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China : Un estado eficiente dentro de su magnitud

Jun 29, 2026

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China : Un estado eficiente dentro de su magnitud
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Quiero irme a conocer China (y voy a explicarte por qué, Carlos)

Manual para entender, parada por parada, al país que va a definir el siglo

Carlos, vos que llegaste de tan lejos y todavía te sorprende que en este planeta haya fronteras, semáforos y burocracia, prestame atención, porque hace meses que no me saco una idea de la cabeza: quiero conocer China. No de pasada, no como el turista que se saca la foto en la Muralla y vuelve sin haber entendido nada. Quiero meterme adentro, caminarla, respirarla, entender con el cuerpo cómo un país que hace cuarenta años se moría literalmente de hambre hoy fabrica el futuro que el resto del mundo apenas alcanza a copiar.

Y como sé que me vas a preguntar "¿por qué justo ese país, Ignacio, habiendo tantos?", armé este viaje imaginario para vos. Vamos a hacer juntos el itinerario completo, parada por parada. Cada lugar al que te lleve va a abrir una puerta hacia algo que necesito explicarte. Y al final del recorrido —te lo adelanto— vas a entender por qué un tipo como yo, que desconfía del Estado grande por convicción profunda, que se formó leyendo a Nozick, a Hayek, a Buchanan, está sin embargo fascinado con un país gobernado por un Partido único que controla casi todo. Esa contradicción, Carlos, no es un error mío. Es justamente el corazón de lo que quiero que entiendas. Porque admirar algo no es lo mismo que querer copiarlo, y aprender de un rival no es rendirse ante él.

Una aclaración necesaria antes de subir al avión, porque a mí la honestidad sobre las fuentes me importa más que el efectismo. Para armar este recorrido me apoyé mucho en un hombre que conoce China como muy pocos en nuestro idioma: Sabino Vaca Narvaja, cordobés como tantos buenos, ex embajador argentino en Pekín entre 2021 y 2023, hoy presidente del Centro de Sinología de la Universidad de Buenos Aires. Te aviso de entrada, sin vueltas, que es un cuadro político del kirchnerismo, con vínculos familiares directos con Cristina Fernández de Kirchner, y que su lectura de China es entusiasta, por momentos militante. No te lo escondo ni te lo maquillo. Pero el tipo vivió ahí, vio con sus propios ojos lo que la enorme mayoría de los analistas occidentales apenas intuye desde un escritorio, y cuando habla de lo que vio, hay que callarse y escuchar. Mi trabajo durante todo el viaje va a ser usar su testimonio sin comprarme su ideología: tomar el diagnóstico del que estuvo en el campo y discutir, cuando haga falta, la receta del que milita una causa. Por eso, al final de cada parada, te voy a contar qué opina él. Y vas a ver que muchas veces acierta en lo que describe aunque yo discrepe de raíz en lo que propone.

Pero pará, pará. Antes de subir a ningún avión, sentate, que todavía estamos acá en el café y tenemos que ponernos al día. Pedite algo. Hace semanas que no nos juntamos como la gente y no te voy a arrastrar a la otra punta del mundo sin antes charlar un poco de lo nuestro, de lo que pasa acá abajo, en este planeta tuyo de adopción que no termina nunca de sorprenderte.

Antes del viaje: charla de café

Arranquemos por lo importante, Carlos, lo que de verdad importa: empezó el Mundial. El jueves 11 de junio se abrió el telón en el Estadio Azteca, México contra Sudáfrica, y este es distinto a todos los anteriores, viejo. Es el primero con cuarenta y ocho selecciones, ciento cuatro partidos, repartido entre tres países a la vez: Estados Unidos, México y Canadá. Una bestia. Y a nosotros nos toca de los dos lados, fijate qué cosa: yo argentino, vos viviendo conmigo acá en España, así que tenemos doble corazón en juego. España debutó contra Uruguay en Guadalajara, en un grupo durísimo. Argentina va a defender la corona de Qatar. Te confieso que tengo el alma partida, pero no te voy a mentir: si en algún momento se cruzan, vos ya sabés para dónde miro. Hay cosas que no se eligen, Carlos, se heredan, como el apellido.

Y dejame que te hable de Messi, porque vos de todos los humanos sos el que más cerca está de entenderlo. Vos viajaste años luz en una nave para llegar acá, ¿no? Bueno, Messi es lo más parecido a vos que produjo este planeta. Un extraterrestre. Te lo digo en serio, sin metáfora barata: el tipo tiene treinta y ocho años, casi treinta y nueve, una edad en la que cualquier futbolista ya está comentando partidos por televisión con un saquito, y va y te mete cinco goles en dos partidos. Cinco. Un triplete completo en el debut contra Argelia —tres goles él solo— y después un doblete contra Austria. Y con esos goles hizo algo que no había hecho nadie en cien años de Mundiales: se convirtió en el máximo goleador histórico de todas las Copas del Mundo, dieciocho goles, dejando atrás a un alemán, Klose, que tenía el récord. Argentina ya está clasificada a la siguiente ronda y él lidera la tabla de goleadores del torneo entero.

¿Entendés lo que te digo, Carlos? A vos te trajo una nave. A Messi no lo trajo nadie, apareció nomás, en un potrero de Rosario, y resulta que juega a algo que el resto de nosotros apenas entendemos. Ustedes dos tienen eso en común: miran el mismo juego que todos, pero ven cosas que los demás no vemos. La diferencia es que vos sos verde y tenés un ojo solo, y él es bajito y tiene una zurda que parece firmada por Dios de puño y letra. Por lo demás, igualitos. Dos marcianos. Brindemos por eso, que no todos los días le toca a uno ver a un extraterrestre jugar mientras toma un Ribeiro con otro.

¿Y sabés qué es lo mejor de este invierno gallego? Que acá, en nuestra Coruña, se vive un momento histórico que ni el guionista más borracho se hubiera animado a escribir. Mirá: subió el Dépor. Volvió a Primera el Deportivo, después de años de penar en el infierno del descenso, de sufrir cada fin de semana como solo sufren los hinchas de los equipos que alguna vez fueron grandes y lo perdieron todo. Y por si eso fuera poco, por si el fútbol no alcanzara, el Leyma también ascendió a la ACB, la élite del básquet español. Y no de cualquier manera, Carlos: lo hizo el 7 de junio en el Coliseum, contra el Estudiantes, remontando un partido que estaba perdido, ganándolo 97 a 100 en una prórroga de infarto que dejó a toda la ciudad ronca de gritar. ¿Te das cuenta de lo que significa eso? Galicia vuelve a tener tres equipos en la primera división del baloncesto español, algo que no pasaba hace treinta y dos años. Treinta y dos. Yo no había nacido la última vez que pasó.

Y te lo cuento no solo por el deporte, que ya de por sí emociona, sino por lo que representa para una ciudad como la nuestra. Vos que sos de afuera, de muy afuera, capaz no lo terminás de captar: A Coruña es una ciudad de mar, de viento que te pela la cara en el paseo marítimo, de gente que se queja de todo pero que cuando su equipo sube se abraza con desconocidos en la calle. Es la ciudad de la Torre de Hércules, el faro romano más viejo del mundo todavía en funcionamiento, dos mil años alumbrando el Atlántico. Es la ciudad donde un vino Ribeiro bien frío con una empanada de zamburiñas vale más que cualquier discurso político. Una ciudad orgullosa, peleona, que ha mamado decepciones futbolísticas como pocas. Por eso este doble ascenso, el del Dépor y el del Leyma juntos en el mismo verano, es más que deporte: es la sensación de que a veces, aunque sea de vez en cuando, las cosas pueden salir bien. Y créeme que en estos tiempos esa sensación es un lujo.

Porque mirá, justo cuando uno se quiere abrazar a esa alegría sencilla, te explota la política en la cara, como siempre. ¿Te enteraste de lo de Ábalos? Ayer mismo, 22 de junio, el Tribunal Supremo lo condenó. Veinticuatro años y tres meses de prisión, Carlos. Veinticuatro años. José Luis Ábalos, que no era cualquiera: fue ministro de Transportes y, sobre todo, secretario de Organización del PSOE, o sea el partido del propio Pedro Sánchez, el aparato mismo del poder. El "caso mascarillas", lo llaman: la adjudicación de contratos millonarios de mascarillas durante la pandemia, cuando la gente se moría y faltaba de todo. El Supremo, por unanimidad de los siete magistrados, dio por probado que Ábalos, su asesor Koldo García y un empresario formaron una organización criminal con reparto de funciones. Cohecho, malversación, tráfico de influencias. Koldo se llevó casi veinte años. Es la primera sentencia firme de un gran caso de corrupción que toca directamente al corazón del Gobierno de Sánchez.

Y acá quiero que prestes atención a algo, Carlos, porque hace a cómo yo trato de mirar estas cosas sin volverme un hincha más, gritando en la tribuna política. Que un tribunal condene por unanimidad a un exministro a veinticuatro años no es una opinión ni una operación: es una sentencia firme, un hecho. Y la propia sentencia dice algo que a mí, como estudiante de derecho, me resuena hondo: que este tipo de corrupción "socava la arquitectura democrática" del Estado, debilita los contrapesos y erosiona la confianza de la gente en el sistema. Eso es exactamente lo que a mí me desvela, Carlos. No es de derecha ni de izquierda. Es la pregunta de siempre: ¿hay control sobre el que manda, o no lo hay? Acá, al menos, la Justicia funcionó, y eso —fijate la paradoja— es una buena noticia dentro de la mala. Un poder judicial que puede meter preso a un secretario de Organización del partido en el gobierno es justamente el contrapeso que, como vas a ver cuando lleguemos a China, allá sencillamente no existe.

—¿Y eso del censo y los inmigrantes que se comenta tanto? —me vas a preguntar, porque sos curioso y porque lo escuchás en todos lados.

