Señora mía:
Hoy partiré a la región perdida, aquella donde las reglas terrenales no se imponen ni surten efecto. Es un lugar donde el amanecer y el atardecer convergen hasta volverse uno; allí, el cielo es testigo de la no fluctuación del tiempo. Es, en fin, un paraje con inicio, pero de incierto final.
No busque respuestas lógicas en estas líneas; busque solo respuestas del alma, pues es lo único que habita en este valle de lágrimas.
Sé que el inicio será agridulce, tal vez un poco drástico para quienes observan desde fuera, pero para mí es un paso necesario y humano. Me marcharé como los cobardes. Y no, señora, no se equivoque: no es porque haya decidido quitarme la vida, sino por el simple hecho de no haber podido amar.
Ya lo sentenció Silvio: “La cobardía es asunto de los hombres, no de los amantes. Los amores cobardes no llegan a amores ni a historias; se quedan allí, ni el recuerdo los puede salvar”.
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