8 de noviembre de 2023
Dinosaurio,
Me habita un dolor profundo en el pecho frente a tu partida. Te fuiste de mi vida ayer y ya siento cómo se desmorona mi existir. Te me escapaste de mis brazos mientras me mirabas profundamente, como solo tú sabías mirarme bonito. Tu mirada me hacía sentir tan amada y adorada; solo tus ojos me hacían saber la magnitud de la conexión de nuestras almas.
Me entristece la forma en la que vivimos nuestro último momento. Con miedo y dolor viviste el final de tu vida terrenal. Traté de acompañarte en ese momento, de pronunciar tu nombre a tu oído para que pudieras irte con mi sonar en tu corazón. Traté de sujetarte con mis manos y recostarte en mi pecho para que me sintieras y te sintieras en tu lugar seguro. Yo cantaba para ti mientras agonizabas y sostenía tu mirada que se despedía de nuestro gran encuentro. Te entregué a los doctores rogando para que salvaran tu vida, suplicando por una nueva oportunidad, pero tu corazón no pudo soportar más. Había sido demasiado para ti y ya no podías resistirlo. Entraste en paro y mi universo de infinitas posibilidades se anuló. Espero que en este luchar de segundos no hayas sentido miedo y que hubieses tenido manos amigas acompañándote.
La noticia me destrozó en pedazos. Rompí en llanto y mi madre me sujetó entre sus brazos. No podía creerlo, no podía resistirlo, no podía aguantar semejante dolor. Supe que tenía que entrar a verte, a tocarte por última vez, a desvanecerme con tu presencia; necesitaba tu presencia en mí. Cada una de mis lágrimas crecía y corría por mi rostro hacia tu cuerpo. Mi llanto honraba tu presencia en mi vida.
Sabía que te tenía que traer conmigo, así que me dieron una manta y te entregaron a mí en ella. Ahora tu cuerpo yacía en mis brazos y todavía permanecía la sensación de calor en mi pecho contra el tuyo. Regresé a casa manejando mientras tú estabas acostado en mis piernas, reposado como siempre sobre mí. Al llegar a casa te seguí cargando como un bebé recién nacido y como una madre que no quiere separarse de su hijo. En cuestión de minutos, Pablo y Clemen ya estaban en casa con la intención de despedirse de ti. Un llanto colectivo inundaba el momento. Pablo te tocaba y sé que te pensaba bonito y te liberaba del dolor y del miedo. Clemen contaba lo mucho que la acompañaste cuando le operaron su rodilla; tú pasabas a darle ronda sabiendo el frágil momento que ella atravesaba. Ledys no tenía palabras para manifestar el dolor que estaba sintiendo, todos sus cuidados amorosos eran en tu nombre.
Te entregué a Pablo y salí en busca del lugar donde te quería sembrar. Sabía que te entregaría de nuevo a la madre tierra, de donde venimos todes, solo que quería elegir el lugar para ti. Ledys y yo elegimos una esquina soleada del patio para sembrarte junto con el guayacán amarillo que justo ese día estaba abonando y trasplantando. Mi intuición me pedía que ese guayacán te acompañara.
Volví a recogerte de los brazos de Pablo y construí un altar para ti. Te puse en el cojín que te gustaba, sobre el mat en la tierra. Te prendí fuego a tu alrededor y me senté a tu lado. Decidimos esperar a que Marco regresara del colegio para que se pudiera despedir de ti. Así que, en esa espera, Pascual abrió el espacio en la tierra mientras yo me acosté a tu lado a hacer una meditación en tu nombre. En ella te regalaba crispetas y te entregaba de nuevo a la fuente infinita del amor. También te pedí perdón por la muerte que tuviste, pues a ti, ser de luz, no te correspondía terminar así tu vida. Infinito perdón por lo que no te entregué, por la ausencia de mi cuidado en ese instante fugaz en que mi vida cambió. Y, por último, agradecerte por acompañarte y acompañarme en estos cuatro años de mi vida, los cuatro años más luminosos y de amor. Cuatro años de mucho aprendizaje y de buscar ser siempre la mejor mamá para ti.
Juntos pasamos por muchos momentos críticos; en especial, tuviste varios encuentros cercanos a la muerte, siendo el último la muerte misma. Impactaste la vida de muchos seres. Por donde pasabas, siempre sacabas sonrisas; siempre eras el tema donde fuera que pisáramos juntos. Tu presencia en mi vida me hacía sentir especial en todo sentido. Últimamente estaba pensando en cómo nos proyectábamos juntos: pensé en llevarte conmigo a trabajar, a viajar, a vivir juntos. Te sentí siempre como mi hogar. Tú eres mi hogar y lo único real e incondicional que sentía tener en mi vida, y así fue siempre que te tuve a mi lado. Cada plan mío contemplaba tu compañía, pues tu alegría contagiaba mi espíritu de vitalidad. Ahora no importan los planes realizados ni los dejados pendientes; importa el tiempo que vivimos juntos, felices y amados. Importa el amor que me habita, importa la huella que dejaste en mi camino, importa el recorrido juntos.