Y acá tengo que andar con pie de plomo, Carlos, porque es terreno resbaladizo y yo no escribo para gritar consignas. Te separo lo que es dato de lo que es sospecha, que no es lo mismo. Dato duro, comprobable: bajo el gobierno de Sánchez, desde 2018, se nacionalizaron alrededor de 1,4 millones de extranjeros. Eso, por la mecánica del censo, significa que en las próximas generales podría votar cerca de un millón de personas más que en las anteriores. Además hay en marcha un decreto para regularizar a unos 850.000 inmigrantes que estaban sin papeles. Todo eso es verificable, está en los datos del Instituto Nacional de Estadística, no lo discute nadie en serio.

Ahora viene la parte donde tu pregunta —"¿estrategia o estafa?"— se pone filosa. La oposición, el PP y Vox, lo llaman directamente "reemplazo electoral": dicen que Sánchez está fabricando deliberadamente un electorado nuevo para compensar el desgaste con sus votantes de siempre. Hasta hubo dirigentes de la izquierda que le dieron argumentos al pedir abiertamente el voto migrante "para barrer fachas". Del otro lado, el PSOE lo niega de plano: dice que nacionalidad y regularización no son lo mismo, que la medida busca integración social y más gente cotizando para las pensiones, no votos.

¿Y yo qué pienso, Carlos? Te lo digo con honestidad, que es lo único que tengo para ofrecerte. Que los números engorden el censo es un hecho. Que la intención sea ganar elecciones con eso es una sospecha razonable, pero sigue siendo una sospecha, no algo probado, y yo no voy a venderte una intención oculta como si fuera una sentencia judicial. Sería caer en lo mismo que critico. Lo que sí puedo decirte, y con fuerza, es esto: cuando un gobierno parece preocuparse más por ampliar el padrón de votantes posibles que por convencer a los votantes que ya tiene, algo en la salud de la democracia empieza a oler mal. Porque la democracia se sostiene sobre una idea sencilla: los que deciden el rumbo de un país deben compartir su destino y cargar con las consecuencias de su voto. Manipular las reglas del juego —del lado que sea— para asegurarte el resultado es jugar sucio. ¿Estrategia o estafa? Te diría que es estrategia que coquetea peligrosamente con la estafa moral, aunque no necesariamente con la ilegal. Y la diferencia entre esas dos cosas, Carlos, es justo el tipo de distinción fina que vamos a tener que hacer todo el tiempo cuando hablemos de China. Quedate con esa palabra: distinción. Sin ella, todo es grito.

Bueno. Ya está. Terminá el vino, que nos clavamos demasiado en la rosca y se nos hace tarde. Te prometí China y te voy a dar China. Pero quería que entendieras antes de subir al avión que yo no miro al mundo desde ningún púlpito: miro la corrupción de acá, el fútbol de acá, las trampas de acá, con la misma lupa con la que vamos a mirar el gigante de allá. La misma vara para todos, Carlos. Esa es la única regla que tengo.

Ahora sí. Pagá vos que la próxima invito yo.

Subamos al avión, Carlos. Ajustate el cinturón, que el despegue es fuerte.

Parada 1 — El aterrizaje: cómo se saca a 800 millones de personas de la pobreza

Cuando bajemos del avión, Carlos, quiero que te olvides de todo lo que viste en las películas viejas y en los documentales de hace treinta años. Nada de bicicletas en fila india por avenidas grises, nada de campos de arroz hasta donde llega la vista, nada de uniformes mao idénticos. Vas a ver una ciudad que parece dibujada por alguien que se adelantó medio siglo: rascacielos que se encienden de noche como tableros de circuitos, trenes que flotan sobre imanes, una densidad de luz y movimiento que marea.

Y el dato que tenés que clavarte en la cabeza para dimensionar lo que estás mirando es este: hace apenas dos generaciones, esto era uno de los lugares más pobres y atrasados de la Tierra. A mediados del siglo XX, la esperanza de vida en China rondaba los treinta y cinco años. El analfabetismo alcanzaba al 80% de la población. La mayoría era campesina y la economía estaba completamente cerrada y centralizada. Hoy la esperanza de vida supera los setenta y ocho años. En el medio pasó algo que casi no tiene precedentes en la historia humana, y quiero que lo escuches bien porque es el número más impresionante de todo el viaje: según el Banco Mundial, cerca de 800 millones de personas salieron de la pobreza extrema en China desde 1978. Ochocientos millones. Eso representa más del 70% de toda la reducción mundial de la pobreza extrema en ese período. Para que te des una idea, Carlos: la tasa de pobreza extrema, que superaba el 80% de la población a fines de los años setenta, hoy ronda menos del 1% según el estándar internacional.

¿Cómo se hizo semejante cosa? No por un milagro, ni por suerte, ni por la bondad de nadie. Por una secuencia deliberada de decisiones que arranca en un momento muy preciso: el 18 de diciembre de 1978, en el Tercer Pleno del XI Comité Central del Partido. Ahí un hombre bajito y testarudo llamado Deng Xiaoping —que venía de sobrevivir a las purgas de Mao— pronunció un discurso que cambió la historia. China venía de un desastre absoluto: el Gran Salto Adelante de Mao, entre 1958 y 1962, había provocado una hambruna que mató al menos a diez millones de personas, y la Revolución Cultural, entre 1966 y 1976, había paralizado el país y destruido lo poco que se había construido. Deng miró ese "ground zero" y decidió girar el timón sin soltar el volante del poder.

Su fórmula fue rara, pragmática y profundamente contradictoria. La resumió él mismo con una frase que se hizo célebre: no importa que el gato sea blanco o negro, lo que importa es que cace ratones. Tradujo eso en políticas concretas. Primero, la reforma agraria: rompió el sistema maoísta de agricultura colectiva y dejó que los campesinos, bajo el "sistema de responsabilidad familiar", se quedaran con el excedente de lo que producían por encima de una cuota. ¿El resultado? La producción agrícola, que crecía al 2,7% anual, saltó al 8,2%. Los precios de los alimentos cayeron casi a la mitad y los ingresos rurales se dispararon. Después vinieron las Zonas Económicas Especiales: territorios donde se permitía un capitalismo de mercado pleno mientras el resto del país seguía formalmente comunista. La primera fue Shenzhen, en 1979, una aldea de pescadores frente a Hong Kong. El eslogan que nació ahí lo dice todo, Carlos, y a mí como aspirante a algo parecido a un liberal me eriza la piel: "El tiempo es dinero, la eficiencia es la vida." Hoy Shenzhen es una metrópolis de millones de habitantes y la llaman el Silicon Valley chino.

Entre 1978 y 2005, la economía china creció a un promedio del 9,5% anual. El PIB se multiplicó por diez, y después por mucho más: pasó de unos 150.000 millones de dólares en 1978 a más de 17 billones en años recientes. "Socialismo con características chinas", bautizaron al invento, que es una manera diplomática de decir "capitalismo administrado con mano de hierro por un Partido Comunista". Funcionó para crecer y para sacar a cientos de millones del hambre. Si fue justo, si fue libre, si el precio que se pagó valió la pena: a esa discusión vamos a llegar, y va a ser el corazón de todo.

Pero te marco algo ahora, Carlos, porque el rigor es el rigor y no quiero venderte una postal: el éxito tiene letra chica. China erradicó la pobreza extrema, sí, pero la pobreza relativa sigue ahí. En 2024, según el Banco Mundial, más del 15% de la población vivía con menos de 8,30 dólares al día. La desigualdad medida por el coeficiente de Gini sigue alta, en torno al 0,36 oficial, aunque estimaciones independientes la ubican bastante más arriba, cerca del 0,46. Hay decenas de millones de personas en "pobreza multidimensional", que es cuando te falta no solo plata sino acceso digno a salud y educación. Y las brechas entre el campo y la ciudad, entre el este rico y el oeste pobre, siguen siendo enormes. Te lo digo para que no caigas en la trampa del relato triunfal: el logro es gigantesco y real, pero no es el paraíso terminado que a veces te pintan.

Lo importante para vos, Carlos, recién bajado del avión y todavía mareado por las luces: lo que estás viendo no es magia ni destino. Es planificación de largo plazo, más apertura comercial, más una capacidad estatal que en Occidente nos cuesta hasta imaginar. Guardá bien esa palabra: capacidad. Vamos a volver a ella una y otra vez durante todo el viaje, y cuando tomemos el café final en el aeropuerto vas a entender que en esa palabra se juega absolutamente todo.

¿Y qué dice Vaca Narvaja de todo esto? Él lo enmarca de una manera muy particular: habla de una "reemergencia", no de un ascenso nuevo. Su argumento es que durante dieciocho siglos el centro económico del mundo estuvo en Asia, que China llegó a representar cerca del 30% de la economía mundial antes de la humillación colonial del siglo XIX, y que lo que estamos viendo no es que China se convierta en algo que nunca fue, sino que vuelve al lugar que la historia le había asignado. Es una lectura poderosa y tiene su parte de verdad histórica. Pero ojo con la trampa, Carlos: presentar el presente como el cumplimiento de un destino histórico inevitable es una forma elegante de blindarlo contra toda crítica. Si todo esto "tenía que pasar", entonces el costo en libertad que pagaron por el camino también se vuelve inevitable, casi natural. Y yo no creo en destinos inevitables. Creo en decisiones, y las decisiones siempre se pueden juzgar. Tomá el dato del crecimiento, que es incontestable. La épica del "regreso glorioso" dejémosla en cuarentena.

