mobile isologo
buscar...

Charla posterior a dos italianas y un Campari – Columna 22

May 23, 2026

118
Charla posterior a dos italianas y un Campari – Columna 22
Empieza a escribir gratis en quaderno

Detesto las primeras citas en lugares con demasiado ruido, llenos de gente, o peor aún, en sitios donde se supone que uno tiene que bailar. Tampoco quiero hacerme el misterioso de película indie francesa. He terminado en discotecas horribles, gritando estupideces al oído de mujeres que seguramente ni siquiera recordaban mi nombre al día siguiente.

Pero para conocer a alguien, de verdad conocerla, necesito otra cosa.

Necesito poder escucharla.

Saber si tiene algo interesante que decir o si solo es una cara linda con buena iluminación. Saber si se ríe por nervios, por inteligencia o porque no entendió absolutamente nada. Saber qué le gusta, qué odia, qué le da vergüenza, qué parte de su vida cuenta con orgullo y qué parte intenta esconder como si nadie fuera a notarlo.

No hay nada más estimulante que conectar con alguien a través de la mirada y una buena charla.

Hoy en día esa conexión se me hace difícil de encontrar. Puede haber atracción sexual, claro. Eso es bastante más fácil. Uno puede sentir deseo por alguien que no le ha dicho una sola frase inteligente en toda la noche. El cuerpo, lamentablemente, no siempre tiene buen criterio.

Pero otra cosa es sentir que hay algo más.

Algo raro.

Algo que no sabes si es química, curiosidad o una nueva oportunidad de cagarte la vida con entusiasmo.

Federico —mi mejor amigo— de alguna forma u otra piensa parecido a mí. O al menos eso dice, antes de perder la conciencia al sexto shot de tequila.

Hace no mucho tuvimos una cita doble con dos italianas: Silvana y Giorgina. Estaban en Perú realizando un voluntariado temporal. No sé muy bien de qué trataba el voluntariado.

Las invitamos a nuestro departamento a tomar unos tragos. Aceptaron sin mucho trámite, lo cual me agradó. Siempre me ha irritado esa idea tan peruana y tan mojigata de la “dama peruana” que cree que aceptar una invitación al departamento de un hombre equivale automáticamente a acostarse con él. A veces uno solo quiere conversar tranquilo, sin gritar por culpa de la gente alrededor, poner de fondo la música que uno realmente quiere escuchar y tomar la cantidad de vino que le dé la gana sin sentir al día siguiente que salió de una cita y entró a una deuda bancaria.

La temática de la cita era una competencia: ¨Pisco Sour vs. Campari Spritz¨.

Silvana dijo que había trabajado un tiempo como bartender.

Federico y yo nos miramos.

Esa mirada no necesitaba traducción.

Estábamos jodidos.

No podíamos perder preparando un pisco sour. Era un tema de orgullo nacional. De dignidad peruana. De no permitir que dos italianas se fueran del departamento pensando que el pisco sour era un trago sin gracia, servida por dos huevones que habían visto un tutorial de TikTok cinco minutos antes.

Aunque, siendo sinceros, eso era exactamente lo que estaba pasando.

Antes de que llegaran, Federico y yo estábamos viendo TikToks como dos estudiantes desesperados la noche anterior al examen final. Clara de huevo, limón, jarabe de goma, hielo. Todo parecía sencillo cuando lo hacía un bartender en el video tutorial o cuando por llamada telefónica Jordan —Nuestro otro roomie que también es bartender— nos trataba de explicar sin éxito alguno, al punto de llegar a decirnos ¨¡Son unas bestias!¨.

Perder no era una opción.

O al menos no aceptarlo públicamente.

La noche empezó bien. Risas, bromas, preguntas de esas que uno hace en una primera cita para parecer interesante. Ellas nos contaban sobre Italia, sobre su voluntariado, sobre lo que les sorprendía de Lima. Nosotros intentábamos explicarles la ciudad sin admitir demasiado que Lima, muchas veces, no se entiende ni queriéndola.

Federico estaba en su modo encantador. Ese modo en el que habla pausado, sonríe de lado y moviendo su pelo como el príncipe encantador de ¨Shrek¨. Yo estaba en mi modo aparentemente tranquilo.

