ser catastrofista es mi estado natural, una especie de látigo que uso con fervor. imagino lo peor para evitar la desilusión. pienso que todo se va a romper, porque todo lo que toco se rompe. me preparo y me paralizo en partes iguales.
me sirven un plato de verdad todos los días de mi vida, verdades que me tiran al piso, me dejan muda, con los puños apretados.
no tengo aval para patear un árbol ni tirar esa baldosa ni hacer un berrinche, porque soy grande y las mujeres grandes saben controlar sus impulsos.
necesito el control de todo lo demás, a excepción de eso. me hago cargo de las urgencias de mi cuerpo como quien se hace cargo de la ropa sucia, de la mala caligrafía.
ya no está el lugar que me dabas, el espacio en tu forma de nombrarme, y solo me convierto en el espacio después de la coma.
termino un libro mientras pienso en que hay palabras que sostienen una identidad. en "noches blancas" él repite el nombre de ella, como dándole existencia, ciento treinta y ocho veces la nombra, aunque ella nunca le pregunta su nombre.
hace mucho desaprendí a hablar de lo estructural, solo entiendo de ontologías. quiero mis vísceras sobre el parqué.
eso fue el robo del siglo y yo no puedo (no debo) escribir sobre ternura en tiempos de guerra. no puedo dedicarle versos a quien retiró sus tropas sin previo aviso.
no puedo
no puedo
pero lo sigo haciendo.
sí, puedo.

Mauren Zamora
mujer, poeta y palabra. tengo dos poemarios, pero acá vas a encontrar solamente divagues.
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