Parada 2 — El robotaxi al hotel: la revolución que no era la que esperaban

No vamos a pedir un taxi normal para ir al hotel, Carlos. Vamos a hacer algo que a vos, que venís de otro planeta, capaz no te sorprende, pero que a cualquier terrícola lo deja con la boca abierta: nos vamos a subir a un auto sin conductor. Vos te vas a sentar atrás, no va a haber nadie al volante, ni siquiera adelante, y el coche va a manejar solo por una de las ciudades más densas y caóticas del planeta, esquivando peatones, bicicletas y otros autos con una calma inquietante. Y mientras tanto, si mirás por la ventanilla hacia arriba, vas a ver drones de reparto cruzando el cielo entre los edificios, llevando comida caliente y paquetes de una torre a otra.

Te cuento todo esto porque acá hay una de las cosas que más me fascina de China, y nadie la cuenta mejor que el propio Vaca Narvaja, así que dejame traer su testimonio directo. Cuando él llegó a China como embajador, esperaba encontrarse con lo que los manuales de economía llaman la "Cuarta Revolución Industrial": robots en las fábricas, automatización de los procesos productivos, máquinas reemplazando músculos humanos en las líneas de montaje. Y sí, eso estaba, por supuesto. Pero lo que lo descolocó, lo que no estaba en ningún manual, fue otra cosa completamente distinta.

Dejame citarlo textual, porque la frase vale oro. Vaca Narvaja cuenta que esperaba automatización industrial y se encontró con que una parte del directorio de las empresas era una inteligencia artificial que interactuaba y formaba parte del sistema de toma de decisiones. ¿Entendés la diferencia, Carlos? No hablamos de máquinas haciendo tareas físicas repetitivas. Hablamos de algoritmos sentados, metafóricamente, en la mesa donde se decide el rumbo de una empresa. La inteligencia artificial no como herramienta que ejecuta, sino como participante que delibera. Y lo remató describiendo la vida cotidiana que vio: autos sin chofer circulando normalmente, vehículos que él describe "tipo helicópteros", delivery con drones por todos lados. "El nivel de interacción del entramado tecnológico con la realidad económica, cotidiana y productiva es de ciencia ficción", dijo. "Están en una vanguardia difícil de seguir."

Esa frase, Carlos, "una vanguardia difícil de seguir", es exactamente la que me hizo querer venir. No para mirar embobado como turista, sino para entender qué decisiones, qué inversiones, qué apuestas de largo plazo te llevan a un lugar así. Y sobre todo para discriminar, con cabeza fría, cuáles de esas decisiones uno podría querer imitar en Argentina o en España, y cuáles hay que rechazar de plano por el precio que tienen. Porque no todo lo que funciona es deseable, y no todo lo deseable funciona. Esa es la tensión de todo el viaje.

¿Y qué opina él en el fondo? Acá Vaca Narvaja saca su conclusión política, y necesito que la escuches con atención porque sobre ella voy a discutir largamente al final. Su diagnóstico es tajante, casi una sentencia: "El Estado que no se empiece a meter con el tema de la inteligencia artificial a fondo va a estar en complicaciones." Para él, la lección del robotaxi y de la IA en los directorios es clarísima: el Estado tiene que ser el protagonista activo, el director de orquesta de la revolución tecnológica. Dejar eso librado al mercado, en su visión, es condenarse al atraso. Anotá bien esa frase en tu cuadernito de marciano, Carlos, porque es la tesis central que vamos a poner sobre la mesa cuando tomemos el café. Él dice "el Estado tiene que meterse a fondo". Yo voy a decir algo distinto. Pero todavía no. Falta camino.

Parada 3 — La fábrica inteligente: del "Hecho en China" al "Creado en China"

Tercera parada, y para mí una de las más cargadas de símbolo. Vamos a meternos en una fábrica de autos. Pero no en cualquier galpón ruidoso lleno de obreros con casco, Carlos. En algo distinto.

Durante décadas, "Hecho en China" fue una etiqueta que significaba barato, copia, descartable, cosa que se rompe a la semana. China era el taller del mundo: ponía las manos, la mano de obra masiva y barata, el músculo. Mientras tanto, el diseño, la marca, la patente, la inteligencia y la ganancia grande venían de afuera, de Estados Unidos, de Alemania, de Japón. China armaba el iPhone pero la plata se la llevaba Apple. Ese mundo, Carlos, se terminó. Y la fábrica que vamos a visitar lo demuestra de manera brutal.

Hay plantas automotrices en China —la de Changan es el ejemplo que tengo fresco— capaces de producir un auto nuevo completo cada sesenta segundos. Uno por minuto. Con procesos inteligentes conectados por redes 5G, de bajo consumo de carbono, altísima eficiencia, fruto de inversiones que superan los mil millones de dólares solo en automatización. Y no son autos cualquiera: son vehículos eléctricos que hoy compiten de igual a igual —o le ganan— a las marcas europeas y norteamericanas que dominaron el sector durante un siglo entero. Marcas chinas que hace diez años no existían hoy venden en media Europa.

El salto es ese, y quiero que lo veas en toda su dimensión: del "Hecho en China" al "Creado en China". Del país que ensamblaba lo que otros pensaban, al país que piensa lo que otros van a ensamblar. Y no pasa solo en los autos, Carlos. China entró por primera vez al top 10 del Índice Mundial de Innovación, y lidera el ranking mundial en cantidad de clústeres tecnológicos y en personal dedicado a investigación y desarrollo. Su inversión en I+D creció cerca del 50% respecto del quinquenio anterior. Te tiro algunos hitos para que dimensiones: una estación espacial propia orbitando la Tierra, un portaaviones de propulsión electromagnética, avances de punta en comunicación cuántica, producción de chips de alta gama pese al bloqueo norteamericano. El sector manufacturero chino lidera el ranking global desde hace quince años, y sus reservas de divisas siguen siendo las más grandes del mundo.

Te marco una cosa de método, Carlos, porque a mí esto me importa de verdad y no quiero que tragues cifras sin masticarlas: varios de estos datos vienen de fuentes oficiales chinas o de medios cercanos al gobierno, que tienden naturalmente a mostrar todo en su mejor ángulo. El dato del top 10 en innovación está respaldado por el Índice Mundial de Innovación, que es una fuente independiente y seria. El "auto cada sesenta segundos" lo reportó la prensa cubriendo una gira de inversores, así que tomalo como dato de la propia empresa. Cuando un número venga puramente de Pekín, te lo voy a señalar. Acá hay sustancia real y verificable, pero conviene siempre saber de qué boca sale cada cifra antes de creerla.

¿Y qué dice Vaca Narvaja? Justamente, una de sus tesis más insistentes y, te diría, una de sus mejores intuiciones, es exactamente esta: el paso "del Hecho en China al Creado en China". Tiene hasta un artículo publicado en Clarín con ese título. Él machaca con que el gran error de Occidente, y de Argentina en particular, es seguir mirando a China como una fábrica de baratijas cuando en realidad ya es una usina de creación tecnológica de frontera. Y en esto, Carlos, te confieso que coincido con él casi sin reservas. Es una corrección mental que cualquier argentino o español debería incorporar urgentemente antes de sentarse a negociar con los chinos, porque si los seguís viendo como el changuito que te ensambla cosas baratas, ya perdiste la negociación antes de empezarla. Acá el ex embajador tiene toda la razón, y se la doy con gusto.

Parada 4 — El pelo al huevo: la montaña de baterías que nadie quiere mirar

Pará, Carlos. Frená el entusiasmo un segundo. Antes de que te enamores del todo de esta postal futurista, te voy a llevar a un lugar que no aparece en ningún folleto turístico ni en ningún discurso oficial. Porque si yo solo te muestro lo que brilla, te estoy mintiendo, y yo no vine a China a hacer propaganda. Vine a entender. Y entender de verdad incluye, siempre, buscarle el pelo al huevo. Si no, sos un fanático, no un analista.

Todos esos autos eléctricos maravillosos de la parada anterior tienen un problema enorme escondido en la panza: la batería de litio. Y las baterías no duran para siempre, Carlos. Se degradan, pierden capacidad, se mueren. Y China, que es el mayor mercado y el mayor fabricante de vehículos eléctricos del planeta, está a punto de enfrentar una avalancha de basura tóxica de proporciones difíciles de imaginar.

Los números asustan de verdad. Según el propio Ministerio de Industria y Tecnología de la Información de China, para 2030 el país deberá gestionar más de un millón de toneladas de baterías usadas por año. Un millón de toneladas anuales. De algo que, mal manejado, provoca incendios, contamina el agua y el suelo, y libera sustancias químicas peligrosas. Cada batería de auto pesa cientos de kilos y contiene litio, níquel, cobalto, manganeso, cobre y aluminio. Si los recuperás bien, reducís la presión sobre la minería y reinyectás materiales valiosos a la cadena productiva. Si los manejás mal, es una bomba ambiental.

¿Y cómo lo está manejando hoy? Acá está la parte fea, la que el relato triunfal esconde bajo la alfombra: buena parte del reciclaje ocurre en circuitos informales o directamente ilegales. Se estima que alrededor del 75% de las baterías se recicla, pero gran parte de eso pasa por talleres clandestinos donde los trabajadores se exponen a químicos corrosivos sin protección, hay riesgo permanente de incendios, y las celdas reacondicionadas sin control de calidad pueden fallar en aplicaciones para las que nunca fueron diseñadas. Surge un mercado gris de intermediarios sin licencia que pueden pagar mejor que los recicladores formales, justamente porque se saltean todos los costos de protección ambiental, seguridad contra incendios y tratamiento de residuos que los legales sí tienen que pagar. Un estudio de 2026 advierte que, si nada cambia, el reciclaje formal podría estancarse en torno al 53% después de 2030. Es decir: casi la mitad de esa montaña tóxica podría terminar manejada al margen de todo control.

