resistencias no solo transforman la vivencia personal sino que desafían al orden social que define los cuerpos deseables y reconocidos.

9. Conclusiones

Hemos analizado la gordofobia como un fenómeno estructural que atraviesa de manera profunda la sexualidad, el deseo y los vínculos afectivos. Mucho menos que una cuestión de preferencias y gustos personales, la exclusión y normativa que reciben estos cuerpos en el ámbito más privado responde al conjunto de normas sociales que jerarquizan las corporalidades y regulan el placer según qué tan lejos o cerca se esté de la norma. Desde esta perspectiva, la sexualidad aparece como un espacio privilegiado para observar cómo opera el poder sobre los cuerpos.

El análisis del cuerpo y del deseo como construcciones sociales permite desnaturalizar la centralidad de la delgadez como ideal ético y moral, evidenciando su función disciplinar. La gordofobia se configura así como una forma específica de violencia simbólica, legitimada por discursos médicos, culturales y morales que responsabilizan a los sujetos por su corporalidad y por las desigualdades estructurales que la producen. Dichos mecanismos no excluye sólo a los cuerpos gordos del ideal de belleza, sino que los relegan a posiciones marginales dentro del orden sexual, incluyendo la posibilidad de ser deseados pública y legítimamente.

También se demuestra que estas jerarquías de deseabilidad se traducen en prácticas sexuales disidentes. La experiencia sexual de las personas gordas se encuentra condicionada por el discurso aprendido y recibido acerca de la normatividad, que limita la exploración y vivenciadel deseo y convierte al cuerpo en un objeto de vigilancia constante. Dichas dinámicas se extienden a los vínculos afectivos, en los que la gordofobia es un eje de desigualdad profundo y que tiene por resultado la violencia simbólica y en muchos casos la explícita.

Respecto a lo interseccional, analizamos como esta discriminación no opera de una única manera ni tiene los mismos efectos en todos los casos, sino que se entrelaza con ejes como el género, la clase, la racialización y la identidad (entre otros) generando distintas formas de opresión para cada sujeto. Reconocer esta interseccionalidad es esencial para evitar las lecturas simplistas y para poder comprender la diversidad de experiencias que conforman la vivencia de la sexualidad.

Junto a todo ello, hablamos de las diferentes formas de resistencia y reapropiación que han nacido desde este ámbito.

Pensar así la gordofobia desde la sexualidad, implica politizar el cuerpo y el deseo, reconociendo que el acceso al amor y al placer está condicionado por la adecuación social a las normas corporales y a la heteronormatividad. De este modo, el ensayo no busca simplemente explicar esta forma de discriminación , sino que tratamos de entender cómo influyen, los por qués, en qué espacios y aportar algunas pequeñas ideas de como aplicar esto en el día a día, y de esta manera disputar los sentidos dominantes sobre el cuerpo, la sexualidad y la identidad de las personas gordas.

Sara Hernández

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