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carta a mi yo pequeña

alissa

Jul 22, 2025

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carta a mi yo pequeña
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No sé por dónde empezar. Me tiemblan los dedos, aunque estoy sentada. Me tiemblan las memorias, aunque a veces ni siquiera las tengo completas. Pero eso no significa que no hayan pasado. Que no hayan dolido. Me cuesta escribir esto. Pero tengo que hacerlo. Porque te lo debo. Porque te extraño. Porque nadie ha llorado por ti como tú lloraste por todos. Y hoy quiero llorarte con amor, no con vergüenza.

Tú y yo somos la misma. Pero yo crecí. Y tú, tan chiquitita, te quedaste atrapada en un cuarto que nadie veía, llorando por cosas que nadie entendía, o peor… que no querían entender.

A veces, cuando todo está en silencio, cuando la casa duerme y el mundo baja la voz, me parece que aún puedo oírte llorar dentro de ese cuarto. No un llanto escandaloso, no. Un llanto chiquito, reprimido, casi educado. Como si hasta tus lágrimas hubieran aprendido a no molestar.

A veces me dan ganas de meterme en el tiempo. Atravesarlo todo. Los años, las noches, las despedidas. Para llegar a ti. Pequeña, confundida, intentando descifrar si valías algo, si merecías amor, si ibas a quedarte sola para siempre

Y si pudiera, te juro que lo haría. Me sentaría contigo en el piso blanco de ese cuarto que no termina nunca. Te daría la mano. Te diría que ya no tienes que responder ninguna pregunta para que no se vaya. Que no es tu culpa si algo se va. Que hay cosas que no podías evitar, aunque te lo repitieras mil veces. Que no tenías las herramientas, y aún así hiciste magia con lo poco que tenías.
hoy me toca volver a ese cuarto, abrir la puerta, mirar tus ojos y por fin decirte algo que nunca nadie se atrevió a decirte:
Te creo.
Te veo.
No era tu culpa.
Nunca fue tu culpa.

Me hubiese gustado que la vida te diera un poco más de tregua. Que no tuvieras que hacer castillos con las ruinas que te dejaron. Que no tuvieras que aprender tan rápido a ser fuerte, cuando lo único que querías era que alguien te llevara en brazos un ratito y te dijera que ya todo iba a estar bien.

Siento que creciste pidiendo permiso hasta para existir. Que aprendiste a observar primero, a callarte lo que dolía, a interpretar los gestos de los demás para ver si ibas a ser suficiente o si, otra vez, alguien se iba a cansar de ti. Que desde muy pequeña, cargaste con responsabilidades que no te correspondían. Jugaste a ser perfecta, a ser la más, a no molestar, a no llorar "porque no había razón". Aprendiste a leer los humores ajenos como si fueran señales de vida o muerte. ¿Te das cuenta? Eso no lo hace una niña cualquiera. Eso lo hace una niña que aprendió a sobrevivir, no a vivir.

Yo sé que extrañaste a papá desde antes de saber cómo se escribía “papá”. Y que te lo imaginaste de todas las formas posibles, para que el hueco se sintiera menos hueco. Pero también sé que con los años dejaste de imaginarlo. Porque te cansaste de buscarlo en todos los hombres que te topaste. En el maestro que te sonrió bonito, en el amigo que te dijo que te entendía, en ese novio que se volvió refugio, aunque te quemara más de lo que te abrazaba.
Lo buscaste con una esperanza obstinada, porque dolía más seguir esperando. hasta que la vida te mostró que tu verdadero padre no llevaba tu sangre… sino tu historia.
Lo lograste. Papá te amó. Lo quisiste. Te hizo sentir que el mundo no era tan cruel. Y por eso dolió tanto cuando se fue. Por eso duele aún cuando piensas en lo que no dijiste, en lo que tal vez no supo, en las palabras que te tragaste por miedo o por orgullo o por creer que siempre ibas a tener tiempo.

Pero no lo tuviste.

Por eso cuando te lo arrebataron, entendiste lo que era el vacío.

Ese que no se llena con palabras ni consuelos, ese que no llora porque no tiene con quién llorarse.

Y sé que te dolió no haberle dicho lo suficiente cuánto lo amabas.

Sé que aún te duele.
Te rompió.
Y está bien que te haya roto.

Y quemó.

Porque él se volvió importante. Porque fuiste valiente en confiar.


Y por eso también dolió cuando otro, ese otro que debía cuidarte, te rompió otra vez.
Tocó tu cuerpo como si fuera suyo.
Cuando te robó algo que no tenía precio, pero sí tenía peso.
Y dolió aún más el silencio que vino después.
El silencio de los que sabían.
De los que callaron.
De los que siguieron como si nada.
Eso fue lo más cruel: que no lo negaron, simplemente lo ignoraron.
Y tú, con tu corta edad, aprendiste que a veces el dolor más grande no es el que se grita, sino el que se entierra vivo.