Ahora bien, Carlos, y acá soy escrupulosamente justo porque la honestidad tiene que cortar para los dos lados o no es honestidad: China no se está quedando de brazos cruzados mirando el problema. Desde el 1 de abril de 2026 entró en vigor una normativa que obliga a que cada batería de vehículo de nueva energía tenga una identidad digital, para poder rastrearla durante todo su ciclo de vida, desde que se fabrica hasta que se recicla, con sanciones para los recicladores no autorizados. La idea es que cada batería retirada quede asignada a un operador con licencia. Y en paralelo, en los laboratorios chinos desarrollaron técnicas capaces de recuperar más del 90% del litio usando únicamente agua y dióxido de carbono, una "química blanda" mucho más limpia que los métodos agresivos tradicionales a base de ácidos. Hay desde 2018 un sistema de "listas blancas" de recicladores aprobados que ya suma más de 150 empresas certificadas.

Te dejo el cuadro completo, sin maquillaje y sin demonización: un problema ambiental gigantesco, generado por la velocidad misma del éxito, que el Estado reconoció con cierto retraso y que ahora enfrenta con una mezcla de regulación dura e innovación tecnológica, cuyo resultado final todavía no conocemos. Esto, Carlos, es lo que pasa cuando un país avanza tan rápido que sus problemas también escalan a velocidad récord. No es el infierno que pintan algunos, ni el paraíso circular que pintan otros. Es un desafío real, a medio resolver.

¿Y qué opina Vaca Narvaja de esto? Y acá te tengo que marcar algo importante, Carlos, porque hace a cómo leer a cualquier fuente entusiasta: este es exactamente el tipo de punto que su relato celebratorio tiende a esquivar. Su narrativa se concentra en el esplendor tecnológico, en la vanguardia, en la oportunidad histórica. La montaña de baterías, los talleres clandestinos, el costo ambiental de crecer a este ritmo vertiginoso no ocupan un lugar central en su discurso. No es que mienta, cuidado, no le adjudico mala fe. Es que mira hacia la luz y deja la sombra, naturalmente, fuera del cuadro. Es lo que hace todo el que ama demasiado aquello que describe. Y por eso mismo, Carlos, yo nunca me quedo solo con una fuente, por más experta que sea: la completo con las que ella no cita, con los datos que no le convienen a su relato. Así se construye una mirada honesta, sumando las sombras que el entusiasta omite.

Parada 5 — El campus de Zhongguancun: la guerra mundial por los cerebros

Vamos al barrio que llaman el Silicon Valley chino, Carlos, en el noroeste de Pekín. Acá no hay fábricas humeantes ni puertos: hay universidades de élite, laboratorios, incubadoras de startups y, sobre todo, lo más valioso de todo, cabezas. Cerebros. Porque la verdadera carrera del siglo XXI no se gana solo con fábricas ni con dinero ni con chips. Se gana, en última instancia, con talento humano. Y en esta cancha está pasando algo que en Occidente recién ahora empiezan a entender, y lo entienden con pánico.

Dato duro, y este viene de fuentes independientes y prestigiosas, así que podés confiar plenamente: si tomamos las conferencias científicas más prestigiosas del mundo en inteligencia artificial como termómetro del talento, hoy alrededor del 37% de los mejores investigadores de IA del planeta trabajan en instituciones chinas, contra un 32% en instituciones de Estados Unidos. Y hay un hito simbólico que dice mucho: por primera vez, en la edición 2025 de NeurIPS —que es la conferencia de referencia mundial absoluta en el campo—, China superó a Estados Unidos en cantidad de trabajos científicos presentados. Si la tendencia se mantiene, los investigadores radicados en China podrían llegar a duplicar a los de Estados Unidos hacia 2028. Duplicar.

Y hay un detalle todavía más demoledor, Carlos, que muestra hasta qué punto se dio vuelta la tortilla: aproximadamente el 35% de los investigadores que hoy publican desde instituciones estadounidenses se graduaron en universidades chinas. O sea que una parte sustancial del músculo intelectual de la IA norteamericana depende de talento formado originalmente en China. Y con el clima geopolítico actual —restricciones de visados, recortes de financiación, desconfianza hacia los investigadores de origen chino— Estados Unidos está, sin querer, empujando a esa gente de vuelta a casa. Programas chinos como el "Plan de los mil talentos" les ofrecen plata, vivienda y financiación para que vuelvan. Es una sangría de cerebros, pero al revés de la que estábamos acostumbrados.

Hay un caso que resume toda la historia: DeepSeek. Una empresa china cuyos principales contribuyentes no pasaron por Stanford ni por el MIT, que se formaron íntegramente en China, y que a principios de 2025 sacaron un modelo de inteligencia artificial que sacudió al mundo entero, demostrando que se podía competir en la primera línea de la frontera tecnológica con una fracción del costo que gastaban los gigantes norteamericanos. El impacto de DeepSeek no fue solo técnico, Carlos, fue psicológico y económico: cambió la conversación global. Se dejó de discutir "¿pueden los chinos competir?" y se empezó a discutir "¿cuánto van a presionar el precio de todo el mercado?". Después de DeepSeek llegaron en cascada Qwen de Alibaba, Kimi de Moonshot AI, y la lista se renueva todos los meses. La estrategia china tiene una marca distintiva y muy inteligente: código abierto, costos bajos, despliegue masivo. No necesitan ganar todos los premios ni dominar todos los rankings de prestigio; les alcanza con volver la tecnología tan barata y tan distribuida que termine metida en todas partes, en cada empresa, en cada teléfono, en cada proceso.

Su límite real, para ser justos y no caer en el papelón de subestimarlos ni de sobreestimarlos, sigue siendo el acceso a los chips más avanzados y a las herramientas de fabricación de última generación, donde Estados Unidos todavía les lleva ventaja y les pone trabas activamente con bloqueos a la exportación. Pero la distancia técnica se achica a una velocidad que hace cinco años nadie en su sano juicio hubiera apostado.

Esto, Carlos, es lo que más me obsesiona de todo el viaje, te lo confieso. Porque un país que produce talento propio a esta escala no está comprando el futuro con la chequera, como hacen otros: lo está fabricando en casa, en estas aulas, con estos pibes. Y eso es mucho más difícil de bloquear y mucho más duradero.

¿Y qué dice Vaca Narvaja? Para él, todo esto es la prueba final y definitiva de su tesis central: que la soberanía tecnológica es una cuestión de poder nacional, de seguridad, de supervivencia estratégica, y no un lujo ni un capricho. En una columna reciente, de junio de 2026, fue durísimo con Javier Milei, y vale la pena que escuches su argumento completo porque está bien construido. Vaca Narvaja sostiene que hay algo paradójico en la propuesta de Milei para la IA: mientras Estados Unidos, China y la Unión Europea consideran que la inteligencia artificial es una cuestión estratégica ligada al poder nacional, la seguridad y la competitividad industrial, Milei propone exactamente lo contrario —reducir la intervención estatal al mínimo y confiar en que el mercado resuelva solo los desafíos de la nueva revolución. Para Vaca Narvaja eso es un error histórico de proporciones. Y remata con una pregunta que, te reconozco, es genuinamente buena: dice que la discusión contemporánea ya no gira en torno a "cuánto Estado o cuánto mercado", sino en torno a otra cosa: quién controla las infraestructuras tecnológicas que van a organizar la economía, la información, la producción de conocimiento y, cada vez más, las decisiones colectivas. Guardá bien esta discusión en tu cabeza de marciano, Carlos. Porque es exactamente la que vamos a tener vos y yo, mano a mano, en el café del aeropuerto. Y te adelanto que su pregunta es buena, pero la respuesta que él le da no es la única posible.

Parada 6 — El Gran Salón del Pueblo: cómo funciona de verdad el Partido

Esta es la parada que más me costó conseguir, Carlos, porque acá no entran los turistas ni los curiosos. Pero es, sin discusión, la más importante de todas, porque sin entender el Partido Comunista de China no entendés absolutamente nada de todo lo demás. Todo lo que viste hasta ahora —los robotaxis, las fábricas que escupen un auto por minuto, los laboratorios de IA, la montaña de baterías— todo eso cuelga de esta estructura. El Partido es el sistema operativo sobre el que corre todo el país. Así que sentate cómodo, que esto es denso y largo, y vale cada minuto que le dediquemos.

Empecemos por el tamaño, para que dimensiones la bestia. El Partido tiene alrededor de 96,7 millones de miembros. Casi noventa y siete millones. Es como si toda la población de Alemania, más un buen pedazo extra, fuera militante de una sola organización política. Pero lo verdaderamente interesante no es el número, Carlos: es la forma. Imaginate una pirámide perfecta, muy alta y muy empinada.

En la base ancha, esos casi 97 millones de militantes de a pie. Por encima de ellos, el Congreso Nacional del Partido, que reúne a más de dos mil delegados y se convoca una vez cada cinco años. De ese Congreso sale el Comité Central, unos 205 miembros titulares más alrededor de 170 suplentes, que se reúne una vez al año. El Comité Central, a su vez, elige al Politburó: 25 personas, la elite. Y el Politburó elige a la cúspide absoluta, el pináculo del poder en China y por lo tanto uno de los lugares más poderosos del mundo entero: el Comité Permanente del Politburó, que hoy tiene 7 miembros. Siete personas. El número siempre es impar, Carlos, por una razón práctica y reveladora: para que nunca pueda haber empate en las votaciones internas. Y en la punta de todo, presidiendo ese Comité Permanente, está el Secretario General, que hoy es Xi Jinping, y que además acumula otros dos cargos decisivos: es jefe del Estado (presidente de la República) y jefe del Ejército (presidente de la Comisión Militar Central). Tres sombreros, una sola cabeza. Desde 2013, esos tres cargos los concentra el mismo hombre, algo que se hizo deliberadamente para evitar las luchas internas por el poder.

Pero lo que de verdad quiero que entiendas, Carlos —y acá viene lo que a mí, como estudiante de derecho obsesionado desde hace años con la reforma del empleo público, me vuela literalmente la cabeza— es cómo se sube por esa pirámide. Porque no se sube principalmente por dedo, ni por ser amigo del poderoso, al menos no en los niveles intermedios. Se sube por una carrera larguísima, exigente y medida, que los chinos heredaron, sin ninguna exageración, de su sistema imperial de hace más de dos mil años.

