desde que tengo tres años
viajo al mismo lugar,
todos los veranos.
acá aprendí,
el lenguaje del agua
saltando olas,
aprendí a levantar
ciudades medievales,
a frustrarme cuando el mar me las derribaba,
y a limpiar lágrimas
para volver a construir otra vez.
acá me enamoré por primera vez,
con la inocencia de quien no sabe
que el amor también marea,
y que así como con los castillos,
el mar también se lo lleva.
hoy, con casi treinta,
ya no quedan construcciones de arena
ni amores de verano.
el amor de entonces
es apenas una huella
en la orilla del recuerdo,
que hace que esté aire salado
me devuelva,
una y otra vez,
a mí.
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