El problema era que no sabíamos cuáles eran las parejas de esa cita doble.

Silvana me hablaba a mí, luego se reía con Federico. Giorgina le preguntaba cosas a Federico, pero después me sostenía la mirada. Todo era confuso. Una especie de orgía emocional.

Federico y yo empezamos a comunicarnos con los gestos y las miradas.

Si tuviera que traducir esa conversación mental, sería algo así:

—¡¿Cuáles son las parejas de esta cita doble?! —le decía con la mirada.

—¡Tengo la misma duda, chino! Que ellas escojan y nosotros les seguimos el juego. A fin y al cabo, las dos están súper lindas —me respondía con sus gestos.

Y sí. Federico no se equivocaba.

Silvana era delgada, alta, pálida, con unos ojos turquesa que parecían sacados del mismísimo Mediterráneo.

Giorgina... Si tuviera que resumirla, diría que era el verano de una playa siciliana. Morena, luminosa, con una sonrisa cálida que no pedía permiso.

No pasó nada demasiado extraordinario esa noche. No hubo besos escondidos en la cocina, ni manos debajo de la mesa, ni miradas que delataran algún deseo sexual para esa noche. Solo hablamos, tomamos, nos reímos y fingimos que nuestro pisco sour podía competir dignamente contra el Campari Spritz que ellas prepararon con una facilidad humillante.

Ya cuando la noche comenzaba a avisar que estaba por venir el amanecer, Silvana miró su celular y dijo:

—Ya nos tenemos que ir, chicos, pero nos tenemos que volver a ver, ¡sí o sí! La pasamos súper lindo.

Lo dijo con ese acento italiano característico que hacía que cualquier frase sonara más encantadora de lo que probablemente era.

Las acompañamos hasta el Uber. Nos despedimos con dos besos. El auto se alejó. Federico y yo nos quedamos unos segundos mirando la calle, con una cara estúpida pero placentera.

Volvimos a subir al departamento.

Mientras subíamos por el ascensor, con el alcohol aturdiéndonos la vista y con ese ligero suspiro que uno exhala cuando sabe que ha pasado una buena noche, le pregunté:

—Fede, ¿y al final quién de las dos te llamó más la atención?

Federico sonrió, como si hubiera estado esperando esa pregunta desde que les cerramos la puerta del Uber.

—Fue raro —suspiró—. En un inicio Giorgina me llamó más la atención. Se maneja un cuerpazo, huevón. Pero… al final de la noche me terminó gustando más Silvana. Se me hizo un poco más interesante. Y tiene unos ojazos… ¿Y a ti?

Entramos al departamento. Todo estaba desordenado. Vasos en la mesa, hielo derretido, limones partidos, una botella de pisco tirada sobre el piso y el Campari ahí, parado en la cocina, como si todavía tuviera asuntos pendientes con nosotros.

—Espera —le dije—. ¿Te parece si la continuamos? Creo que quedó la mitad de botella del Campari.

Federico abrió los ojos como si le hubiera propuesto una misión importante.

—Ayayay, chino. ¡Será motivo para terminarla!

Pusimos de fondo el álbum Wish You Were Here de Pink Floyd. Nos servimos el Campari sin hielo, sin rodaja de naranja, sin ninguna elegancia italiana. Solo dos vasos mal servidos y dos hombres convencidos de que todavía era muy temprano para dormir.

Salimos al balcón.

Cada uno se echó en un sofá, en extremos opuestos, con vista hacia toda Lima.

Lima de madrugada es menos fea. No bonita. Tampoco hay que mentir por patriotismo. Pero tiene algo. Tal vez porque todavía no despierta del todo. Tal vez porque a esa hora no hay tráfico, ni bocinas, ni gente apurada odiándose en silencio. Tal vez Lima sea bonita sin su gente. Tal vez algunas ciudades, como algunas personas, mejoran cuando hablan menos.

—Y bueno... ¿quién te gustó a ti, chino? —me preguntó Federico con una sonrisa traviesa.

Me reí.

—Es que fue loquísimo, Fede. Sin darme cuenta, cuando vi a Silvana en persona, me di cuenta de que ya la conocía.

—¿¡Qué!? —exclamó.