Escuchame esto bien, porque es hermoso e inquietante a la vez. China es, desde antes de Confucio, una civilización de funcionarios. A diferencia de Europa, donde para gobernar había que ser noble de cuna, en China imperial no había nobleza hereditaria que monopolizara el poder: había exámenes. Vos te ganabas tu puesto en la burocracia imperial rindiendo pruebas durísimas, y ese puesto no se heredaba, no pasaba automáticamente de padre a hijo. El mérito demostrado, no la sangre. Ese sistema de oposiciones imperiales, con dos milenios de historia, mutó y sobrevivió hasta transformarse en lo que hoy es el cursus honorum del Partido Comunista. Para ascender de verdad hay que pasar por muchísimos cargos sucesivos, desde los más humildes en condados perdidos hasta los más complejos en provincias gigantescas, y hay que hacerlo bien, con resultados medibles y evaluados. La Escuela Central del Partido funciona como el gran filtro que examina, forma y pule a los que parecen destinados a subir hacia el Politburó. Te evalúan todos los años. Y las provincias son el campo de prueba decisivo: fijate que de las 31 provincias chinas, 25 superan en PIB a toda la provincia de Buenos Aires, y más de la mitad la duplican o triplican. A un dirigente lo mandan a gobernar una de esas regiones, que tiene el tamaño y la economía de un país europeo entero, y si le va bien, sube; si fracasa, ahí se quedó para siempre. Es un sistema de promoción por desempeño territorial probado.

Y acá, Carlos, hay un detalle que como estudiante de derecho me dejó pensando una semana entera, porque pone patas para arriba algo que nosotros damos por obvio. En Argentina, y en casi toda democracia, para presentarte a un cargo tenés que tener algún vínculo con el lugar. Nuestra Constitución lo dice con todas las letras: para ser diputado o senador hay que "ser natural de la provincia que lo elija, o con dos años de residencia inmediata en ella" —son los artículos 48 y 55, me los sé de memoria—. Para gobernador de Buenos Aires te piden cinco años de domicilio en la provincia. La lógica es intuitiva: gobernás el lugar al que pertenecés, el lugar cuyo destino compartís. Te aclaro que en la práctica argentina esto se cumple con bastante elasticidad —hubo más de un candidato que se mudó de domicilio justo a tiempo para poder postularse en otro distrito, y la Justicia electoral suele hacer la vista gorda—, pero el principio está: algún arraigo tenés que mostrar.

Bueno, en China es exactamente al revés, y a propósito. No es que no te exijan ser del lugar: es que te lo prohíben. Tienen una norma que viene de las dinastías imperiales y que el Partido mantiene vigente: la llaman "regla de evitación". Un alto cuadro no puede gobernar la región donde creció. ¿Por qué? Para cortar de raíz las lealtades familiares, los compadrazgos, las redes de favores locales, toda esa telaraña de intereses que en un pueblo donde te conocen desde chico te ata las manos. Lo mandan a gobernar lejos, entre desconocidos, donde nadie le debe nada y a nadie le debe. Y encima lo rotan: si estás diez años en el mismo puesto, te mueven sí o sí.

Mirá la diferencia de fondo, Carlos, porque es enorme. En nuestra lógica, gobernás tu lugar porque vas a rendirle cuentas a tu gente, a tus vecinos, a los que te van a cruzar en el supermercado. El control viene de abajo, del voto y de la cara que tenés que dar. En la lógica china, gobernás un lugar ajeno justamente para que no le rindas cuentas a nadie de abajo, sino solo hacia arriba, al Partido que te evalúa y te promueve. Son dos filosofías opuestas del poder. Y ojo, no te vendo la china como perfecta: rompe el clientelismo local, sí, pero a costa de que el gobernante no le responda al pueblo que gobierna sino al aparato que lo nombró. Otra vez la misma pregunta de siempre, la que te hago en cada parada: ¿el control viene del pueblo, o viene del propio poder vigilándose a sí mismo? En esto, China elige siempre lo segundo.

Carlos, te voy a confesar algo personal. Yo vengo trabajando hace tiempo en una propuesta de reforma del empleo público para Argentina, mirando justamente el modelo de las oposiciones españolas y el Sistema de Alta Dirección Pública de Chile. La idea de fondo es un Estado donde los puestos se ganan por mérito demostrado y no por militancia ni por amiguismo político, donde existe una carrera profesional estable y separada de los cargos políticos de turno. Y resulta que el ejemplo más extremo, más antiguo y más radical de eso está acá, en el lugar más improbable del mundo: un Partido Comunista que recluta y promueve, en buena medida, por capacidad demostrada. Hay una frase que lo resume y que me persigue: en China, si sos bueno en algo, si de verdad destacás, el Partido te busca a vos. Es exactamente el proceso inverso al de la vieja y podrida burocracia soviética, que premiaba la lealtad ciega por encima de cualquier capacidad. Ahí, en ese punto preciso, China me da una lección que yo quiero para mi país. Anotalo.

Y hay un detalle que me pediste especialmente que investigue, Carlos, y que es de verdad revelador: la formación profesional de la cúpula. Durante décadas, la dirigencia china estuvo dominada por ingenieros. Xi Jinping estudió ingeniería química. Sus predecesores en el cargo, también ingenieros en su mayoría. Mientras en Occidente las cúpulas de poder se llenan de abogados, economistas y politólogos —gente formada esencialmente para debatir, litigar y persuadir—, China promovió durante toda su etapa de despegue a gente formada para construir y resolver problemas físicos concretos. No te digo que una cosa sea intrínsecamente mejor que la otra, sería una simpleza. Pero pensá en cómo eso moldea la manera de gobernar un país: un ingeniero tiende a ver un país como un sistema a optimizar, con cuellos de botella que destrabar y procesos que mejorar, no como un debate retórico que ganar. Eso explica en parte la obsesión china con la infraestructura, con los plazos, con los planes quinquenales medibles. Te marco con honestidad que en la generación más reciente esto se está diversificando hacia las ciencias sociales, la economía y el derecho, ya no son todos ingenieros. Pero el sello ingenieril de la era del despegue es innegable y dejó marca.

Ahora, Carlos, la pregunta del millón, la que vale toda la parada: ¿quién viene después de Xi? ¿Quién lo reemplaza cuando ya no esté? Y acá está, paradójicamente, la grieta más profunda y peligrosa de todo este sistema aparentemente perfecto. La respuesta honesta es: no se sabe. Y eso es un problema gravísimo.

Durante décadas, China había logrado algo rarísimo, casi único para un régimen autoritario: transiciones de poder ordenadas, previsibles y pacíficas. Existía una norma no escrita, el "siete sube, ocho baja" (a los 67 te podés quedar, a los 68 te retirás), y los líderes gobernaban dos mandatos de cinco años y se iban a su casa, entregando el poder a un sucesor cuidadosamente preparado con años de anticipación. Era la gran innovación política china post-Mao: domesticar la sucesión, esa bestia que mata a casi todas las dictaduras. Xi rompió todo eso. En 2018 hizo eliminar de la Constitución el límite de dos mandatos. Y desde entonces no ungió a ningún sucesor, no preparó a nadie para reemplazarlo. Hoy, a sus 72 años, los analistas esperan que entre en un cuarto mandato en el otoño de 2027, y la razón principal que dan es justamente esa: que no hay un sucesor designado, con lo cual no irse se vuelve casi la única opción.

¿Los nombres que suenan en las quinielas? Su mano derecha, Ding Xuexiang, miembro del Comité Permanente, que dirige nada menos que la flamante Comisión Central de Ciencia y Tecnología —fijate qué señal, le dieron el área que China considera más estratégica—. También suena Chen Min'er como estrella ascendente, y algunos perfiles jóvenes vinculados a tecnología y defensa como Yin Li. Pero la verdad cruda es que Xi no señaló a nadie como heredero. Y eso, Carlos, escuchame bien, es la mayor debilidad estructural del hombre más poderoso del planeta: un sistema que concentró todo el poder en una sola persona para "ser más eficiente" se quedó, en el camino, sin un mecanismo confiable para reemplazar a esa persona sin que se derrumbe todo el edificio. Concentrar poder y resolver la sucesión son objetivos que se contradicen. Es una bomba de tiempo en el sótano del rascacielos.

Y hay algo más, todavía más reciente y más revelador, que tenés que conocer para entender la verdadera naturaleza de este poder. La famosa campaña anticorrupción de Xi, que lleva más de una década y que él presenta como una cruzada por la limpieza del Estado, tuvo en 2025 y 2026 un capítulo brutal. El Comité Central confirmó la expulsión de catorce de sus propios miembros por corrupción. Pero lo más impactante fue en el Ejército: de los seis miembros de la Comisión Militar Central (sin contar a Xi), cinco fueron destituidos o investigados. Cayó el general He Weidong, vicepresidente de la Comisión. Cayó el almirante Miao Hua. A principios de 2026 quedó bajo investigación nada menos que Zhang Youxia, el segundo en la jerarquía militar y hombre cercanísimo a Xi, acusado en algunas versiones hasta de filtrar información del programa nuclear. Un ex ministro de Agricultura fue condenado a pena de muerte suspendida por aceptar sobornos de 37 millones de dólares. La Comisión Militar Central, el órgano que comanda al ejército más grande del mundo, quedó reducida prácticamente a dos personas: Xi y el jefe de la propia comisión disciplinaria que ejecuta las purgas.

