Así como las cigarras acompañan la longevidad del sol en el estío, el pálido viento abraza el alma en su eterna congoja. No hay soledad que desconsuele más que la extrañeza del frío en la piel amada; el abandono, la hambruna, las imposibles promesas de un futuro mejor, rebuscando cobijo, sembrados a las raíces trenzadas de una prohibición. Recorremos las bases jugando béisbol, nos entretenemos desparramados en el suelo imaginándonos colores en la sombra de los párpados, ensordecidos por el arrastre de un latido aparatoso, imaginando una trama impoluta de todos esos cuentos, con la idea de que algo de todo eso, será.
Pienso en las puertas. Pienso en querer cerrarlas con candado, trancarlas, golpearlas, preguntarme hacia dónde llevan y pienso en el éxtasis por finalmente abrir aquel portal donde la música para, donde el cuero roza al cuero, donde nos reunimos con los que amamos. Pienso también en la ausencia de ellas, en la desnudez, en las cortinas y en las ventanas, en otro tipo de límites que entorpecen el tacto, el deseo, y lo encarnan como una astilla podrida que te carcome los nervios.
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