Después de pensarte intensamente, llegó Marco para unirse a la ceremonia. Le explicamos con naturalidad que ya no nos acompañas en este plano físico; hablamos de despedirnos y devolverte a la tierra. Marco recuerda cómo siempre te querías comer sus crispetas, cómo pedías subir a su cama. Yo pronuncié unas palabras de gratitud hacia ti, hacia la vida y hacia todos los seres que siempre me ayudaron a cuidarte. Te desnudé y te cargué sobre mis antebrazos mientras tu cuerpo se encontraba rígido por el correr del tiempo. Tu lengua afuera y tus grandes ojos marcaron mi memoria. Te devolví a la tierra y te cobijé con más tierra, mientras Ledys y yo sembrábamos el guayacán en el que florecerás poco a poco, así como mi alma después de tu partida.
Así termina este momento en el que te despedimos con tristeza y gratitud. Yo me fui a bañar y a limpiarme, buscando un poco de serenidad y consuelo. Luego llegó Moisés, quien trajo con lágrimas en sus ojos una flor para ti. Prendió un palo santo y dejamos el fuego encendido hasta el último momento de mi día.
Hoy despierto por primera vez sin ti. Lloro inconsolada y me vengo a saludarte, a sentirte, a regarte hasta la raíz. Vuelvo a ti siempre que lo necesito y te conservo en mi interior.
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Han pasado tres semanas desde tu muerte. Tu recuerdo sigue intacto. Te revivo en cada momento de mi vida. En mi cotidianidad habitas como siempre. Te siento conmigo cuando duermo; mi cuerpo aún se mueve con cuidado en la noche frente al temor de lastimarte, escuchándote en cada rincón de la casa y habitando los espacios que por largo tiempo compartimos. Ahora te encuentro en otras formas: en el árbol que sembré en el jardín, en la vela que enciendo donde antes estaba tu camita, en las fotos que he impreso y pegado por todo mi cuarto. Aún trato de conectarme con tu alma; a veces te siento dentro de mí y otras solo siento la dolorosa ausencia de tu ser. Todos te extrañamos, te mencionamos, te recordamos, reímos en tu nombre de todas las memorias bonitas que nos regalaste.
Caminar es de los momentos más dolorosos: caminar sin ti a mi lado, recorrer sola los caminos conocidos por ambos. De alguna extraña forma, caminar es también otra manera en que te encuentro y me sincronizo contigo. A veces solo salgo para poder llorarte en tus espacios verdes. Te lloro a diario y no me asusta, porque es también otra forma en que honro nuestro encuentro y te honro a ti con cada lágrima, una lágrima por cada recuerdo.
Siento que tu muerte me está empujando a algo nuevo en mi vida, a un cambio motivado por lo sucedido. Siento que poco a poco se desvanece el horror del momento en que Zack te agredió. A veces viene a mi cabeza tu carita recordándome ese momento en que Zack te metió en su hocico. Poco a poco se debilita ese instante en mi memoria y van surgiendo los momentos de luz que compartimos.
Hablar de tu muerte es algo que no puedo evitar. Al inicio necesitaba que todos lo supieran y compartieran mi dolor por tu partida. Lo grité a todos los vientos y lo entregué a todas las aguas para que corriera la noticia que desfiguraba mi vida. En las palabras de cada ser que se me acercó sentí consuelo; en la cercanía con cada perro te volví a encontrar, y en las experiencias que viviste sin mí reconocí todo tu amor y valentía.
Hoy, después de tres semanas en las que sentí la profundidad de mi existir, regresé a ver a Zack. Me encontré con Sego y con su hijo Zack en su casa. Pude apreciar su bella familia. Zack se acercó a mí y me miró detenidamente; reposó su cabeza en mi regazo, como si quisiera esconder su cabeza dentro de mí, presionando en ella mi cuerpa, y pude sentir a ese ser que te dio la muerte. De cierta forma te podía encontrar en él. Pude ser testiga de cómo Zack jugaba con su hermana Lia, un juego de dos gigantes siendo felices y amados en casa. Pude tocar, sentir y perdonar a Zack con el corazón. Le hice saber a Sego que tú decidiste irte y que Zack no era más que un niño chiquito regañado. Además, manifesté mi compasión por ambos.
Ahora regreso a casa sintiéndome más ligera. Agradecida por haberte acompañado en el momento de tu muerte; dándome compasión a mí misma por cómo te cuidé; dándome tiempo para sanar tu partida; dándome tu luz para seguir iluminando; dándome amor para permitirme seguir estando acompañada; dándome gratitud por ti, por tu existir, por tu corazón de oro.
Siempre vivirás en mí y nos encontraremos en lo alto.
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