—Sí, pero no en persona. Hicimos match por Tinder hace tiempo. Hablamos un poco por chat.

—¿Y qué fue? ¿Por qué no continuaron hablando?

—Me contó que era vegetariana.

Federico me miró esperando algo más.

—¿Y?

—Salir con alguien para terminar comiendo hamburguesas de lentejas… ¡ahí nomás, señor!

Federico se empezó a reír.

—Eres una mierda, chino.

—Un poco. Pero honesto.

—Entonces te gustó más Giorgina.

Me quedé mirando la ciudad unos segundos.

—Sí… pero es raro.

—¿Raro por qué?

—Me recordó mucho a Lana. —La española de la que estuve enamorado gran parte de mi adolescencia y juventud. Ya hablé de ella en una antigua columna—.

—¿A Lana? ¿Tu española? Estás locazo, huevón. Nada que ver.

—Te lo juro. Creo que tiene la misma sonrisa y nariz. No sé… me trajo las vibras de ella.

—Bueno… solo no te me vayas a enamorar.

—Ni cagando. Los dos sabemos que se regresan a Italia en unas semanas. No hay chance alguna.

No había chance alguna. Eso era cierto. Pero que no haya chance nunca me ha impedido ilusionarme como un imbécil. De hecho, creo que gran parte de mi vida sentimental se ha basado exactamente en eso: detectar la imposibilidad y correr hacia ella con los brazos abiertos.

Después de las risas nos quedamos unos segundos apreciando cómo comenzaba a aparecer suavemente, a lo lejos, el sol. Bebimos un gran sorbo de Campari y nos recostamos cada uno en su sofá, mirando fijamente el inicio del amanecer, sin darnos cuenta de que desde ese momento en adelante no quitaríamos nuestras miradas de ese punto.

—¿Te sabes la historia de Wish You Were Here, Fede? —pregunté mientras sonaba la canción de fondo.

—No, nada. Pero supongo que es una canción de amor, ¿no?

—Es lo que yo también pensaba, pero no. Es dedicada a Syd Barrett, uno de los fundadores de Pink Floyd.

Federico se acomodó en el sofá.

—En 1968 la banda tomó la decisión de retirar a Syd de la agrupación porque estaba comenzando a perder la cabeza por esquizofrenia. El huevon consumía muchos alucinógenos. En 1975, mientras la banda grababa el álbum Wish You Were Here en los estudios Abbey Road, apareció un señor gordo, totalmente pelado, con las cejas rapadas, descuidado, con una bolsa de mercado en la mano. Los integrantes de la banda no sabían quién era. Hasta que David Gilmour —Guitarrista y vocalista de la banda— se dio cuenta de que ese señor era Syd… Su amigo de toda la vida. Roger Waters —Bajista y vocalista de la banda—, al verlo así, fue a abrazarlo rápidamente y se rompió en llanto.

Federico suspiró y dijo:

—Mierda… qué fuerte.

—Me caga pensar en eso —susurré

—¿En qué? ¿La muerte?

—En que algún día los perderé.

Federico no dijo nada.

—De nuestro grupo de amigos habrá solo uno que verá la muerte del resto… y solo uno no verá la muerte de ninguno.

No sé por qué dije eso. Supongo que el Campari, Pink Floyd y el amanecer hicieron lo suyo. O quizás siempre lo pienso.

—¿Y quién crees que vaya a partir primero? —preguntó.

—El lechón Wilmer se va primero fijo. Ese come salchipapa y pollo broaster día y noche. Cuando los médicos le hacen exámenes de sangre, en el microscopio ven octógonos de salubridad.

Federico se cagó de risa.

—Eres una mierda, huevón. Pero de verdad el gordo debe cambiar su estilo de vida, carajo. La vez pasada que vino a visitarnos entró sudando al departamento por subir por el ascensor. ¡Por el ascensor!

—Lo sé. En el recibo de mantenimiento del ascensor de ese mes nos quisieron cobrar el doble por sobrepasar el límite de peso.

Nos reímos como dos idiotas.

La risa, por unos segundos, nos salvó de la conversación que acabábamos de abrir.

—¿Y quién crees que sea el que vea la muerte de todos nosotros? —pregunté.

