mobile isologo
buscar...

Cementerio de sonidos

Gio

Jan 18, 2026

59
Cementerio de sonidos
Empieza a escribir gratis en quaderno

Abrí los ojos y comprobé con asombro que el choque y quiebre de las olas en la playa no hacían ruido. El mar se movía en un mutismo perfecto y aterrador.

El cielo, clareado por una cortina de neblina tan delgada y absurda que por un momento pensé que podría moverla con la mano, anunciaba un atardecer inminente, aunque no encontrara el sol por ningún lado.

Por un instante pensé que estaba sordo, que había perdido la capacidad de escuchar o que, por el contrario, había dejado de mirar los espacios donde el vacío no puede instalarse y me concentraba únicamente en el silencio que deja la melancolía del día.

Hundí los pies en la arena húmeda esperando al menos el crujido mínimo, una respuesta que por corta que sea me diera una esperanza de paz, pero ni eso. Todo ocurría en completo silencio, como si la realidad hubiera decidido hacerse muda para no dar explicaciones.

Pensé entonces que quizá el ruido siempre había sido un exceso, una costumbre mal aprendida. Que las olas nunca hicieron escándalo y que yo, terco durante años, había inventado ese rumor para no sentirme tan solo frente al mar. El agua avanzaba y se retiraba con una disciplina matemática, triste, obediente, dejando marcas que duraban apenas lo que dura el recuerdo de un sueño taciturno.

Miré mis manos. Tampoco parecían pertenecerme del todo. Se movían, sí, pero con una lentitud ajena, como si respondieran a una orden que venía de otro sitio. Pensé en decir algo, cualquier cosa, pronunciar mi nombre aunque fuera en voz baja, pero tuve miedo de no escucharme. De confirmar que no solo el mar había perdido su sonido, sino yo también.

Me detuve. Miré atrás. No había huellas. O quizá las había, pero el recuerdo de haberlas dejado ya se estaba borrando.

El cansancio apareció en la mirada, no en el cuerpo. Como si ver exigiera un esfuerzo que ya no estaba seguro de poder sostener. Me senté —o soñé que me sentaba— y cerré los ojos apenas, lo suficiente para descansar sin irme del todo. Al hacerlo, la playa no desapareció. Seguía ahí. Más clara incluso. Más insistente y el silencio, si es posible, con menos ruido.

El suelo cambió otra vez. Ya no era arena ni mar, sino algo intermedio, blando como un recuerdo; quebrado como la vigilia del insomne. Avancé. Cada paso parecía ocurrir un segundo antes de que yo decidiera darlo. No había eco, no había viento, pero persistía la sensación de estar siendo observado sin que hubiera una mirada, ni siquiera un espejo, la turbieza del agua desamparada en rincones infinitos de la poca playa que quedaba hacía imposible de igual forma la consagración de un reflejo lo suficientemente estable para ver mi propio rostro, o en cambio, asustarme si es que me faltara uno.

Avancé hasta que el cansancio dejó de sentirse como amenaza y empezó a parecer una invitación. No hubo un punto exacto donde el lugar cambiara; fue más bien una superposición, como cuando dos recuerdos ocupan el mismo espacio y uno no sabe cuál ocurrió primero. La playa ya no era playa, pero tampoco desaparecía del todo: persistía como persiste una imagen al cerrar los ojos con demasiada fuerza.

Pensé en regresar, pero no supe hacia dónde. El mar seguía ahí, aunque ahora parecía una pared. El cielo, en cambio, se abría como un cuarto conocido. Supe sin sorpresa que si decía algo, que, si hacía el más mínimo sonido, el lugar se rompería. Que la voz era un gesto demasiado definitivo para un estado del espacio donde el silencio es la forma más pulcra de ser y el ruido una condena a lo herético.

El cielo redujo la distancia. No descendió, no cayó. En la neblina aparecieron grietas por donde se filtraba una luz cansada, una luz que no iluminaba nada en particular. El atardecer en cambio, seguía sin dar señal de llegar.

Intenté recordar por qué había venido, pero el motivo perdió peso. La atención dejó de ser un gesto voluntario. Aquello que dejaba de mirar se volvía impreciso primero, luego improbable. El mar empezó a perder continuidad en los bordes. No se evaporaba: simplemente se descuidaban sus cualidades físicas. El cielo hacía lo mismo. Yo también.

Intenté fijar un pensamiento, cualquier recuerdo, cualquier memoria lo suficientemente fuerte paraque me atara a la realidad, fue inútil. El recuerdo duró poco. La idea se aflojó, se volvió porosa, y quedó absorbida en el silencio.

El cansancio en la atención de las cosas fue llevándose más sensaciones, más conceptos. La continuidad de los movimientos empezó a resquebrajarse de a poco: pensaba en la intención de mover el brazo sin notar que ya lo había movido desde hacía minutos, quizá horas, tal vez años. El tiempo no avanzaba; tampoco se detenía. Perdía dirección y quizá, ya no tenía sentido.

Cada gesto ocurría antes de ser pensado, o después, nunca al mismo tiempo. El cuerpo dejó de servir como medida. A veces sentía el peso de la mano sin recordar haberla levantado; otras, el movimiento quedaba como una imagen tardía, un resto que llegaba cuando ya no importaba. No había torpeza ni urgencia, solo una desarticulación lenta.

Mirar se volvió una tarea extensa. Cada segundo de atención parecía arrancarle algo al resto del mundo, que se deshacía en cuanto dejaba de sostenerlo.

El tiempo se acumulaba mal. Restos de minutos quedaban adheridos a los objetos, como polvo. Algunos movimientos cargaban con demasiado tiempo encima; otros ocurrían sin ninguno. A veces una acción que parecía vieja apenas sucedía.

Los lugares no se presentaban enteros. La playa aparecía por partes: un tramo de arena sin mar, un mar sin cielo, un cielo sin borde. Nada estaba roto. Nada terminaba de ofrecerse.

Recordar algo interrumpía lo que estaba pasando. Cada recuerdo introducía un desfase. Por eso dejé de recordar. Así que permanecí mudo en un lugar donde estar despierto es apenas una forma lenta de soñar, y soñar, una vigilia más honda de la que ya no se vuelve igual.

Es así que, en un intento desesperado por encontrar relieve en lo liso, profundidad en lo plano, herejía en el dogma, abrí mi boca y en un suspiro lento

Dije mi nombre.

No hubo sonido.

Gio

Comentarios

No hay comentarios todavía, sé el primero!

Debes iniciar sesión para comentar

Iniciar sesión