La clemátide se enreda con timidez en la hiedra certera, como si temiera herirse al aferrarse. Así te pienso. Una flor roja, ardiente, imposible de fijar en un solo gesto. Cambiante como una llama al viento, intensa, audaz, siempre al borde de consumirse y volver a nacer. Hay días en que me pregunto si alguna vez aprendí a mirarte sin quemarme los ojos.
Si coloco mi pupila dentro de la tuya, aunque sea a través de una fotografía vieja o una postal desteñida, no encuentro más que tristeza. Un remordimiento espeso que me muerde el pecho. La certeza de que me congelaste sin proponértelo, de que te llevaste el verano de mis manos y dejaste escarcha donde antes latía la sangre. Nunca te creí capaz de tanto silencio. Nunca pensé que podrías irte así, con una suavidad que hiere más que cualquier grito.
Oh, querida mía, cómo anhelo tu voz. No es un río manso ni un manantial apacible. Es un torrente feroz que se iguala al mío. Dos corrientes chocando sin pedir permiso. No eres cristalina, traes piedras, traes sedimentos, traes historias que pesan. Pero acaso yo no también. Acaso no te quise por eso mismo, por ese caos hermoso que arrasaba conmigo y luego me dejaba temblando en la orilla, agradecida de seguir viva.
Hey, tú. No es que me mates cada día. No lo haces. Tu herida ha cicatrizado aquí, en el corazón, aquí, en mi pecho. No me dueles como antes. El dolor que provocas ahora es distinto, aparece solo cuando surco con mis dedos la evidencia de que pasaste por aquí. Una cicatriz invisible, una huella tibia, como una marca en la arena que el mar todavía no borra del todo.
El mundo me sostiene como si yo fuera a devorarlo. Me miran expectantes, aguardando a que abra la boca para convertirme en ambrosía, para repartir palabras como pan caliente. Tú también podrías hacerlo, lo sabes. Y no, no me quejo de que tengas tanto potencial. Lo supe desde el primer día en que te vi. Desde ese instante supe que estabas hecha para tocar el cielo con las manos. Siempre quise verte alzar vuelo, amiga mía, incluso cuando eso significara alejarte de mí.
Recuerdo cómo estabas tan cosida a mi existencia. No podía pasar ni unas horas sin oír tu voz. Era como respirar. Recuerdo tu risa extravagante, esa que estallaba sin permiso y hacía voltear a todos. Recuerdo exactamente las líneas que se dibujan en la comisura de tus labios cuando pones esa expresión absurda ante lo que digo, como si el mundo fuera un chiste privado que solo tú y yo entendíamos.
Recuerdo el momento preciso en que tu familia te rompió el corazón. Cómo te dejaron con una herida abierta que cargaste como un amuleto triste. Recuerdo haberte dicho que podías recostarla en mí, que yo sería almohada, refugio, noche tibia. Que te permutaría por el tiempo, por el cansancio, por todo lo que doliera. Que podías quedarte, que no había prisa por sanar.
Y aquí estoy ahora, hablándote desde la distancia, desde un lugar donde tu nombre todavía pesa. No te escribo para que vuelvas. Te escribo porque sigues viva en mis palabras. Porque aún floreces en mis recuerdos como una clemátide rebelde, enredándote en todo lo que tocas. Porque aunque ya no estés, sigo encontrándote en el eco de mi propia voz.
Creo que hay una parte de mí, la más humana, la más traidora, la que aún te grita en mitad de la noche con una vergüenza que ya no me pertenece, que admitirá siempre, sin reservas, que mi alma irá llorando y velando por ti. Como una vela encendida junto a un río oscuro, persistente, cada vez que tu memoria regrese y me toque con su agua fría. No importa cuántos años pasen, no importa cuántas voces nuevas aprendan mi nombre, siempre habrá en mí un rincón donde tu ausencia se siente como un rezo inconcluso.