—Karlos fijo. Su abuela tiene cien años, creo. Ya es parte de su genética. Aparte, ¿has visto sus pantorrillas? Qué bestia, huevón. Ese cargaba sacos de papa desde los cuatro años. Es una roca Karlitos.

—Pienso lo mismo.

Me quedé en silencio unos segundos y respiré profundamente.

—Después tengo la incertidumbre de quién se irá antes o después. De verdad, Fede, me aterra el hecho de solo pensarlo. Son mis amigos de más de doce años. Me aterra la vida… me aterra el simple hecho de pensar perderlos.

—¿Incluso con Wilmer? Entre ustedes siempre han tenido choques.

—Nah, Wilmer lo sabe muy bien. Yo lo jodo y él me jode. Así él diga que no me considera su amigo, yo a él lo quiero como mierda. He pasado demasiadas buenas anécdotas a su lado por muchos años. El lechón es mi hermano. Nos paramos peleando, me parece un ser despreciable…

Me reí.

—Pero aun así es mi hermano y lo quiero un huevo.

Federico tomó otro sorbo de Campari.

—A mí en este momento siento que me da un poco igual su presencia. Me llega al pincho que ninguno de esos huevones tenga disponibilidad para poder vernos. Con Wilmer solo jugamos por la PC. Y Miguel peor… ese huevón siempre tiene la excusa perfecta para no vernos. Nunca sale. Ah, pero le escribe su culito y al toque sale corriendo a buscarla.

—Te entiendo, pero siento que lo dices como si ya no los estuvieras considerando tus amigos.

—Y es que sí, chino. ¿Para qué mierda quiero amigos si nunca los voy a ver? Me llegan al huevo.

No le respondí inmediatamente.

Federico tiene esa forma de decir cosas duras como si no le importaran. Pero yo sé que sí le importan. Le importan tanto que prefiere decir que le llegan al huevo antes que aceptar que le duele que ya no estén como antes.

—Siento que estás siendo muy drástico —le dije—. Entiendo que te joda porque a mí también me jode que sean así últimamente. Pero puede que me equivoque, no sé. Yo pienso un poco diferente.

Federico se quedó mirando el amanecer, mientras yo le decía:

—Siento que amistades como las que tenemos en nuestro grupo, Wilmer, Miguel, Karlos y Fabiano, serán únicas y muy pocas a lo largo de nuestra corta vida. Yo creo que a nuestras vidas llegarán nuevas personas o amistades que nos sumen. Pero al grado de las que tenemos con ellos, que es casi una hermandad, creo que no volverá a suceder. Y si sucede, es casi como ganarse la lotería.

Federico continuaba escuchándome en silencio.

—Paro viendo gente que hace amigos nuevos muy fácilmente. Al mes se consideran mejores amigos. Hermanos para toda la vida. Se suben historias, se dicen familia, se comentan corazones, se prometen viajes. Y al siguiente año no vuelven a verse ni saber nunca más el uno del otro. Siento que los que dicen tener mayor cantidad de amigos son los que al final de sus días tienen realmente menos que el resto.

El sol del amanecer comenzó a caernos suavemente por los rostros. Nos mantuvimos unos minutos en silencio, reflexionando y contemplando el momento.

—¿Sabes de qué sí me arrepiento de mi vida? —le dije a Federico.

—Dime.

—Te diría que fue cuando la cagué con Miguel y me metí con su flaca de esa época —Historia que también ya conté en una antigua columna—. Pero no. De alguna forma u otra, ese cagadón que me metí me hizo aprender la maldita lección… Aparte fue hace casi diez años. Era un chibolo estúpido y calenturiento.

Respire profundamente. Sentí que la garganta se me cerraba.

—De lo que realmente me arrepiento es de que no me hayan dado los huevos suficientes para ir al velorio del padre de Miguel cuando falleció.

Federico no respondió.

Traté de contener el llanto para que no notara que estaba a punto de quebrarme, lo cual era estúpido, porque Federico me conoce desde hace demasiados años como para no darse cuenta de mis intentos ridículos de hacerme el fuerte.

—Pero… él no nos quería ver en ese momento —me dijo Federico, también con la voz quebrada—. Especialmente a ti, por lo que le hiciste. Y a mí por habérselo ocultado.

