Bitácora de viaje.
11:34 AM:Subí al colectivo, tomé el 39.
“Buen día. ¿Todo bien? Al Rosedal, por favor.” Dije esas palabras como si fueran una contraseña secreta. El mundo no cambió, pero algo en mí se puso en pausa.
11:36 AM: Caminé hacia el fondo. Por hábito, por pudor, por el vicio de observar sin ser observado. En el fondo los ruidos llegan más apagados. También los miedos.
11:48 AM: Ahí estaba. Leía un libro sin pasar páginas. Los ojos fijos en un punto incierto, como quien está a mitad de un recuerdo o en pleno ensayo de una vida distinta.
Me senté dos asientos más allá. Y la miré, como si supiera de antemano que algo iba a desordenarse.
12:06 PM: Nuestras miradas se cruzaron. Lentas, sin apuro, como si el tiempo también tuviera que pedir permiso para seguir avanzando.
No hubo sonrisa. Tampoco incomodidad. Fue más bien una sensación de espejo. De reconocerse sin haberse visto nunca.
12:12 PM: Subía y bajaba gente, como si el colectivo fuera una arteria viva bombeando historias por la ciudad.
Cada pasajero cargaba algo invisible: un cansancio, un recuerdo, una esperanza sin nombre. Se aferraban a las manillas no solo para no caer ante el vaivén caprichoso del camino, sino porque a veces, uno necesita agarrarse de algo cuando el mundo, tan salvaje, tan impune, parece no dar tregua. Y mientras las vidas se rozaban sin tocarse, la nuestra, esa que aún no había empezado, ya insistía en mirarse de frente. Nos encontrábamos en el único lugar donde el ruido no podía entrar: los ojos.
12:15 PM: Con el colectivo mucho más repleto de almas, a veces alguien se interponía, un cuerpo, una mochila, un abrigo que nos tapaba el campo visual…pero la búsqueda volvía, necia, como quien ha encontrado su estación y no quiere dormirse.
Entre tanto movimiento, nuestras miradas permanecían quietas, obstinadas, como un faro. No hablábamos aún,pero había un diálogo sin sonido, una conversación antigua que se repetía en silencio, como un telegrama que cruza el tiempo esperando que, esta vez, alguien lo lea.
12:24 PM: Una frase mínima: “Qué frío hace aquí adentro.” Respondí cualquier cosa, pero mi voz tembló como si dijera algo importante. Ella asintió. No con la cabeza, sino con los ojos. Como si se abriera una ventana por dentro.
12:32 PM: El diálogo fluyó como si llevara tiempo escribiéndose solo. Me preguntó a qué me dedicaba.
“Escribo cosas que no sirven para nada.”
“Entonces sirven para todo”, dijo.
Y la amé un poco.
12:39 PM: Hablamos de cosas que no se suelen contar: de abuelos muertos, de miedos infantiles, de canciones que nos hicieron llorar en la ducha.
Yo le conté que a veces sueño que me caigo y nunca toco el suelo. Ella dijo que también.
12:46 PM: Me miró largo rato. Como quien ve algo que no esperaba encontrar. Yo bajé la mirada, no por timidez, sino por temor a que me descubriera demasiado pronto. El amor también es una forma de desnudez.
12:52 PM: Un niño lloraba dos asientos más adelante. Ella le sonrió. Yo la miré como quien mira una lámpara encendida en medio de un apagón. Quise quedarme a vivir en ese gesto.
13:01 PM: Nuestras manos se rozaron. Una descarga eléctrica, silenciosa y definitiva. No hablamos durante varios minutos. El silencio había cambiado de temperatura.
Ya no era cómodo. Era expectante.
13:07 PM: Me dijo que sentía como si me conociera de antes. Le dije que yo también. Pero me guardé el detalle: que no sabía si era de un sueño, un cuento o una vida que no llegué a vivir.
Nos reímos. Era todo tan simple, y a la vez, tan impensable.
13:13 PM: “¿Y si nos bajamos juntos en el Rosedal?”
“No lo sé”, dije.
Pero lo que quise decir era: sí, ahora, siempre. Ella apoyó su cabeza en mi hombro, como si ese gesto fuera el futuro. Y por un instante lo fue.
13:19 PM: Pensé en besarla. Estábamos tan cerca que el deseo no se medía en centímetros, sino en coraje.
Pero algo en mí se quebraba, como si con cada segundo que pasaba me volviera más frágil. Como si estar frente a ella me volviera cada vez más translúcido, más liviano, más expuesto. Como si yo, que me creía invencible, empezara a temblar como celofán al viento.
13:21 PM: El silencio entre nosotros se volvió espeso. No porque se hubiera roto algo, sino porque todo comenzaba a ser demasiado perfecto. Sentí su respiración cerca, la tibieza de su hombro apenas rozando el mío, y entonces entendí: ella me estaba mirando de verdad.
No como se mira a un desconocido atractivo. Sino como se mira a alguien que podría quedarse. Y yo… yo no sabía si podía quedarme.
13:24 PM: Todo en mí empezó a volverse frágil. Una fragilidad de esas que no hacen ruido pero que duelen como una gota constante. Me descubrí pequeño dentro del colectivo.
Pequeño ante su ternura. Pequeño ante su capacidad de no esconderse. Sentí cómo se me deshacía la voz en la garganta, cómo mis pensamientos se enredaban como cables mojados.
Me volví celofán. Una hoja delgada, translúcida, vulnerable.
Y no por ella, no, sino porque nunca me habían visto tan de cerca sin huir. Y esa cercanía… me empequeñecía.
13:31 PM: Había sido tantas veces el fuerte, el invulnerable, el que aguantaba sin temblar.
Pero ella, con una sola mirada, me desarmó. Y yo, en vez de quedarme a aprender quién era sin mis máscaras, hice lo que hace el miedo cuando se disfraza de decisión:
13:34 PM: Me puse de pie. Tardé siglos en hacerlo, pero el cuerpo a veces traiciona lo que el alma no quiere aceptar. La miré con ternura y cobardía. Una mezcla exacta de amor y despedida.
13:35 PM: —Chófer… me bajo en la siguiente parada, por favor.
Su gesto fue una pregunta sin palabras.Y yo no supe responderle más que con una sonrisa débil, casi infantil.Ni siquiera dije adiós. El colectivo frenó.
Yo bajé. Y sentí que con cada paso, ella se volvía más nítida…y yo, más sombra.
13:38 PM: No sé si el mundo siguió girando igual después de eso. Solo sé que el asiento que dejé atrás guardaba el contorno exacto de alguien que estuvo a punto de quedarse.
13:43 PM: ¿Pasó de verdad?
¿O escribí todo esto desde un banco, solo, mirando los colectivos pasar e imaginando lo que podría haber sido si hubiese tenido el coraje de quedarme a temblar?
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