En el rincón del polvo y el olvido
yacen las cartas que no atrevo a ver,
por miedo a despertar el viejo ruido
de una agonía que fundó mi ser.
Sujeta al dolor, voy desorientada,
con la mirada enferma de nostalgia.
La sabiduría queda sepultada
cuando el deseo impone su desgracia.
Cada sobre es un alma fragmentada,
un espejo roto que me deforma el rostro,
una memoria en sombra, encadenada,
donde el pasado cobra su alto costo.
Camino en círculos ante el dilema
de verlas convertirse en ceniza,
o resguardar la herida que me quema
como el rastro del amor en el que me niego.
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