Recordaré la fiereza de tu tacto, la manera en que tus manos no temblaban al tocar mis grietas, como si supieras exactamente dónde dolía y no te asustara la herida abierta. Recordaré esa seguridad extraña de ser suave y vulnerable, porque sabía que al caer la noche, al final de todo día derrotado, te tendría frente a mí. Me esperaba tu presencia como una promesa cumplida. Qué me importaba la decepción de un hombre, el frío pasajero de un amor equivocado, si tú estabas allí, con tus dedos expertos y tu silencio que no juzgaba, para atender las ruinas de mi mísero corazón. Tú, comadrona de mis catástrofes, partera de mis lágrimas, testigo fiel de mis derrumbes más íntimos.
Te quiero. Te quiero con una ternura que duele en los huesos, que se instala en la médula como una enfermedad hermosa. Y extraño, de un modo físico y devastador, la capacidad de tus manos para enredarse en las mías, ese enredo vegetal, de enredaderas buscando el mismo muro para sostenerse. Busco tu diccionario en otros cuerpos, en otras voces, y no lo encuentro. Nadie habla como tú hablabas. Tu idioma estaba hecho de señales mínimas, de gestos imperceptibles, de miradas que atravesaban la niebla como cuchillos de luz. Tu lenguaje no tenía traducción, era un pacto secreto que solo nosotras entendíamos.
Te extraño incluso en el exilio. Aunque esa palabra nunca existió mientras estabas a mi lado. Porque la llama de nuestra amistad, alta, roja, devoradora, era capaz de hacerme olvidar que alguien, en algún lugar, me había desterrado. Yo protegía ese fuego. Lo alimentaba con leña seca y con mis secretos más amargos. Soplando con cuidado para que no se apagara, vigilando que nadie se acercara a profanarlo. ¿Tú también lo protegiste? Estoy segura de que sí. Lo sé en el fondo del pecho. Pero tu mente es un animal veloz que te gana la partida. Tu boca habla antes de que el pensamiento termine de formarse, y dictas sentencias sin verificar si los acusados están realmente en el banquillo. Yo lo sé. Siempre lo supe. Y a diferencia de los demás, yo sé que nunca lo hiciste con la intención de desangrar mi corazón. Nunca. Tu violencia era la del relámpago, no la del cuchillo paciente. Brillabas, herías sin querer, y luego te ibas, dejando olor a tormenta.
Y aún no comprendo. No entiendo cómo, siendo tan amada, tan valorada, tan vista en tu totalidad, con tus luces y tus piedras, con tus sombras y tus risas estridentes, siendo deseada en la mundanidad más simple, la de vivir contigo en un pequeño apartamento donde no hiciera falta amarnos de otra manera, decidiste marcharte. Porque yo te amaba, sí. Con el amor más platónico y a la vez más terrenal que se puede profesar a una hermana elegida. No quería plantar un beso en tus labios. Quería dormirme en tu regazo, pesada y confiada, como una niña cansada. Quería que me susurraras, con tu voz de torrente calmado, que nada malo pasaba, que nada malo podría pasarnos, mientras el mundo entero se desmoronaba afuera y nuestra isla de dos permanecía intacta, a salvo, ardiendo en su propio y modesto fulgor.
Todavía imagino esa escena. Nosotras dos en una habitación pequeña, con las ventanas cerradas al ruido del mundo. Un refugio hecho de tazas de café, de libros subrayados, de silencios cómodos. Afuera la guerra cotidiana, adentro la tregua. Yo respirando tu presencia como si fuera oxígeno. Tú sosteniendo mis miedos como quien sostiene un pájaro herido. Éramos invencibles en nuestra fragilidad compartida.
Te nombro en voz baja para no asustar a mis recuerdos. Te nombro como quien toca un vidrio empañado buscando la forma de una mano que ya no está. Y aunque ya no regreses, aunque no vuelvas a enredar tus dedos en los míos, mi alma seguirá velando por ti. Como una vela junto al río.