—Lo sé, Fede. Pero si te soy honesto…

Ya no pude contener las lágrimas.

El llanto comenzó a caer sin elegancia alguna, continué:

—Así Miguel no hubiera querido vernos ese día, siento que debí estar ahí para él. Y si él me quería pegar por mi presencia, pues me la merecía completamente. Fui una mierda como amigo para él en esa época.

—Igual fuimos a buscarlo a su casa para darle el pésame. Aunque no nos quiso recibir… —Dijo Federico entre lágrimas sutiles.

—Sí. Pero cuando pienso en eso, siento que no fue suficiente para mí.

Federico se quedó en silencio unos segundos. Lloraba también, aunque no hacía falta mirarlo.

Finalmente me preguntó ya totalmente quebrado:

—¿Y tú crees que por eso él ya no sale tanto con nosotros?

—No. No creo que eso tenga algo que ver. Desde que lo conocemos siempre supimos que, a diferencia de los nuestros, sus padres eran señores ya de la tercera edad. Creo que a partir de la muerte temprana de su padre, Miguel comenzó a priorizar pasar más tiempo con su madre. De alguna forma u otra, hoy en día lo comprendo un poco más.

—No creo que ese sea el motivo exacto por el cual no nos ve, chino.

—Yo tampoco estoy seguro. Pero sea lo que sea por lo cual no nos vemos tanto con él, él será un hermano para mí. Creo que no podría tolerar la muerte de ninguno de ustedes.

Federico se limpió la cara y dijo:

—A mí me da pánico pensar qué habrá más allá de la muerte. Cuando pienso demasiado en eso, realmente se me quita completamente el sueño. No me es posible pensar que algún día me moriré.

Lo entendía.

—Tengo solo veintiséis años, pero cada año que pasa le encuentro menor sentido a la vida… O a la mía. Las cosas que sentí o consideré que estarían en mi vida para siempre hoy solo viven en mí como recuerdos o huecos vacíos. Siento que todo pasa muy rápido. Es como si fuera ayer el día que los conocí teniendo solo trece años. Hoy me encuentro en mis veintes. Cuando pestañee nuevamente, tendré cuarenta años. Y realmente, ¿de qué me sirve esforzarme tanto en esta etapa de mi vida si ese futuro que ahora me parece lejano, cuando llegue, también se sentirá como un pestañeo? A mis sesenta años sentiré que me faltó tiempo. Que siempre me faltó tiempo. Y cuando ya no exista en esta vida, todo lo que una vez amé, deseé u odié no significará absolutamente nada para este mundo efímero.

Federico se quedó callado varios segundos.

—Lo sé —me dijo—. Sé que por eso escribes tus columnas. Es una buena forma de desahogarse, ¿no?

—Se podría decir que sí.

Miré el cielo.

—Creo que así seguiré existiendo en la memoria de alguien por unos segundos mientras lean mis relatos el día que ya no esté.

Después de eso no dijimos mucho más.

El amanecer terminó de aparecer completamente. El sol comenzó a caer suavemente sobre nuestros rostros.

Di mi penúltimo pestañeo. Sabía que Federico seguía llorando silenciosamente sin tener la necesidad de verlo. Y de alguna forma u otra me sentía más desahogado. No feliz. No en paz. Esas palabras siempre me han parecido demasiado grandes para momentos tan pequeños. Solo un poco menos cargado.

Al siguiente pestañeo ya era mediodía.

Me desperté de un sueño profundo. Sentía la resaca clavada en la cabeza y ese sabor amargo del Campari en la boca.

Miré hacia el lado.

Federico ya no se encontraba echado en su sofá.

La botella seguía sobre la mesa. Los vasos también. Lima ya había vuelto a ser Lima: ruidosa, gris, indiferente. El balcón, que unas horas antes parecía el lugar más honesto del mundo, ahora solo era un balcón desordenado con dos vasos sucios y una conversación que ninguno de los dos iba a mencionar al día siguiente.

Me levanté tambaleándome, entré a mi habitación.

Antes cerrar la puerta, miré una última vez el sofá vacío de Federico.

No sé por qué, pero pensé que algún día quizá ese lugar estaría vacío de verdad.

Naoki Uyehara

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión