Ni tan grande ni tan chiquita. Que tenga vida, tanta que quiera invitarte a vivirla. Darle todo mi amor y que se vea en su interior. Recibir con los brazos abiertos a quien llegue inesperadamente, sin dudarlo. Despertar y sentir paz porque no se siente abandonada. Hablarle y que tenga ganas de saludarme con el ruido de la hornalla. Que su ventanal precioso ilumine cada una de nuestras mañanas.
Que en cada cumpleaños nos preste sus paredes sin miedo a ser destrozada. Que ellos disfruten con ella y sean felices de abrazarla. Espero que sus jardines se sientan libres y no asfixiados, que nos brinden aire fresco y un viento encantado. Quedarnos horas y horas allí, charlando, contemplando ese espacio lleno de verdes y juegos mágicos.
Y sabré que es realidad en el instante en que cualquier actividad en ella me parezca ideal, cuando recorra rincón por rincón y quiera llorar de felicidad.
Quiero sorprenderla con nuevos estantes, con otros colores. Quizás regalarle un jarrón de flores en algún lugar, un cuadro elegante o un juguete más. Simplemente, que sepa que me importa su integridad, y que sea solo mía, nuestra, de nadie más.
Gracias, futuro, y te prometo amarla cada día un poco más. Y aunque me encantaría, no la presumiría, porque no todos quieren la suya como ahora quiero la mía.
Quiero morir allí porque voy a estar tranquila de que me cuidará, tanto como yo cuidé de ella. Contemplarla una última vez y que el sofá me regale su agradecimiento.
Este, probablemente, es el deseo más profundo de mi alma. Y en cada palabra lo quiero decretar, y con el alma pedir, por favor, tener esa posibilidad.
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