Ya no somos niñas. Y no es metáfora. Es una verdad que pesa en los huesos. El tiempo nos ha desdoblado como un espejo quebrado y ahora nos miramos con rostros tallados por años distintos, por derrotas distintas, por alegrías que ya no compartimos. Sin embargo, aún encuentro algo tierno, dulce y desgarrador, en descubrirte en los detalles mínimos. En el tono de tu piel bajo la luz tibia de la tarde. En la curva exacta de tu cuello cuando inclinas la cabeza. En la manera en que tu cabello captura el sol como si quisiera guardarlo solo para ti. Ahí, como un arqueólogo de lo perdido, rastreo a la que fue mi compañera de siglos breves. La niña que caminó conmigo cuando el mundo todavía parecía una promesa abierta.
Me pregunto cuándo comenzó la divergencia. En qué instante preciso dejamos de pensar igual. En qué momento dejó de llover sobre la misma tierra. Tal vez fue un día común, uno de esos que pasan sin ceremonia. Tal vez no lo noté porque estaba ocupada viviendo. ¿Te tomé por sentado? Es posible. Quizá creí que tu presencia era un río permanente, algo que siempre correría a mi lado, sin necesidad de mirarlo, sin necesidad de agradecerle su cauce. Creí que estabas ahí como están las cosas que uno ama sin miedo a perderlas. Qué ingenua fui.
Ven aquí. Si me tomas desprevenida, aunque nunca deje de admitir que te extraño, te diría que vengas. Que me abraces con esa fuerza tuya que desarma. Que nos quedemos así, entrelazadas, en un silencio que compense el ruido de todos estos meses vacíos. Que cada diez minutos de ese abrazo reparen un mes de ausencia. Un mes sin la hermana que me vio crecer. Que vio nacer mis miedos y mis euforias. Sin tu manera única de hacerme reír, esa risa que brotaba desde un lugar profundo y oscuro, como un manantial inesperado en medio del desierto. Sin tu lealtad feroz, ese animal dormido a mis pies, siempre alerta. Sin ese gesto tan tuyo de llamarme rarita, distinta, para luego aferrarte a mí como una gata melosa, como si en mi rareza encontraras tu hogar.
Mi hermana. Eres el sol de mi luna, la claridad que atraviesa mi nocturnidad. Eres el café de mi leche, la amargura necesaria que da sentido a la dulzura. Eres el trueno de mi lluvia, el estruendo que da nombre al diluvio. Tú. Tú. Tú. Tu nombre resuena como una campana antigua en mi pecho.
Clematis roja, enredada en mi memoria. Fuego vivo que aún quema en mis sueños. Esencia de jazmines en la noche urbana, perfumes intensos que derrotan al olvido. Luces deslumbrantes de la metrópolis, destellos que ciegan y guían al mismo tiempo. Tú, intensa como la música que amabas, como los acordes que elegías para acompañar tus silencios. Tú, con la pasión desbordada con que hablabas de lo que amabas, esas cosas que convertías en universos completos. Así de viva. Así de feroz. Así de fugaz.
Para mí siempre serás fugaz. Un relámpago que iluminó todo y luego se fue. ¿Pero acaso uno muere realmente cuando se queda viviendo en la cabeza del otro? Porque aquí estás. En mi mente. Habitándome cada rincón, cada recuerdo, cada canción que escuchamos juntas. Y aquí seguirás. Siempre.
Voy a anhelar, hasta el último día, tirarme contigo en el pasto de los parques de nuestra adolescencia y reírnos de nada, de todo, de la absurda arquitectura del mundo. Preguntarnos cuándo sale el próximo capítulo de esa serie que veíamos con la urgencia de niñas que creían que la vida era una sucesión infinita de episodios por venir. O recordarnos a nosotras mismas, dos niñas asomándose a la pubertad, asustadas y emocionadas, sosteniéndose las manos en la penumbra, sin saber que ese instante tan simple y tan enorme sería uno de los tesoros que guardaríamos para siempre. Incluso después de que los caminos se separaran.
