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Colibrí, para Sofía número tres.

Mar 16, 2026

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¿Sería que alguna vez habia amanecido a su lado? La pregunta me pesaba más que la mirada del palacio. Y no era una pregunta cualquiera. Será que alguna vez había amanecido nuevamente? Cómo se genera la incertidumbre si aquella que estaba sentada leyendo había o no respirado a mi lado, el mismo aire, la impureza impensable de respirar lo exhalado por el otro sin siquiera dudarlo. ¿Alguna vez hubiese podido no reconocerte? Algo me heló el pecho, me aterró por dentro, me fue congelando de a poco hasta tocar un corazón desconectado. Acaso podria haberme vuelto tan desconsiderado? O como Agustina estaba dispuesto a pagar sin pena ni gloria, a engatuzarme con la estafa y acusación de mi melancolía. A entibiarme entre la bruma, entre lo paralizado del tiempo y la gente de las mesas que pareció hipnotizarse.

- En diez páginas vuelvo. - contestó sin mucho más detalle. Envuelta en la falta de respuesta y precisión que algún día me habría encantado.

- Cuánto son diez páginas? - Juan hizo la pregunta que hubiese querido hacer.

- Quién sabe... Pero va a venir, eso no hay duda.

Aura de misterio, de pantano con bruma, de cementerio y luz de luna y todos aquellos clichés que le favorecían lo suficiente al palacio. Erguido por sobre las casas del pueblo, mirando altanero entre turnos de visita guiada y, sin embargo, también mirando sospechoso a puertas cerradas pasadas las seis de la tarde, donde se impedía el paso a las visitas.

Entré bajo su mirada de perfil a la panadería de la esquina donde Agustina quiso comprar medialunas. «¿$1.800 cada una? Están locos, nos vamos, Agus». Me sobrepuse a su habla porque no quería detenerme en esas muecas raras, en esa carencia de cadencia de oraciones subordinando estupideces, justificando la retirada para no ser estafados. ¡Qué belleza de Agustina cuando no sabe negarse sintiendo que hace un mal! ¡Qué crueldad estafarla! Entonces la tomé del brazo para que cesara el habla; en algún punto, la mano que le sobraba volviéndose hasta la mía me lo agradeció.

Y fue ahí, en aquel preciso instante, de refilón y casi con descuido en cuanto emprendimos la retirada, que una figura me resultó algo conocida. Como si ya la hubiese visto antes, como una obra de algún museo que no recuerdo cómo se llama ni a quién pertenece. Y habrá durado lo mínimo, el giro de la cabeza que no te deja ver al colibrí en las rosas de la plaza y que, a la vez, te deja ver la estela, lo que queda del revoloteo de las alas descuidadas. Algo así, imperceptible y recordable conviviendo; algo molestos, incompatibles, insoportables.

Agustina había ya encarado a la salida con fervor, con la vergüenza de no haber comprado, arrastrándome como si fuésemos culpables huyendo del delito mientras me arrastraba hacia la calle. Abrió la puerta, la soltó dejando que el retumbar de los vidrios captase todas las miradas. De frente, el palacio cerró una ventana a las 18:01.

PibedeVictoria

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