COLONIZACIÓN DEL DESEO
Me resistí. Mucho. Creí que iba a poder resistir por siempre. Así pasa con
muchas cosas. Son pequeñas banderas que sostenemos por dentro, como una
luz. Hasta que algo nos quiebra. Y nos quiebra casi sin darnos cuenta. Ya no hay
momentos de “la decisión”, ahora todo es difuso, como el vaivén del mar. Lo que
nos quiebra, nos quiebra siempre con la voluntad a cabeza; “porque justo ese
día”, porque para algunas cosas no es tan malo; porque tuvimos que investigar,
probar, desmenuzar. En fin, conocerlo tal como si pudiéramos descifrarlo antes
de que nos descifre. No se podía decir que no porque no. A veces le pregunto
qué piensa de lo que pienso.
Le dije a mi hermana un día, que usarlo era algo así como “venderle su
voluntad a una lógica que no era humana”, y es verdad, ya no hay tanto de lo
humano mucho más que de lo tecnológico en cómo vivimos los que estamos
obligados a vivir acelerados, los que estamos, simplemente. Una versión
mejorada, cerrada sobre sí, “el hombre máquina” y ”la máquina”.
Recuerdo que había un acuerdo tácito en que no había que dejarla entrar.
Aunque sabíamos que iba a entrar. Ya para cuando había problematizado sobre
sesgos lingüísticos, políticos y de valoraciones culturales tendenciosas, de
pseudo censura (una censura no-censura), no importaba. Levanté la cabeza y mi
amiga, que no podía pagar un psicólogo, intentaba desatar los nudos frente a La
máquina. Mi hermana, que se había operado y no podía pagarse algunos
estudios, se aliviaba por unas horas habiéndole confiado sus síntomas a la
inteligencia artificial, mientras seguía su vida a los atropellos. No es sólo la
brecha social en no poder considerar una ayuda que tenga un rostro ¿Qué pasa
ahora con nuestras figuraciones del placer y del deseo? ¿Cómo interviene en ello
una cultura entretejida con los caminos que va marcando la tecnología? Siempre
pensé que, sobre todo en la adolescencia, la sociabilización y la recreación se
ven cada vez más atravesadas por el capitalismo, por las posibilidades que tenga
cada uno de pagar por una u otra de las actividades del momento, de acceder a
las prácticas y los espacios. No construimos alternativas colectivas. Ahora eso ya
no nos importa. Fabricamos androides y algoritmos como compañía perpetua de
lo humano. Como parte de un aislamiento difuso. Funcional. Un balde de agua
sobre una casa que se incendia. El escape del entretenimiento virtual, la
realización virtual, la búsqueda virtual; una realidad roída por simulaciones. El
lento abandono de la re-actuación humana sobre el mundo.
La automatización masiva es barata, es eficiente, logra venir con el impulso
suficiente para llevarnos a todos como una ola.
Yo me resisto a la colonización del deseo. Distracción del deseo. Colonización
algorítmica de los deseos sociales, como una habituación silenciosa vestida de
practicidad.
Las respuestas son cada vez más digeribles, más rápidas, más planas, más
parecidas ¿Las nuestras o las de ella? En la interacción con la inteligencia
artificial, abandonamos la densidad más profunda de la realidad humana, el chat
no se comunica, informa. La noción de comunicación deriva de la raíz latina
communis, la misma raíz de comunidad, de comunión; tiene que ver con algo
que se comparte, que se tiene o se vive en común. En la comunicación, y la
palabra, es dónde se encierra nuestra capacidad de simbolización. Nuestra
cosmovisión del mundo. La información dirigida por un interjuego entre la
técnica, la electrónica y alguna regulación de sus empresas propietarias no
deberían camuflarse nunca de otra cosa.
La paranoia logrará susurrarnos que es el refinamiento íntimo del mercado.
Que la inteligencia artificial vino para potenciar esa entrega de datos sin pudor,
que ya hacíamos. Que hace un extractivismo humano. Pero no logrará que
elijamos abandonarla. Hay algo en la colonización del tiempo, del ritmo, de la
presión que ejerce el agarre, que ya no lo permite.
El peso de nuestras vidas se vuelve cada vez más liviano. Más fácil de
arrastrar. Algo en la vida colectiva deja de hacer pie. Lo más profundo de
nosotros lo construimos en unión con las formas en que construimos nuestra
noción del tiempo, del espacio, del sentido. Si todo se vuelve inmaterial,
deslocalizado, ajeno, automatizado, nosotros nos asemejamos.
Pero rehabitar el mundo, volver de nuestro destierro del espacio físico, de una
vida profunda, material, sustanciosa, tiene que ver esencialmente con recuperar
el deseo. Su reconquista exige preguntarnos, mirarnos, encontrarnos,
comprendernos. En el hambre, en la oscuridad, en la torpeza. El ardor del deseo,
condición vital de la humanidad, puede mantenerse anestesiado, pero no
ahogarse. No podemos dejar de preguntarnos, dónde nace el deseo, hacia dónde
se dirige. Si aún, y cuáles son, las grandes transformaciones que anhelamos.
Un nuevo hombre sueña con llegar a Marte, sin haber sido humano sobre
la tierra. El desarrollo tecnológico estalla, ensordece, se presenta con grandes
hazañas, pero no promete nada en cuánto a una elevación de la condición
humana.
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Ludmila
Escribo la vida para que haya algún testigo. Escribo todo para ahuyentar la nada. Para saber perder. Escribo para hacer suave la catarsis del alma. Escribo.
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