Acá es donde tenés que afinar la mirada, Carlos, y no comerte el relato oficial. La campaña anticorrupción es, en parte, genuinamente eso: hay corrupción sistémica real y el Estado la combate. Pero es también, y al mismo tiempo, un instrumento finísimo para eliminar facciones rivales y consolidar el poder personal de un hombre. Porque China nunca fue un bloque monolítico: históricamente convivieron facciones, como la "Facción de Shanghái" ligada a Jiang Zemin y los intereses económicos del este, o la "Tuanpai", la facción de la Liga de la Juventud Comunista ligada a Hu Jintao. Xi se propuso aniquilar esas divisiones para concentrar el mando, y en buena medida lo logró. Pero cuando usás la lucha contra la corrupción como arma para purgar a tus rivales, el mensaje que mandás hacia abajo es de miedo, no de integridad. Y un aparato que se mueve por miedo a la purga no es lo mismo que un aparato que se mueve por mérito. Ahí, Carlos, la maquinaria meritocrática que tanto admiré dos párrafos atrás muestra su otra cara, la siniestra.

¿Y qué dice Vaca Narvaja de todo esto? Él admira profundamente —y con argumentos— esta capacidad china de planificación de largo plazo y de formación rigurosa de cuadros dirigentes. De hecho, una de sus banderas más insistentes es que Argentina debería reformar su decadente servicio exterior y su Estado entero tomando nota de cómo China profesionaliza y selecciona a su dirigencia. Y en eso, Carlos, mirá lo que te digo, coincido con él casi por completo, y no es nada fácil para mí coincidir tanto con un kirchnerista. La crítica a la improvisación y al amiguismo del Estado argentino es justísima. Donde me bajo del tren, y me bajo fuerte, es en el paso siguiente: cuando esa admiración legítima por la capacidad estatal se desliza, sin que casi se note, hacia la justificación del poder concentrado y sin límites. Admirar que China seleccione bien a sus cuadros no me obliga a aceptar que Xi purgue a su ejército para reinar sin sucesor. Una cosa es la capacidad; la otra es la dominación. Pero a esa distinción crucial llegamos en el café, que ya falta poco.

Parada 7 — El puerto de Shanghái: el tablero del mundo entero

Vamos al puerto de Shanghái, Carlos, el más grande y movido del planeta. Quedate un rato largo mirando los barcos, las grúas que parecen dinosaurios de acero, los contenedores apilados hasta el horizonte como ladrillos de un lego infinito. Porque desde acá, desde este muelle, se entiende cómo China dejó de jugar al ajedrez dentro del tablero que armaron otros, y se puso, lisa y llanamente, a rediseñar el tablero de todos.

El proyecto se llama la Iniciativa de la Franja y la Ruta —Belt and Road Initiative, o BRI por sus siglas en inglés—. Xi Jinping la lanzó en 2013 y la bautizó, sin falsa modestia, "el proyecto del siglo". La idea, dicha en criollo para que la entendamos vos y yo: China financia y construye infraestructura física por medio mundo —puertos, autopistas, ferrocarriles, represas, centrales eléctricas, cables de fibra óptica, satélites— conectando decenas de países entre sí, pero con ella, China, en el centro de la telaraña. Es la vieja Ruta de la Seda del siglo XXI, pero hecha de cemento, acero, fibra óptica y datos. Tiene cinco áreas declaradas: coordinación de políticas, conectividad de infraestructura, libre comercio e inversión, integración financiera (con el yuan internacionalizándose y el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura como pieza clave) y los famosos "lazos entre los pueblos".

¿Qué tan grande es esto? Agarrate, Carlos. El comercio de China con los países socios de la Franja y la Ruta creció más del 14% interanual y ya representa alrededor del 51% de todo su comercio exterior. Más de la mitad. Y el dato que lo resume todo: China es hoy el principal socio comercial de más de 150 países en el mundo. Pensalo bien: para la enorme mayoría de las naciones del planeta, incluida buena parte de América Latina, el mayor socio comercial ya no es Estados Unidos ni Europa. Es China. El epicentro económico del mundo se está corriendo de orilla, y este puerto es el símbolo físico de ese corrimiento.

Para los países que entran al esquema, la oferta china es tentadora, casi irresistible: plata e infraestructura que nadie más te ofrece, y encima sin los sermones sobre derechos humanos, transparencia o reformas institucionales que vienen pegados a los préstamos occidentales o del FMI. China no te pregunta cómo gobernás; te construye el puerto y listo. Pero acá te pongo la alerta roja, Carlos, porque esto nos toca de cerca, en la herida, a los latinoamericanos. Hay un riesgo que tiene nombre técnico: "reprimarización". Muchos países terminan exportando a China casi exclusivamente materias primas —soja, litio, cobre, carne, minerales— e importando de China la manufactura y la tecnología con valor agregado. ¿Qué significa eso en la práctica? Que te volvés más rico en lo inmediato, sí, pero más dependiente, menos industrializado y más vulnerable en el largo plazo. Cambiás autonomía futura por crecimiento presente. A veces el trato conviene; a veces es una trampa endulzada. Todo depende de cómo negocies, de qué condiciones impongas, de si tenés un plan propio o si simplemente agarrás lo que te ofrecen. Y ahí está, Carlos, todo el drama argentino: un país que históricamente negocia mal, sin estrategia de Estado, cambiando de rumbo cada cuatro años, frente a un socio que planifica a cincuenta años vista.

¿Y qué opina Vaca Narvaja? Para él, la Franja y la Ruta es una oportunidad histórica de primer orden para Argentina y para toda América Latina, y la complementariedad entre las dos economías es, en sus palabras, "absoluta". Y tiene un argumento concreto y fuerte: China tiene un problema estructural serio, porque solo el 15% de su territorio es cultivable y con eso tiene que alimentar a más de 1.400 millones de personas. Necesita desesperadamente los alimentos, la energía y los recursos que a nosotros nos sobran. Él lo grafica bien: cuando China perdió el 40% de su stock porcino por una peste, necesitaba cubrir millones de toneladas de carne, y ahí ve una oportunidad gigante para Argentina. Tiene razón en la complementariedad, Carlos, es un hecho objetivo. Donde yo pongo el freno de mano es en su optimismo sobre los términos de ese intercambio. Que exista complementariedad no significa, ni por asomo, que el acuerdo vaya a ser simétrico o justo. Y cuando uno de los dos lados de la mesa es veinte veces más grande, tiene un plan de medio siglo y una burocracia entrenada por dos mil años de estatecraft, mientras el otro lado improvisa y cambia de canciller cada temporada, no hace falta ser Maquiavelo para adivinar quién va a poner las condiciones del contrato. La complementariedad es real; la igualdad en la negociación es una ilusión peligrosa.

Parada 8 — La postal incómoda: Carlos, ¿acá se puede decir lo que uno piensa?

Frenamos el viaje turístico de golpe, Carlos, porque te veo demasiado deslumbrado con las grúas y los rascacielos, y necesito que mires ahora lo otro. Lo que no brilla. Lo que ningún folleto te muestra y ningún funcionario te menciona.

Sin darte cuenta, hiciste la pregunta más importante de todo el viaje apenas llegamos, cuando me miraste y dijiste, con esa ingenuidad marciana tuya: "Ignacio, ¿acá la gente puede decir lo que quiere?" Y la respuesta honesta, la que te debo como amigo, es: no. No como vos y yo lo entendemos. No como un derecho que el poder no te puede tocar.

China es un Estado de partido único. No hay elecciones competitivas y libres para elegir al gobierno; el Partido Comunista es el único partido que gobierna desde 1949 y no se discute que pueda perder el poder en las urnas, porque no hay urnas que puedan sacárselo. El Partido está adentro de todo, capilarmente: la gran mayoría de las empresas privadas chinas, incluso las gigantes tecnológicas que tanto admiramos en las paradas anteriores, tienen una célula del Partido funcionando dentro de su estructura organizativa. La prensa no es libre: los grandes medios son del Estado o están controlados, y el periodismo crítico independiente es prácticamente imposible. Internet está filtrado por lo que el mundo conoce como el Gran Cortafuegos, que bloquea el acceso a buena parte de la web global y vigila lo que circula puertas adentro.

Y la concentración de poder que logró Xi Jinping no tiene precedentes recientes. Cuando en 2018 hizo eliminar el límite de dos mandatos presidenciales, mandó una señal inequívoca al mundo y a su propio Partido: las reglas que durante décadas habían garantizado transiciones ordenadas y pacíficas se podían romper si al hombre fuerte le convenía romperlas. Sumale las purgas militares que te conté en la parada anterior, y el cuadro se completa: un poder que se concentra, que elimina a sus rivales internos con el arma de la "anticorrupción", y que no acepta contrapesos.

Y acá viene lo que de verdad me eriza, Carlos, como persona formada en cierta tradición. Hay un sistema de vigilancia sobre los ciudadanos que, combinado con toda esa potencia descomunal de inteligencia artificial que admiramos en el campus de Zhongguancun, da escalofríos genuinos. Porque la misma tecnología prodigiosa que hace que tu auto se maneje solo puede hacer —y hace— que el Estado sepa en tiempo real dónde estás, qué comprás, qué leés, con quién hablás y por dónde caminás. Reconocimiento facial en cada esquina, rastreo digital de cada movimiento. La herramienta tecnológica en sí misma es neutra, Carlos, no es ni buena ni mala. Lo que define todo es quién la controla y con qué límites. Y cuando quien la controla es un poder sin contrapesos, esa misma maravilla técnica se transforma en la jaula más sofisticada jamás construida.

Te lo pongo en mis términos, Carlos, los términos exactos con los que yo miro el mundo desde que empecé a estudiar estas cosas. A mí me formó una tradición de pensamiento que se hace siempre, ante cualquier poder, la misma pregunta brutal y simple: ¿este poder está sujeto a límites externos, o no? ¿Hay alguien o algo que pueda decirle "no" al que manda y hacerlo cumplir? En China, la respuesta es que el poder del Partido no tiene un contrapeso externo real. No hay una justicia independiente que pueda frenar al Comité Permanente —el poder judicial no es autónomo del Partido—. No hay una prensa libre que pueda investigar y voltear a un dirigente corrupto desde afuera. No hay una oposición política que pueda ganar una elección y desalojar al gobierno. Existe control, sí, pero es control interno: la temida Comisión Central de Inspección Disciplinaria, que persigue la corrupción dentro del propio Partido. Pero eso, Carlos, escuchame bien la diferencia, es el poder vigilándose a sí mismo. No es el pueblo vigilando al poder. Es el zorro cuidando el gallinero, por más eficiente y temido que sea ese zorro.

