Él nunca la tuvo, ni siquiera en promesas.
Apenas instantes sueltos,
miradas que podían significar cualquier cosa menos lo que él quería.
Ella, en cambio, siempre estaba rodeada de
nombres que no eran el suyo,
historias que cambiaban, voces que iban y
venían sin dejar marca.
Él aprendió a escuchar,
a quedarse un poco más de la cuenta,
como si en algún descuido
ella pudiera decir algo que lo incluyera.
Siempre había otro, o varios, o nadie.
Y aun así, en ese desbalance silencioso,
seguía eligiendo quedarse donde nunca era elegido.
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