Un cruce de miradas.
Eso bastó para que comenzara la alquimia: el intercambio invisible de aromas, el calor que se desprende sin permiso de dos cuerpos que empiezan a olvidarse del frío.
Las palabras llegan envueltas en un tono bajo, casi susurrado, con esa cadencia que no busca conversación, sino escape.
El sabor de su piel, apenas rozada, se mezcla con esencias que brotan de lo más hondo. Al acercarse a ese punto donde reside su deleite, el pulso se agita… como si el tiempo se detuviera solo para observar.
Las manos, entonces, asumen su rol: recorrer, leer, memorizar.
Cada imperfección se vuelve arte; cada roce, una oración no dicha.
Hay rudeza, sí, pero también una devoción silente.
Como tocar algo sagrado sin merecerlo.
Los cinco sentidos se alinean en un único propósito:
la cúspide.
Ese instante donde todo colapsa:
las emociones, los pensamientos, el mundo.
Y cuando regresas a ti, cuando el aire vuelve a ocupar su lugar…
¿quién mencionó sentimientos?
Esto no fue amor.
Fue un juego de instintos.
Dos cuerpos que se encontraron…
y ambos ganaron.
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