Yo le pertenezco al coraje,
recuerdo el día en el que mi padre ya no me llamo cobarde,
me vendaba los brazos y él lloraba,
fue la primera vez que observé a un hombre llorar,
y yo dejé de ser un cobarde,
me incliné ante sus lágrimas,
me confesé,
me quitaron el pecado súbito,
y volví a nacer entre sus brazos,
ya no soy un cobarde.
A mí no me vengas con estupideces,
que te besaste a mi ex en la peda del finde,
y que ahora lloras culpable de lo que ya hiciste,
no seas un cobarde,
no trates de enmendarlo,
ni trates de sanarlo,
estaba roto en la carretera,
y ya tampoco existía,
le sangraba la nariz del putazo que le metías,
en nombre de todos los que ya usó,
y seguirá usando.
Pero estás tan vacío,
que me recuerdas mucho a él,
frágil,
voraz,
y cobarde,
conscientes del daño que hicieron,
de lo que no se toca y destruyeron,
del sabor amargo del alcohol entre sus labios,
justificado por cobardes, violentos y pendejos.
Ahora dime si valió la pena,
si escuchaste los vidrios rotos incrustándose entre tu alma,
si te arrepientes de este pecado súbito,
o si lo extrañabas,
si aquel beso te gustó porque yo le enseñé a besar,
si piensas que ya no te va a usar,
y dime si te sentiste valiente,
porque yo te sigo viendo hecho cobarde.
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