Esa mañana, al despertar,
escuché las aves cantar.
El sol me abrazó despacio,
y el café me supo a paz.
Todo tenía luz y brillo,
el aire parecía sonreír.
Y canté sin darme cuenta,
como empezando a vivir.
La música tuvo sentido,
y más las canciones de amor;
cada verso decía tu nombre,
tatuado en mi corazón.
Mi sonrisa era distinta,
ya no solo para las fotos,
no era fingida…
brotaba sola, de pronto.
De esa alegría tan nueva,
claro, tú eras el causante.
No sé si venías de Marte,
o si el destino cruzaste.
Nunca había visto esos ojos
en ningún otro rincón:
dos luceros tan hermosos,
encendiendo el corazón.
Y esa boca tan perfecta,
que solo miraba hablar,
mientras guardaba silencio,
mas me moría por besar.
Tu silencio tenía ritmo,
me hacía susurrar bajito,
solo para escuchar
tu corazón, tan bonito.
Tu valentía me asombra:
tan firme, tan tuya, tan clara.
Una fuerza que no se impone,
pero que todo lo cambia.
Mi corazón soñaba
que me llamaras “cariño”,
que me dieras tu mundo
y convertirlo en mío.
Hoy caminas de mi mano,
hoy me llamas “mi amor”.
Mi nombre se te olvida,
y el tuyo… es “mi corazón”.
Y si el tiempo nos deja, amor,
yo quiero compartir contigo
cada arruga, cada risa,
cada historia, cada abrigo.
Seré tuya para siempre,
como en esta juventud.
Vendrán sesenta veranos,
y seguirás siendo tú.
∼ Joselyn Luna
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