Esta parada, Carlos, es exactamente la que no me deja comprar el paquete completo por más fascinado que esté con los robotaxis y los laboratorios. Es la línea que yo, como hombre que cree que la libertad no se negocia, no puedo cruzar. Y es la antesala perfecta, necesaria, para la conversación que tenemos pendiente y que ya no podemos postergar más.

¿Y qué dice Vaca Narvaja de esto? Y acá, te soy completamente franco porque te lo prometí desde el principio: este es el punto más débil, más flojo, de toda su mirada sobre China. En su relato, esta dimensión —la libertad, los contrapesos, el costo humano y político del modelo, la vigilancia— prácticamente no aparece, o cuando aparece se relativiza presentándola como una "particularidad cultural china" o como un "modelo distinto y válido de democracia" que Occidente no estaría capacitado para entender. Es, sin vueltas, la zona ciega de su entusiasmo. Y te dejo una regla general que me sirve a mí y te va a servir a vos para leer a cualquier experto sobre cualquier cosa, Carlos: cuando alguien te explica maravillosamente bien cómo funciona una maquinaria, con lujo de detalles técnicos, pero evita sistemáticamente la pregunta sobre a qué costo funciona y a quién aplasta en el camino, ahí, en ese silencio preciso, es donde el analista experto le cede el micrófono al militante de una causa. Por eso te traje yo a esta parada incómoda, que él jamás incluiría en su itinerario soleado. Porque un viaje honesto tiene que incluir las habitaciones que el anfitrión preferiría mantener cerradas.

Parada 9 — Argentina y España frente al dragón

Última parada antes del aeropuerto, Carlos, y quiero que prestes especial atención a esta, porque me toca en lo más personal. Yo soy argentino y vivo en España. Tengo, literalmente, un pie en cada una de estas dos orillas que hablan mi mismo idioma. Y son dos países que se paran de maneras muy distintas frente a este gigante que acabamos de recorrer. Comparar cómo se relaciona cada uno con China nos va a enseñar más sobre nosotros mismos que sobre los chinos.

Argentina primero. La relación es vieja, intensa y profundamente desigual. China es uno de los principales financistas del país: están presentes sus grandes bancos estatales (el ICBC, el Banco de Desarrollo de China, el EximBank, el Bank of China), Argentina ingresó al Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, y hay inversión china en obras ferroviarias como el Belgrano Cargas y el Roca, en las represas del sur, en proyectos de energía nuclear, en el litio. El patrón es exactamente el que vimos desde el puerto de Shanghái: Argentina exporta materias primas —soja, carne, litio, minerales— y a cambio recibe financiamiento e infraestructura. La complementariedad es real, ya lo discutimos. Pero también es real, y enorme, el riesgo de quedar congelado como simple proveedor de granos y minerales de una potencia que diseña el futuro tecnológico mientras vos le mandás porotos. Y encima Argentina arrastra el problema de su propia inestabilidad crónica: negocia distinto cada cuatro años, cambia las reglas, se pelea y se reconcilia según el gobierno de turno, lo que la deja siempre, invariablemente, en posición de debilidad frente a un socio que planifica a medio siglo y nunca improvisa.

España después, y acá la cosa se pone fascinante y muy actual. España tomó una decisión estratégica audaz: jugar a ser la puerta de entrada del capital chino a Europa. En abril de 2026, Pedro Sánchez visitó China por cuarta vez en cuatro años —un récord absoluto para cualquier líder europeo, una insistencia que dice mucho—. En esa visita firmó alrededor de 19 acuerdos bilaterales e institucionalizó un mecanismo llamado "Diálogo Estratégico Permanente", algo que China solo tiene con socios muy selectos. El objetivo declarado de Sánchez fue clarísimo: atraer inversión china en vehículos eléctricos, baterías, energía limpia, drones e inteligencia artificial, posicionando a España como el destino preferido del capital chino en Europa, justo en el momento en que Alemania y Francia adoptan posturas mucho más confrontativas y desconfiadas. Sánchez llegó a decir que elevó la interlocución política con China "al mayor nivel de los últimos cincuenta y tres años". Y hay inversiones concretas aterrizando: una gigafábrica de baterías en Navarra con 400 millones de euros y mil empleos prometidos, plantas de materiales para baterías en Mérida, fabricantes de autos eléctricos chinos instalándose en suelo español.

Pero acá está el pelo al huevo, Carlos, porque a España también hay que buscárselo, faltaba más, que para criticar a todos soy parejo. El déficit comercial español con China es descomunal y creciente: ronda los 42.000 millones de euros. España le compra a China muchísimo más de lo que le vende. El intercambio total bordea los 60.000 millones de euros, pero está brutalmente desequilibrado en contra de España. Sánchez habla de "reequilibrar" y de buscar "reciprocidad", pero por ahora tiene pocas herramientas reales para lograrlo, y lo sabe. Hay más arrugas incómodas: en su última gira viajó casi sin representación de las grandes empresas españolas —en parte por su propio enfriamiento con el empresariado del Ibex—, y visitó la sede de ZTE en lugar de la de Huawei, lo que generó ruido en el sector. Y todo esto mientras Bruselas presiona para excluir a Huawei de las infraestructuras críticas europeas y Estados Unidos mira con creciente recelo el coqueteo de Madrid con Pekín. España, entonces, hace un equilibrio difícil sobre una cuerda floja: quiere el capital chino sin romper con Washington ni con la Unión Europea. Un juego peligroso.

El contraste entre los dos países, Carlos, es la verdadera lección de esta parada, y prestá atención porque es sutil. Argentina se relaciona con China desde la necesidad pura —necesita la plata, necesita el financiamiento, está con el agua al cuello—. España intenta relacionarse desde la estrategia —quiere usar a China como una pieza en un tablero geopolítico más grande, sacar ventaja de su posición—. Son actitudes muy distintas, casi opuestas. Pero fijate la ironía profunda, la que de verdad importa: a los dos les falta exactamente lo mismo. A los dos les falta capacidad estatal de largo plazo para negociar de igual a igual con un coloso que nunca improvisa. Y mirá el resultado, Carlos, mirá bien: el déficit comercial y la dependencia aparecen tanto en el país "desordenado" (Argentina) como en el país supuestamente "ordenado" (España). El problema de fondo, entonces, no es ideológico, no es de izquierda o de derecha, no es de peronismo o socialismo. Es de capacidad institucional. Y ahí, otra vez, volvemos a la palabra que te pedí que guardaras allá en el aeropuerto, en la primera parada. Capacidad. Todo, absolutamente todo, vuelve a esa palabra.

¿Y qué opina Vaca Narvaja? Su lectura es coherente con todo lo suyo: sostiene que Argentina debería abrazar mucho más fuerte la relación con China e integrarse de lleno al bloque de los BRICS, y que el alineamiento de Milei con Estados Unidos e Israel es, en sus palabras textuales, una "doble subordinación" —política a Washington y económica a Pekín al mismo tiempo—, lo peor de los dos mundos posibles. Y mirá, Carlos, tiene un punto válido cuando señala la incoherencia de pelearse retóricamente con China mientras se sigue dependiendo económicamente de ella. Esa contradicción existe y es real. Pero su solución —abrazar fuerte a China, tirarse de cabeza a los BRICS— ignora precisamente lo que descubrimos juntos en la parada anterior, la incómoda: que sin un Estado capaz, con reglas estables y contrapesos internos, "abrazar" a un gigante no es asociarse con él en pie de igualdad. Es subordinarse de otra manera, cambiar de patrón. Y déjame decírtelo con todas las letras, porque es el núcleo de mi desacuerdo con él: cambiar de amo no es lo mismo que ser libre. Un país que pasa de depender del FMI a depender del Banco de Desarrollo de China no se liberó de nada; apenas cambió de acreedor. La verdadera soberanía no es elegir bien a quién te subordinás. Es construir la capacidad propia para no tener que subordinarte a nadie.

El café del aeropuerto: "¿Y por qué nosotros no hacemos esto?"

Llegamos al final del viaje, Carlos. Estamos sentados en el café del aeropuerto de Pekín, con las valijas a un costado, esperando que anuncien nuestro vuelo de vuelta. Afuera, a través del ventanal, todavía se ve esa ciudad imposible que recorrimos. Y vos, removiendo el café que ni te gusta porque los marcianos no toman cafeína, me hacés por fin la pregunta que yo sabía desde el principio que ibas a hacer. La pregunta que cualquier persona honesta se hace después de ver todo esto con sus propios ojos:

—Ignacio, si China logró todo esto que vimos, si sacó a 800 millones de personas de la pobreza, si fabrica el futuro... ¿por qué Argentina y España no hacen lo mismo? ¿Por qué no copiamos directamente el modelo y listo?

Y acá, Carlos, te tengo que dar la respuesta más honesta que tengo guardada. Que es también, te lo confieso, la más incómoda para mí mismo, porque me obliga a poner sobre esta mesita de café quién soy yo, en qué creo y por qué.

Vaca Narvaja, nuestro guía de lujo durante todo el recorrido, el hombre que vio con sus ojos lo que nosotros apenas imaginamos, tiene una respuesta clara y la repite en cada entrevista, en cada columna, en cada charla: la lección de China, dice, es que el Estado tiene que meterse a fondo. Planificar, dirigir, conducir, controlar las infraestructuras estratégicas, ser el protagonista. "El Estado que no se meta con la IA va a estar en complicaciones", nos dijo allá en la parada del robotaxi. Para él, China demuestra de manera contundente que más Estado es mejor, y que gente como Milei —o como yo, que vengo de la misma desconfianza hacia el Estado grande— estamos profundamente equivocados.

