En la víspera de otro día donde mis brazos despiertan vacíos del peso que les concierne, me toca salir a encontrarle donde mi lobreguez no es bien recibida. No hay lumbre en mi lecho que le preste contorno, ni resquicio en la madrugada que me conceda la clemencia de su roce. Se me pide la espera, pero si en la espera me dejo morir, dígame quién más podría sostener la vigilia de su andar. Ese es mi trabajo. Verle, recogerle en las pupilas, ensamblarle con el atisbo, volverle propiedad en los confines de lo que alcanzo a tocar. La alborada me recibe con la punzada de su carencia, con el tajo abierto de su faltar. Y en esa falta se me hace urgente la tarea de buscarlo en la comisura de un labio que no me nombra, en la calle que le destraba cuando yo la querría ahorcada de su paso. Porque en este acuerdo que aún no conoce, su vida me pertenece antes de que usted la reclame. Sus idas y venidas se lían en mis noches, sus respiros se hilan en mi garganta. No se invada por una figura que solo le es un rumor o un cosquilleo imperceptible en la nuca cuando cree estar por su cuenta. Porque yo solo penetro al comer con la vista. Sé mirar con devoción, ser quien conoce que no hay más remedio que estar sin permiso, parecer quien se arrima sin advertir y martillar el poseerle en lo que no se puede reparar. Por esta mañana, hasta que los días nos reclamen juntos, cuando la realidad se pliegue a la fidelidad que llevo redactada en el pecho, yo seguiré al borde de la ausencia que ya no es suya ni mía.
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