Y cuando el sol vuelva a colocarse en abril, o cuando el invierno azote a Lima la gris, esa ciudad lavada en cemento y neblina, yo seguiré pensando que ningún invierno llegó a ser frío a tu lado. Porque éramos dos almas en pena, sí, pero juntas. Dos islas flotantes en un mar de aislamiento mundial, inventándonos a nosotras mismas como quien aprende a respirar bajo el agua. Jugábamos a ser adolescentes como quien ensaya un papel para una obra que nunca tendría fin. El frío estaba afuera, siempre afuera. Adentro, el universo cabía en una habitación pequeña, en la pantalla de un ordenador encendida de madrugada, en el eco de nuestras risas golpeando las paredes como pájaros desesperados por no morir de silencio.
Éramos un refugio improvisado. Un hogar construido con cables, con auriculares, con mensajes escritos a deshora. Allí, donde el mundo parecía derrumbarse como un castillo mal armado, nosotras levantábamos una fortaleza invisible hecha de palabras, de confesiones torpes, de promesas que no sabíamos si cumpliríamos pero que decíamos igual, porque decirlas ya era una forma de salvarnos.
Pero cuando el sol se oculte, porque el invierno siempre llega, tarde o temprano, me preguntaré por qué nace este dolor repentino aquí, justo aquí, en el lugar donde tú tienes tu herida, en el pecho. Un dolor prestado. Un eco de tu cicatriz resonando en mi propio cuerpo, como si nuestros corazones hubieran latido tan cerca que sus lesiones se hubieran contagiado. Como si alguna vez se hubieran rozado en la oscuridad y se hubieran pasado el temblor de una a la otra, como una enfermedad dulce, como un pacto silencioso.
Entonces mi cabeza hará memoria. Y recordaré que hace exactamente seis años tú me arrullabas. Arrullo. Arrullo. Arrullo. No con palabras, sino con tu presencia quieta. Con el sonido de tu respiración al otro lado de la línea. Con la paciencia infinita con que escuchabas mis tormentas interiores, mis miedos sin nombre, mis preguntas sin respuesta. En la penumbra de algún cuarto, o bajo la luz azulada de una pantalla, mi pupila se encontraba con la tuya aunque fuera en la distancia, aunque fuera en el deseo. Y una sonrisa lenta, casi tímida, se dibujaba en mi rostro, diciendo sin sonido gracias por estar aquí.
Gracias por no irte cuando yo misma quería desaparecer. Gracias por sostenerme cuando ni yo sabía cómo hacerlo. Porque al final de todo, después de las tormentas, después de los juicios errados, después de las palabras que cortan como cristal, lo que queda no es el daño. Lo que queda es esto. El amor que te tuve y que te tengo, torpe y obstinado. Un amor que no supo expresarse más que en excesos y en silencios. En abrazos mentales. En llamadas eternas. En ausencias que dolían como amputaciones.
No importa cuánto hayas podido lastimarme, o cuántas veces me hayas juzgado mal. Cuando en mis manos solo había, solo hay, un amor tosco, desesperado, infinito para ti. Un amor que no aprendió a ser elegante. Que no supo callarse a tiempo. Que gritó cuando debía susurrar. Que se quedó cuando debía irse. Pero amor al fin. Amor verdadero.
Así que gracias por estar aquí.
Gracias por haberte sentado en el suelo de mi vida cuando el mundo se caía a pedazos.
Gracias por haber sido testigo de mis transformaciones, de mis derrumbes, de mis pequeños y frágiles renacimientos.
Gracias por el arrullo que aún resuena como un río subterráneo debajo de todo este ruido.
Gracias por no haber sido perfecta.
Gracias por haber sido real.
Gracias por haberme visto cuando yo no podía mirarme.
Gracias por haberme sostenido sin pedirme nada a cambio.
Gracias por.
Gracias.
Recomendados
Hacete socio de quaderno
Apoyá este proyecto independiente y accedé a beneficios exclusivos.
Empieza a escribir hoy en quaderno
Valoramos la calidad, la autenticidad y la diversidad de voces.


Comentarios
No hay comentarios todavía, sé el primero!
Debes iniciar sesión para comentar
Iniciar sesión