Yo te juro que no era tu culpa.
Ni lo que él te hizo.
Ni las veces que te dijeron que no lloraras.
Ni las veces que te exigiste hasta sangrar por dentro.
Ni cuando vino ese amor que prometió estar y solo te hundió.

Ni cuando te hizo sentir culpable por sentir.

Ni cuando te pisoteó mientras tú pensabas que al menos “estaba ahí”.

Le diste poder,

y él lo usó para doblarte.

Y tú, como tantas veces antes,

te traicionaste a ti misma para no traicionar a otro.

También hubo alguien que confió tanto en ti, que puso en tus manos más de lo que podía cargar una niña.

Y por mucho tiempo pensaste que podrías haber hecho algo más. Que podrías haberle salvado la vida con una palabra distinta, con un gesto, con una llamada. Y aunque sabías que no era tu culpa, permitiste que te culparan.

Porque a veces el dolor se disfraza de castigo, y tú aprendiste a castigarte muy bien.

Te culpaste por cosas que jamás fueron tu culpa. Te hiciste responsable de los dolores ajenos, de su suicidio, de los vacíos de una madre triste, de las despedidas, de una hermana pequeña que te veía como faro. Y tú, con todo eso encima, seguiste. Sosteniendo. Cuidando. Aprendiste a sobrevivir cuando lo que merecías era vivir. Nadie te enseñó que no era tu trabajo cargarlo todo. Nadie te dijo que el dolor más grande no es el que se grita, sino el que se traga, el que se esconde, el que se disfraza de “estoy bien”.

Te dejaste pisotear por amores que no supieron cuidarte. Por gente que creyó que podía opinar, tocarte, manipularte. Porque tú misma no te creías suficiente, y permitiste que hicieran contigo lo que quisieran. Pero niña, no era tu culpa. No lo fue nunca.

Que las memorias tiemblen, que estén borrosas, que a veces no sepas si pasó o si lo imaginaste… no cambia el hecho de que dolió. No cambia el hecho de que lo viviste. Sangraste por dentro y por fuera, aunque nadie lo viera.

Y después de todo eso…
sigues aquí.

Y mientras el mundo se caía alrededor, tú te volviste adulta en el cuerpo de una niña.

Jugaste a ser perfecta.

A no equivocarte.

A sacar las mejores notas.

A ser vista, notada, admirada.

Pero por dentro sangrabas.

Y a veces la sangre no se ve.

A veces solo se siente como un temblor en las memorias,

como un hueco en los recuerdos

Creíste que si eras suficiente, nadie te dejaría, que alguien te iba a elegir, alguien se iba a quedar, alguien te iba a mirar y decir “ella sí vale la pena”.

Te culpaste por cosas que no eran tuyas.
Por no haber hecho “más”, por no haber salvado lo insalvable.
Te tragaste culpas ajenas, gritos silenciosos,
miradas de juicio.

Y en medio de todo eso, también aprendiste a cuidar.
Cuidaste de tu hermana, te convertiste en figura cuando ni siquiera habías terminado de crecer.
Fuiste refugio para otros, mientras tú te deshacías por dentro.


Pero, nunca te diste cuenta, niña, de que tú ya valías la pena desde el primer día. Aunque no supieran cómo amarte, aunque no supieran cómo cuidarte.

Tú ya eras suficiente.
Siempre lo fuiste.


Lo que pasa es que te lo escondieron.

Hoy estoy aquí para devolverte lo que te negaron.
Para decirte que ya no estás sola. Que no tienes que ser la fuerte siempre.
Que también puedes llorar, romperte, dudar, y aún así ser digna de amor.
Hoy yo soy la adulta que tú necesitabas.
La que no se voltea.
La que no calla.
La que no te suelta.

Hoy cierro los ojos y te imagino frente a mí, con tus ojitos grandes, con esa mezcla de miedo y esperanza que solo tienen las niñas que han visto demasiado.
Y te abrazo.
Y te pido perdón por todas las veces que no supe escucharte.
Por las veces que también te ignoré, por querer ser la fuerte, por sobrevivir como podía.

Ahora ya no tienes que gritar en sueños.
Ahora sí te escuché.
Ahora sí te entendí.
Ahora puedes descansar.

Yo, la mujer que intento ser ahora,
la que sigue sanando,
la que sigue sintiendo,
la que ya no quiere cargar más con culpas que no le tocan,
la que empieza a mirarse con compasión,
te juro que voy a cuidar de ti.

Te amo.
Te creo.
Te abrazo.

Para siempre,
Alba.

alissa

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