Y acá es donde yo, Carlos, con todo el respeto del mundo por lo que este hombre vio y sabe —y es muchísimo—, me bajo del tren. Me bajo con firmeza. Porque creo, con todas mis convicciones, que está leyendo mal la lección. Que sacó la conclusión equivocada de las premisas correctas.

Dejame explicártelo despacio, con el último café, porque es lo más importante de todo el viaje y no quiero que se pierda en el apuro del embarque.

Hay una diferencia enorme, abismal, entre un Estado capaz y un Estado grande. No son lo mismo, Carlos, aunque casi todo el mundo los confunde permanentemente, y esa confusión es la madre de muchísimos errores políticos. Prestá atención a la distinción porque es todo. Lo que hace verdaderamente exitosa a China no es la cantidad de Estado que tiene. Es la capacidad de su Estado. Un Estado que planifica con horizonte de décadas y no de trimestres. Un Estado que recluta y promueve a sus dirigentes por mérito demostrado y no por amiguismo ni por militancia. Un Estado que sostiene reglas estables a lo largo del tiempo, que no las cambia con cada humor del gobernante. Un Estado que cuando dice que va a construir algo, lo construye, y cuando fija una meta a diez años, la cumple. Esa capacidad —el reclutamiento meritocrático heredado del sistema imperial que tanto me deslumbró en la parada del Partido, la continuidad de los planes quinquenales, la seriedad institucional, la obsesión por la infraestructura— eso es lo que produce los resultados que vimos. Y eso, Carlos, escuchame bien porque es la clave de todo: eso es perfectamente compatible con un Estado limitado. Un Estado puede ser enormemente capaz y al mismo tiempo pequeño en su alcance. Capacidad y tamaño son dos ejes distintos, no el mismo eje.

El error de razonamiento —el de Vaca Narvaja y el de tantos que miran a China— es este, y te lo dibujo paso a paso: "China planificó mucho y le fue bien. Por lo tanto, planificar mucho es bueno. Por lo tanto, cuanto más Estado, mejor." ¿Ves el salto tramposo en el medio, Carlos? Porque junto con esa capacidad estatal admirable vienen, pegados, en el mismo paquete, el partido único, la ausencia total de contrapesos, la vigilancia masiva, las purgas, la falta de libertad que tocamos con la mano en la parada incómoda. Y entonces la pregunta decisiva, la que nadie quiere hacerse, es esta: ¿cómo sabés cuál de los dos ingredientes produjo el crecimiento? ¿Fue la capacidad técnica del Estado, o fue la ausencia de libertad? Vaca Narvaja asume, sin demostrarlo, que fue el Estado grande y sin límites. Yo sostengo exactamente lo contrario: que China creció gracias a la capacidad de su Estado a pesar de su autoritarismo, no gracias a él. Que el autoritarismo no es el motor del éxito, sino el peaje carísimo que pagaron por un motor que se podría haber construido de otra manera.

Y para sostener lo que digo no estoy solo, Carlos. Tengo dos viejos maestros que me respaldan desde los libros. El primero es la dupla de James Buchanan y Gordon Tullock, dos economistas que se dedicaron a estudiar algo que parece obvio pero que casi todos olvidan: cómo deciden realmente los que gobiernan. Y advirtieron una cosa que China no puede esquivar por más planes quinquenales que haga: el planificador estatal no es un sabio neutral, desinteresado y bondadoso que solo busca el bien común. Es un ser humano, con sus propios intereses, sus propios incentivos, su propia sed de poder y de permanencia. Un Estado sin contrapesos externos no es un Estado que planifica puramente para el bienestar del pueblo; es, inevitablemente, un Estado donde los que mandan planifican también, y mucho, para seguir mandando ellos. ¿Y sabés cuál es la prueba más cristalina de esto que te digo, Carlos? La bomba de tiempo de la sucesión de Xi que vimos en la parada del Partido. Cuando concentrás todo el poder en una persona con la excusa de "ser más eficiente", te quedás sin ningún mecanismo confiable para reemplazar a esa persona el día que falte, sin que se derrumbe todo el edificio. Las purgas militares, la eliminación del límite de mandatos, la ausencia de heredero: todo eso es el planificador planificando para sí mismo. Buchanan y Tullock lo vieron venir hace medio siglo.

Y mi otro maestro, el irlandés Philip Pettit, agrega la pieza que para mí lo define absolutamente todo, la pregunta que ordena mi manera de mirar la política. Pettit dice algo aparentemente simple pero revolucionario: ser libre no es solamente que no te molesten, que te dejen en paz. Ser libre, de verdad, es no estar bajo la dominación de nadie. Es no depender de la buena voluntad de un poder que podría aplastarte cuando quisiera, aunque hoy, por las razones que sean, elija amablemente no hacerlo. Pensá en el ciudadano chino, Carlos. Puede vivir cómodo, próspero, comprarse el auto eléctrico, pedir el delivery con drones, ser feliz... mientras no moleste, mientras no critique, mientras no se organice, mientras no piense en voz alta lo incorrecto. Su bienestar y su tranquilidad existen mientras el Partido se los permita. El día que el Partido decida lo contrario, no hay juez, ni prensa, ni voto que lo proteja. Eso, Carlos, para Pettit y para mí, no es libertad. Es una jaula. Una jaula cómoda, cada año más dorada, con mejor wifi y autos más rápidos, pero una jaula al fin. La prosperidad bajo dominación sigue siendo dominación.

Entonces, Carlos, mi respuesta final a tu pregunta —"¿por qué no copiamos a China?"— es esta, y quiero que te la lleves a tu planeta: no copiamos a China. Aprendemos de China. Y la diferencia entre esos dos verbos es toda la diferencia del mundo. Aprendemos lo que sí vale la pena aprender, sin complejos ni prejuicios ideológicos: la capacidad estatal, el mérito por encima del acomodo, la seriedad de planificar más allá del próximo período electoral, la obsesión sana por la soberanía tecnológica, la idea de que un puesto en el Estado se gana y no se regala. Todo eso lo quiero para Argentina y para España, sin dudarlo. Y al mismo tiempo, con la misma firmeza, rechazamos de plano lo que un hombre libre no puede ni debe aceptar jamás: el poder sin límites, la libertad entendida como una concesión revocable del que manda y no como un derecho inviolable, la eficiencia comprada al precio de la dominación.

Y mirá la paradoja hermosa que descubrimos juntos en este viaje, Carlos, la que más me gusta de todas. El sistema imperial chino de hace dos mil años —el de los exámenes, el del mérito, el de los puestos que no se heredan, el de la carrera por desempeño probado— es, en su núcleo, más afín a lo que yo sueño para mis dos países que el populismo clientelar que padecemos en casa, donde los cargos del Estado se reparten como botín de guerra entre los amigos y los militantes del poder de turno. ¿No es increíble? En ese punto preciso, la China milenaria nos da una lección genuina y valiosa que deberíamos tener el coraje de aprender. Lo que no quiero, lo que no voy a aceptar nunca mientras pueda pensar y escribir libremente, es el precio que ellos pagaron por esa capacidad: entregar la libertad a cambio de eficiencia. Ese cambio, para mí, es un mal negocio aunque te hagan rico.

El sueño, Carlos —mi sueño, el que me hizo querer hacer este viaje—, es un Estado que sea capaz de hacer pocas cosas, pero que las haga con la seriedad y la continuidad chinas. Un Estado fuerte en su capacidad y pequeño en su alcance. Atado de pies y manos por la ley, por una justicia de verdad independiente, por una prensa libre, por el voto que puede echarlo. Un Estado que no pueda aplastarte aunque quisiera, porque hay diques que se lo impiden. Eso es lo que vine a buscar a China sin saberlo del todo cuando subimos al avión: no un modelo para copiar y pegar, sino un espejo poderoso para entender qué nos falta desesperadamente y qué jamás, bajo ninguna promesa de prosperidad, debemos estar dispuestos a perder.

Tomate el último sorbo, Carlos, que ya están llamando para embarcar. Y la próxima vez que alguien, en tu planeta o en el mío, te diga que el éxito arrollador de China prueba que necesitamos más Estado, vos mirálo a los ojos y preguntale, tranquilo: ¿más Estado, o un Estado más capaz? Porque no es lo mismo. Nunca fue lo mismo. Y en esa pequeña diferencia, querido amigo extraterrestre, en esa grieta entre dos palabras que casi todos confunden, se juega nada menos que toda la libertad de un pueblo.

Vamos, que perdemos el vuelo.

Fuentes principales consultadas: entrevistas y columnas de Sabino Vaca Narvaja en Ámbito Financiero, Perfil, El Cronista y DangDai (2020-2026); datos históricos de las reformas de Deng Xiaoping y reducción de la pobreza del Banco Mundial, el IRI y análisis de Libre Mercado; datos económicos y comerciales de la Administración General de Aduanas de China, CaixaBank Research y China-Briefing; datos sobre inteligencia artificial del Stanford AI Index, análisis sobre NeurIPS 2025 y reportes de The Economist; información sobre reciclaje de baterías del MIT Technology Review en español, El Confidencial Digital y el Ministerio de Industria chino; análisis de la estructura, las facciones y las purgas del PCCh de El Orden Mundial, CNN en Español, la Spain-China Foundation, The Diplomat, Infobae y El Español; cobertura de la visita de Pedro Sánchez a China de abril de 2026 de La Moncloa, El Español, Infobae y Libre Mercado. Las cifras de origen oficial chino están señaladas como tales a lo largo del texto.

Ignacio Uriel Galetto Rodriguez

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