Estaba acostada en la bañera cuando escuché el timbre sonar.
Siguieron tocando, insistente, pero continué sin hacerle caso.
Hasta que recordé…
Mamá llevó a Luci al parque.
¿Y si pasó algo?
Me levanté apurada y, como pude, me puse la bata. Seguía goteando, el cuerpo pesado, cansado, pero aun así llegué hasta la puerta para ver quién llamaba.
Oh… qué sorpresa me llevé cuando, al abrir, me encontré con mi vieja amiga.
Hacía tiempo que no sabía nada de ella. Seguía igual: un vestido negro —como siempre— y su cabello largo, ahora corto, suelto, enmarcando ese rostro que jamás parecía cambiar.
—Pero qué sorpresa… ¿cómo llegaste? —le pregunté, confundida.
—Esperaba al menos un hola —respondió con media sonrisa—. ¿o acaso no planeás invitarme a pasar?
—Sí, claro… pasa, por favor. Disculpá el desorden.
Me hice a un costado para dejarla entrar. El departamento era chico y yo tenía la maldita costumbre de dejar todo amontonado. La vi observarlo todo: las cajas, los objetos fuera de lugar, incluso las pequeñas telarañas que comenzaban a formarse.
—Veo que no has cambiado. Nunca te gustó desempacar —dijo, soltando una risa suave que no pude evitar seguir.
—Es cierto… tal vez sea porque soy desordenada.
—O tal vez porque sabés que no te vas a quedar por mucho tiempo.
Mi sonrisa se apagó lentamente.
—Sí… es cierto.
Corrí la ropa de la silla para que pudiera sentarse.
—Y cuéntame, ¿qué te trae por acá?
—Pasaba cerca… y desde hace tiempo solo quería hablar contigo.
Dime, Ana… ¿cómo estás?
Había un interés real en su voz.
No sabía si responder con sinceridad o fingir, como hacía con todos.
Opté por lo segundo.
—Bien. Nos mudamos hace poco y conseguí un trabajo cerca del jardín de Luci, así puedo verla más seguido.
¿Y vos? ¿Cómo estás?
Fui a la cocina a preparar té. No recuerdo haberle preguntado si quería, pero aun así serví dos tazas.
Cuando regresé, la encontré observando una foto vieja sobre el mueble.
Una imagen de mí, joven, con una sonrisa que creía perdida.
—Siempre fuiste mala fingiendo —dijo en un susurro, sin mirarme.
—¿Fingiendo qué?
—Que estás bien.
Sabía que a ella era imposible engañarla. No sé qué me delató: tal vez la tristeza en mis ojos o esa sonrisa cansada.
—Tienes razón… creo que soy mala en muchas cosas. Vivir, inclusive.
—Oh, Ana… la vida no es algo en lo que se sea bueno o malo.
Por primera vez, desde que la conocí, me miró a los ojos.
—Si hay algo que aprendí en todo este tiempo es esto:
la vida no se sabe… mucho menos se entiende.
La vida se siente.
Se siente en el viento rozando el cabello, en el frío que eriza la piel, en el primer llanto al llegar.
Su mirada pesaba, como pidiéndome que hablara. Que me soltara.
—Creo que tenés razón…
Pasé toda mi vida creyendo que estaba en una carrera.
Como si existiera una meta invisible a la que había que llegar antes de que fuera tarde.
¿Pero tarde para qué? —me pregunté siempre.
Corrí contra el tiempo, contra los demás, contra mí misma.
En mi ansia por tener algo, por sentir algo… me perdí.
Me perdí de mí, incluso de la vida.
Los ojos se me llenaron de lágrimas.
—Creo que lo entendí demasiado tarde.
—No te preocupes, Ana. Viviste hasta donde pudiste.
Y al menos diste vida a una hermosa niña.
Algo en mí se quebró.
La imagen de Luci me atravesó de golpe.
Oh, Luci… ¿qué hice?
¿Cómo fui capaz de abandonar a mi pequeño ángel, la luz de mis días oscuros?
Sentí unas manos frías apoyarse en mi espalda.
—Es hora, Ana. Ya nos tenemos que ir.
—¿Puedo… al menos despedirme?
—Lo siento. No puedo prometerte nada.
Pero estoy segura de que tu madre dará la vida por cuidar a esa dulce niña.
Perdoname, Luci.
Perdoname, por favor.
Ojalá algún día puedas perdonar a este ser humano que fue incapaz de cuidarte
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